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La apertura de un museo —de un espacio creativo y de
creación como el Museo Universitario Arte
Contemporáneo (MuAC)— que pretende convertirse en
foco principalísimo del quehacer artístico en México y
América Latina, conduce ineludiblemente a que se
formulen una serie de reflexiones. La primera, sin duda,
sería responder a una pregunta que todo mundo se hace: ¿por qué la Universidad Nacional Autónoma de México
ha asumido la tarea de llevar adelante un proyecto comoéste? Para los que colaboramos con el nuevo museo no es
una pregunta difícil de responder: la UNAMha sido el lugar
donde han nacido, o se han desarrollado, la mayoría de los
movimientos artísticos del siglo XX. Sin su participación es
imposible comprender, por ejemplo, el desarrollo del
teatro de vanguardia: las propuestas de Margules,
Mendoza, o De Tavira surgieron en los teatros
promovidos por la UNAM y fue gracias a ello que muchos
de los dramaturgos mexicanos y extranjeros pudieron ser
conocidos. La creación literaria del medio siglo, para
poner otro ejemplo, también surgió en la UNAM. Los
escritores que a lo largo de los últimos años han dado
realce a las letras nacionales se educaron e hicieron su obra
al amparo de la UNAM: Octavio Paz, Carlos Monsiváis,
Rosario Castellanos, Carlos Fuentes, Rubén Bonifaz
Nuño, Salvador Elizondo, Sergio Pitol o Juan García
Ponce, para citar sólo algunos, han estado ligados como
alumnos, maestros o investigadores a nuestra
Universidad. La UNAM tiene una amplia vocación
educativa que la ha llevado a ser la promotora de la cultura
nacional, a conve rtirse en un mecenas de excepción que
posee en sus entrañas el espíritu necesario para impulsar la
cultura y a los artistas del país.
Por tanto es lógico que ahora que el movimiento
plástico contemporáneo ha tomando relevancia, y por
todos lados surgen artistas con nuevas y novedosas ideas,
la Universidad se propusiera crear un museo en el que no
solamente estos artistas pudieran exponer sus obras, sino
que parte de ellas se incorporara a su acervo para ir
conformando poco a poco una de las más completas
colecciones de la cultura plástica de nuestros días. El
MuAC surge como un sitio desde el que gravitará la
creación contemporánea, donde el público, a veces poco
acostumbrado a descubrir los secretos de estas
manifestaciones, admire su surgimiento y
desenvolvimiento. Todo esto, además, dentro de un
edificio de belleza excepcional diseñado por Teodoro
González de León, que es por sí mismo una gran obra de
la arquitectura contemporánea. Basta pararse frente a su imponente ventanal para comprender que la UNAM sigue
siendo la institución pujante de hace un siglo, cuando
obtuvo el carácter de Universidad Nacional: una
institución que mantiene incólume su vigor, que a su
misión educativa ha sabido sumar la de ser un centro sin
par de investigación científica, humanista y artística.
Para la UNAM, mantener su misión como difusor de la
cultura es tarea ineludible. Ahí está el Museo
Universitario Arte Contemporáneo para demostrarlo.
El arte actual se caracteriza por haber hecho añicos
valores estéticos tradicionales: la permanencia en el
tiempo, la trascendencia a través de los objetos, el uso
de materiales no considerados bellos, o la fusión de
elementos de otras disciplinas. El arte contemporáneo
se basa en el concepto, puede ser también versátil y
fugaz como un instante efímero; el arte
contemporáneo se sirve de cualquier cosa, utiliza
como pretexto estético multitud de objetos que para
muchos serían intrascendentes; el arte contemporáneo
se sirve del ruido, la basura, el desperdicio, la fugacidad
de la luz, la inmanencia de la memoria, para dar forma
a sus piezas e instalaciones. Es indudable, por ello, que
la característica que aglutina, da cohesión y sentido a
sus artistas, es la libertad. Sin una libertad
prácticamente ilimitada es impensable que una
instalación sonora, una pieza que juega con la luz y que
tal vez durará unos cuantos días, o el uso de una rueda
como símbolo de quietud se conviertan en objetos
artísticos.
