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Tu carne, niña,
nada tiene de nieve ni de seda,
no la tocó el relámpago.
Tu sangre, niña,
nada tiene de púrpura o de seda,
no la besó el ocaso.
Y nada tienen que ver tus ojos con la tarde,
nada tus manos con las aves.
No te dio su fragancia
la rosa más perfumada,
ni su luz la estrella más clara.
Y es que nada,
nada tienes que ver, niña, con nada.
Y todo,
todo tienes que ver contigo, todo.
(Pero peor para ellas: para la nieve, para la seda,
para la púrpura, para las gemas, para las tardes,
para las aves, para las rosas y las estrellas).
II
Niña nacida de ninguna espuma.
Niña que tienes ojos de ningún cielo.
Niña alabada por ningún poeta.
Niña que no eres la más bella
de ningún mundo:
Niña, qué lata, nada te queda,
ni mis palabras: ni las más lindas,
ni las más feas:
te quedan lacias, te quedan largas,
te quedan tiesas,
te quedan frías, te quedan anchas,
te quedan muertas.
Niña invisible y rara,
transparente niña de la nada más clara.
III
De sed, de risa,
de calor,
de miedo:
de algo, siempre, te estás muriendo:
cuando no de frío, te mueres de sueño.
Cuando te mueres de frío,
pareces un muerto vivo.
Cuando te mueres de sueño,
pareces un vivo muerto.
De todo, niña,
te mueres un tiempo.
IV
Niña:
no es que no te quiera nada,
no es que no te quiera toda,
nada más quiero decirte:
todo lo que sin quererlo
te quiero, niña, no es nada
de lo que puedo quererte.
Continúa  |