NUEVA ÉPOCA | NÚMERO 56 | OCTUBRE 2008 | ISSN EN TRÁMITE con número de folio 493 | REVISTA MENSUAL
ARTÍCULOS
1968 ABRIÓ UN PORVENIR
Elena Poniatowska
IMÁGENES DEL 68
Carlos Martínez Assad



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1968: la herencia en busca de herederos
C a r l o s  M o n s i v á i s   

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EL PODER REPRESOR VIVE Y LA VIDA COTIDIANA SIGUE

¿Qué más? La vida sigue, hay que terminar las carreras, conseguir empleo, hacer a un lado las “ilusiones de juventud”, convertirse en lo que no se quería ser, aceptar que no se da para más. ¿Dónde quedan los razonamientos morales y a quién le importan a la hora de la vida en sociedad? Si algo, el Movimiento del 68, como antes las movilizaciones sindicales de 1958-1959, intenta, con acciones y demandas y sin demasiados alegatos teóricos, es reintroducir o desplegar los asuntos de la conciencia en la vida política y profesional, pero a esto se oponen los requisitos de la sobrevivencia, las formaciones del cinismo, el control enorme de los espacios laborales. El mensaje se repite: “Olvídense de reparar la injusticia”. En una frase: (“La Revolución es la Revolución”), Luis Cabrera halló la síntesis suprema de los poderes del movimiento armado, que por necesidad crea sus propias leyes; de manera similar, el capitalismo salvaje entrega sin necesidad de palabras su apotegma: “la impunidad es la impunidad”, apotegma que santifica la ilegalidad, el castigo de los inocentes, y la burla a los amagos de la opinión pública.

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Al llegar a la Presidencia el ex Secretario de Gobernación Luis Echeverría está al tanto: la fuerza del 68 radicó en su poder de impregnación y en los actos de valor que inspira. En dos actos de su campaña, uno en Morelia y otro en Mexicali, los jóvenes le exigen un minuto de silencio por los caídos en Tlatelolco. Accede, así incluya en sus segundos de mudez a los soldados muertos y aunque esto enfurezca a Díaz Ordaz. Pero Echeverría no tiene otra, si los estudiantes no consiguen modificar la vida política, la matanza del 2 de octubre es el hecho que no se cierra. Y el 10 de junio de 1971 la agresión a una marcha del grupo de choque organizado desde el Departamento Central, los Halcones, reconstruye de inmediato el 68. Y en los días siguientes la cólera ciudadana ante los casi cuarenta muertos y los muchos heridos, exhibe la fantasía de suponer extinguida la disidencia. Echeverría monta una pésima “obra de teatro”, cesa al regente de la ciudad Alfonso Martínez Domínguez y comienza a ufanarse de su “apertura democrática”. Los militantes rechazan la farsa, pero un buen número de intelectuales y el conjunto de las clases medias le toman la palabra al represor “arrepentido” (No lo está).

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El gobierno de Luis Echeverría necesita hacer las paces con las clases medias ilustradas (así se les dice). Derrama dinero en las universidades de provincia, busca atraer a jóvenes cercanos a la generación del 68, empieza a hablar del Tercer Mundo. Los profesionistas, en especial economistas y politólogos, aceptan su llamado al cambio (exclusivamente verbal), porque el Estado es todavía el primer empleador y el PRI no maneja los espacios públicos disponibles. Mientras, a espaldas de la opinión pública, el régimen instala la “guerra sucia” contra la guerrilla campesina y la urbana, y diezma a los pueblos de la Sierra de Guerrero. Soldados y agentes judiciales prodigan torturas, mutilaciones, “desapariciones” (asesinatos), todo a nombre de la grandeza del Estado. Si los guerrilleros no se eximen de actos atroces (secuestros, torturas, asesinatos), la responsabilidad mayor es del Estado, defensor oficial de los derechos humanos.

La guerrilla urbana es audaz, asalta comercios y almacenes, mata policías y secuestra personajes importantes: por ejemplo, José Guadalupe Zuno, el suegro de Echeverría y empresarios y funcionarios. En un intento de secuestro asesinan en Monterrey a Eugenio Garza Sada, patrono del Tecnológico y, de seguro, la gran figura del empresariado de la ciudad. En el entierro de Garza Sada, a nombre del Grupo Monterrey, un empresario menor, Ricardo Margáin Zozaya, insulta al presidente Echeverría, allí presente, y lo acusa de incitar el terrorismo con su prédica tercermundista. Y en 1974, al pretender inaugurar los cursos en Ciudad Universitaria, Echeverría sufre el rechazo de los estudiantes que le recuerdan Tlatelolco y su trayectoria represiva. Patético, Echeverría los llama “jóvenes fascistas”, pero la ausencia de autoridad moral pulveriza sus acusaciones y él sale corriendo del auditorio de Medicina. Pero todavía el gobierno no se convence de lo obvio: es el gran empleador pero ya nunca más el ideólogo de la nación.