Es bajo esta consideración que en el MuAC nos
preguntáramos por dos términos que consideramos
esenciales y que con mucha frecuencia se confunden:
la libertad de creación y la libertad creativa. Creativo,
dice el Diccionario de la Real Academia, es aquél que
posee o estimula su capacidad de creación o invención;
mientras que creador es quien crea, establece o funda
algo. La creatividad es una potencia, una posibilidad;
el creador es quien ha hecho uso de esa potencia y la ha
plasmado en una obra. La libertad creativa, por tanto,
no conoce límites, pero es la libertad de creación la
que está reflejada en el objeto artístico. La creatividad
puede desbordar al artista, mientras que la creación es
la cifra palpable de que ha sido capaz de dominar
aquellas fuerzas que estuvieron en el origen de sus
obras. Eso que los flamencos llaman duende ha dado
origen a los mejores bailaores, pero también ha sido la
causa de que muchos se pierdan en el marasmo de su
propio genio. Si el duende preexiste al artista, la obra
le da el cuerpo.
¿Cuál es entonces la función de un espacio creador
y creativo (como lo definimos al principio) como el
MuAC?, ¿cómo podemos estimular la libertad creativa y
cimentar la de creación? Creemos que en la respuesta a
estas preguntas está el quid de nuestra misión. Si el artista
contemporáneo tiene a su disposición cualquier
elemento para dar forma a sus obras, si se puede servir
del color, de la luz, de objetos que encuentra en la
basura; si tiene a la mano soportes como el video, la
fotografía, la pintura, y puede utilizar diferentes
programas de computadora; si le da igual que su
creación dure unos cuantos momentos pues lo que
pretende es provocar una reacción en el espectador, y
que esa reacción sea su obra, su libertad creativa tiene
que estar potenciada al límite. En el arte
contemporáneo no hay leyes, no hay reglas,
prácticamente no hay tendencias, sólo creatividad. Es
posible que esas fuerzas creativas no conduzcan a nada
(ha pasado muchas veces a lo largo de los siglos) y por
más que lo intente el duende del arte nunca viste al
artista, pero él tiene que intentarlo, en ello se le va la
vida. La libertad creativa está en el centro del proceso
del arte contemporáneo, es su médula espinal, su razón
de ser. Si algunas obras nos parecen
incomprensibles, si nos quedamos atónitos frente a
ellas, es porque no comprendemos que su estética se
funda en la libertad y no en lo que tradicionalmente
hemos entendido por belleza. Libertad creativa y de
creación se funden, así, no tanto en la obra sino en el
proceso que le da forma y sentido, y es la
responsabilidad del artista lo que da continente a esta
fusión.
Quizá resulte una verdad de Perogrullo, pero frente
a este fenómeno la misión de un museo está
precisamente en estimular esa libertad creativa, en
proporcionar al artista un espacio que potencie su
duende, y que sea él mismo, el artista, quien modele y
modere su cre atividad para convertirla en creación. La
libertad y la responsabilidad son de él, al museo le
corresponde, acaso, la responsabilidad de la curaduría.
Si la censura siempre fue un enemigo del arte, ahora es
un abortivo: exactamente su contrario, un virus
mortal. Es posible que en el pasado cierto tipo de
censura haya limitado la creatividad de los artistas sin
haberla destruido. Pienso, por ejemplo, en el Realismo
Socialista: aun dentro de la censura que ejercieron los
regidores burocráticos de la URSS surgieron obras
maestras que no son otra cosa más que Realismo Socialista.
Es cierto, el acto de censurar es repugnante,
pero llevarlo a cabo hoy es más grave: la censura no
limita al arte contemporáneo, lo destruye, destruye el
núcleo estético de sus obras. Es el a rtista, repito, quien
pone coto o libera sus fuerzas creativas para dar forma“artística” a sus deseos; es él, quien responde frente al
público, quien sabe de las ligas que establece entre su
estética y su ética.
En las primeras muestras que se exhiben en la
inauguración del MuAC hemos querido plasmar esta
filosofía. Hemos cuidado la selección, hemos curado cada pequeño objeto; hemos financiado el hermoso edificio que las albergará, y hemos procurado que los artístas se manifiesten a sus anchas, y que, como simpre pasa, sea el público quien diga si ambos artístas y museo, hemos dado en el clavo.
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