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Traducción de Adolfo Castañón
Océano Índico. En 1975, la pequeña isla situada a más de
2,000 kilómetros de la isla Mauricio fue vaciada
definitivamente de sus habitantes. J.M.G. Le Clézio, Premio
Nobel de Literatura 2008, expresa su emoción ante esta
deportación orquestada por los británicos y los usamericanos
desdeñando los derechos del hombre.
Hubiese podido ser el paraíso. Perdido en el Océano Índico
a más de 2,000 kilómetros de la isla Mauricio y de las
islas Seychelles, un rosario de islas de coral sembrado bajo
los bancos de arena blanca, encerrando lagunas color
turquesa, cada isla con una cabellera de cocoteros inclinados
bajo la suavidad de los vientos alisios, lejos de
cualquier peligro de ciclón. Para los habitantes de esas
islas, el lugar fue durante generaciones no el paraíso, sino
su tierra, suspendida entre el cielo y el mar. Ahí la vida no
era idílica.
En su mayoría descendientes de los esclavos
africanos importados a la isla por los franceses en el siglo
XVIII, los chagosianos debían trabajar duro en la fábrica
de copra solamente recibiendo como salario raciones en
víveres y en productos de primera necesidad, viviendo
así fuera de todo sistema monetario (lo cual los hacía
más vulnerables). Pero por lo demás, podían pescar
libre m e nte los peces que abundaban en las lagunas
vecinas —como el extraordinario banco de los
Chagos de 30 kilómetros de ancho— cultivar su pedazo
de tierra, o criar gallinas o cabras. Dos veces al mes, el
barco que comunicaba entre sí las dependencias
aledañas de la isla Mauricio, traía las noticias del mundo
exterior, y los complementos de víveres y mercancías
que apenas podían comprar en la tienda de la
Compañía. Esto hubiese podido durar eternamente, y
Chagos hubiese podido deslizarse suavemente en el
nuevo milenio con la gracia despreocupada de las
sociedades criollas, e incluso recoger un poco más de
ese maná providencial [...]
Pero la realidad fue muy distinta. Entre 1968 y 1971,
las trescientas familias que comprendían más de mil
quinientos chagosianos ligados a ese territorio durante
generaciones fueron expulsadas sin miramientos, no
sólo de la isla llamada Diego García sino también de las
islas vecinas, Salomon y Peros Banhos. Ni siquiera fue
necesario recurrir a la violencia. Muchos de los isleños
que andaban de viaje en Mauricio, como la cantante
Chartesie Alexis en 1968 o Christian Ramdas en 1971
vieron que se les negaba el derecho de regresar a Chagos
para recoger sus cosas, y se quedaron en el destierro con
sus maletas.
Como habían vivido siempre apartados, los
chagosianos carecían de defensa y de representación
verdadera. La desaparición de la fábrica de copra, su única
fuente de aprovisionamiento, los puso a merced de las
autoridades. Al fin de evitar toda crítica, el gobierno
inglés recurrió a los servicios de lo que podría llamarse
una milicia privada para proceder a las expulsiones. Las últimas deportaciones en 1971 fueron particularmente
dramáticas. Ancianos, mujeres y niños fueron reunidos y
embarcados por la fuerza en el barco Norduaer abandonando todo detrás de ellos, sus casas, sus campos,
sus animales de granja y hasta sus perros. Según los
testimonios, a quienes intentaban resistir se les oponía
la “opción de Hobson” (nombre del oficial usamericano
encargado de vigilar el embarco): “Váyanse o muéranse
de hambre”.
Las condiciones de instalación en Mauricio no
fueron menos dramáticas. El gobierno inglés no
mantuvo ninguna de sus promesas, y la situación
económica de Mauricio en los años que siguieron a la
independencia volvió particularmente difícil la
inmersión de los nuevos emigrantes. Una gran parte de
las familias chagosianas encontró refugio en los abrigos
anticiclones prestados por el gobierno inglés —eran algo
parecido a medios cilindros de hierro cubiertos de zinc
que de día se transformaban en hornos y donde eran
evidentes las condiciones de falta de higiene y de
promiscuidad. Otras lograron encontrar alojamiento
mal que bien en los barrios pobres de Port-Louis, en
Cassis, en Point aux Sables, en Cité la Core, en Duckers
Flat, en Rochebots. No había trabajo. A pesar de la
voluntad de los chagosianos de conservar su dignidad,
sus condiciones de vida eran las de proscritos sin ni
siquiera el estatus de refugiados políticos viviendo en la
miseria.
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