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Al mismo tiempo, desde un radicalismo pacífico, aparecen los grupos pronto integrados al concepto y a las realidades de la sociedad civil: organizadores de las colonias populares, ecologistas, feministas, comunidades eclesiales de base, teatristas, cantantes de protestas, grupos lésbicogay. Del 68, extraen la oposición al autoritarismo, y ven, en el Movimiento, diciéndolo o no, la tradición de los reprimidos por la gana de no dejarse. Quieren quebrantar la tradición del individualismo a ultranza y ser parte de la nueva conciencia colectiva, lo que se verifica por ejemplo en la organización de las colonias populares en la década de 1970, con jóvenes alertados por un 68 que no vivieron. En sentido literal y al principio sin demagogia, quieren cambiar a México. En su comportamiento el espíritu del 68 “resiste a la injusticia”.

“Y SI SE LES REPRIME ES PARA QUE ENTIENDAN POR LAS BUENAS”

Todavía en 1968 lo usual en México es considerar “subversiva” la protesta, de acuerdo al sedimento anticomunista de la población, y al deseo malamente definido pero muy determinante de estabilidad y paz social. Hasta entonces, las manifestaciones de la izquierda política y el sindicalismo independiente se han calificado de “sórdidas y marginales”, y casi nadie se indigna cuando se les agrede “por el bien de las instituciones”. Uno tras otro, los movimientos populares, por más energía y apoyos que obtengan, padecen el desgaste, el acoso y la nulificación de sus demandas. Resulta habitual la asimilación (cooptación, se dice) de muchísimos de sus dirigentes, pronto incorporados al Sistema (siempre con mayúsculas) y, en las consideraciones del cinismo, “insubordinarse” es un gesto de la edad juvenil, que si se prolonga culmina en frustraciones, y que si se cancela produce un ascenso político y / o burocrático condenado por la renuncia explícita a los ideales.

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A la Generación del 68 la despolitización le llega pronto vía la amenaza de la pérdida del empleo. El idealismo está bien hasta cierta edad, y sin desprenderse del modo de vida convencional. En la misma lógica, la radicalización en la juventud sirve como entrenamiento en los distintos niveles de poder, pero hasta allí. “Apasiónate cuando chavo y luego deja fluir la sensatez, el aprendizaje de la filosofía de la vida: Pasados los treinta años, el sinónimo de madurez es un buen empleo. Es imposible enfrentar al régimen porque lo único seguro es la derrota, al especializarse la historia de México en visiones de los vencidos con todo y moraleja: “Ni te muevas porque te truenan”. Según consenso, la resistencia es la vasta pira de nobles sentimientos que a los disidentes les reserva su porción de golpizas, cárceles, muertes violentas, extinción de las alternativas sindicales. Se alega: “La izquierda provocó al gobierno”, peromás bien a los que no se someten se les llama “provocadores”.

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Por años, a la protesta popular la distinguen su carácter efímero, su desorganización (con muy severas querellas internas), su fatalismo ante las circunstancias de opresión, su fracaso ante las tácticas del gobierno que nunca concede “bajo presión”, por estar convencido del único destino de sus oponentes: el desgaste. A esa protesta se añaden, las que se califican a sí mismas de “Generación del 68”, un término que se extiende al punto de que uno imagina marchas de un millón de personas. Se van esparciendo las protestas rituales contra la carestía de la vida, la corrupción escandalosa de funcionarios y empresarios, los robos de tierras a los campesinos pobres, los asesinatos de los líderes agrarios que rechazan los sobornos. El derrotismo cunde de antemano: “¿Quiénes somos para enfrentarnos al poder central y los caciques? ¿Qué no nos bastó con las lecciones amargas del 68? ¿Qué se logra ante un Poder Judicial y un Poder Legislativo serviles y corruptos y con mayoría absoluta priista? ¿Cómo hacer que la sociedad o el pueblo o la gente se enteren de nuestras demandas si los intermediarios, los medios informativos nos calumnian y califican a nuestra protesta de subversiva?”. Aquí están los hechos: la pobreza, la miseria, la rapacidad del capitalismo salvaje, los asesinatos políticos, la prisión a los oposicionistas, los despidos injustos, el aplastamiento de las huelgas... Y sin embargo, no hay modo de adelantar el combate a la desigualdad… Y un resultado del desánimo es la aceptación del estado de cosas.

 

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