NUEVA ÉPOCA | NÚMERO 57 | noviembre 2008 | ISSN EN TRÁMITE con número de folio 493 |REVISTA MENSUAL
ARTÍCULOS
EL ARCHIPIÉLAGO DE LOS CHAGOS
J. M. G. Le Clézio



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Fecha de última actualización Noviembre de 2008
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La mentira de la cultura como prioridad

S a r a    S e f c h o v i c h       

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Entre la encuesta y la realidad, entre las políticas oficiales y los hechos que nos rodean parece existir un espacio vacío. Sara Sefchovich hace en este texto un agudo análisis acerca de la idea de cultura oficial y su producción real. Es en este vacío, apunta la investigadora, donde hay que buscar los elementos críticos que nos permitan dar un diagnóstico acerca de la vida cultural en México, más allá de las visiones anquilosadas.

EL DISCURSO Y LAS PROMESAS

En México se miente. Todos los días y sobre todos los asuntos, de formas abiertas o encubiertas, el discurso de los poderosos no le dice a los ciudadanos la verdad. Afirman que somos una economía sólida, que se respetan los derechos humanos, el medio ambiente y la diversidad étnica, religiosa, sexual y cultural, que la familia, la educación, la impartición de justicia y la justicia social son lo más importante, pero nada de eso es cierto. Nos mienten sobre la seguridad, sobre los conflictos sociales, sobre la dimensión de la pobreza.

Un ejemplo es lo que sucede con la cultura. Una y otra vez escuchamos el discurso de que ella es “lo mejor que tenemos”, “nuestro baluarte” y de que hay un compromiso de parte del Estado para apoyarla porque“los derechos culturales forman parte del universo de derechos de los mexicanos”.1

Pero, ¿es cierto?
La política cultural del Estado mexicano ha consistido desde el triunfo de los liberales en el siglo XIX y hasta el día de hoy, en crear instituciones y leyes que protejan eso que se llama “el patrimonio” y que apoyen y estimulen la creación y fabricación de productos culturales de pintura, música, danza, literatura, cine, teatro, escultura, arquitectura y fotografía y que lleven esos productos a la gente.

A eso se dedican el Instituto Nacional de Bellas Artes (hoy y de Literatura), el Instituto Nacional de Antropología e Historia, el Consejo Nacional para la Cultura y las Artes, el Instituto Mexicano de Cinematografía, la Dirección General de Culturas Populares (hoy e Indígenas), el Fondo de Cultura Económica, la Dirección General de Publicaciones (hoy y Medios), los festivales y ferias del libro, los centros culturales (como el Centro Nacional de las Artes, la Cineteca Nacional, el Centro de la Imagen y las muchas casas de cultura), el Canal 22 de televisión y el Instituto Mexicano de la Radio, las bibliotecas y museos y todos los Institutos y Consejos estatales de cultura, las Comisiones de Cultura de las Cámaras de Diputados y de Senadores así como la de la Conferencia Nacional de Gobernadores y la gran cantidad de leyes, convenios, tratados, recomendaciones y declaraciones que se han propuesto, aprobado y firmado tanto dentro del país com a nivel internacional en esta materia, así como las comisiones, planes y programas, encuestas y estadísticas que se han formado y aplicado.

LOS DATOS
Según la Encuesta Nacional de Lectura de 2006, los mexicanos“leen 2.9 libros al año en promedio”, “la tercera parte de la población no lee ni un libro al año”, poco más del 43 por ciento “no ha leído jamás en su vida un libro”, “uno de cada cuatro admite no tener libros en su casa ni haber visitado una librería” y “33 por ciento jamás ha pisado una biblioteca”.2 Carlos Monsiváis asegura que“el tiraje promedio de los libros es de 1,500 ejemplares”.3 Por eso no sorprende que según la Camara Nacional de la Industria Editorial Mexicana, entre 1991 y 2003 hubiera una reducción de 19 por ciento en el número de títulos publicados y una disminución en el número de editores de 230 a 186, ni sorprende que existan menos de 500 librerías en todo el país (una para cada 90,000 habitantes) y apenas 6,610 bibliotecas (una para cada 15,000 habitantes, aunque este promedio es engañoso porque están distribuidas de manera no homogénea y muchos municipios no cuentan con ninguna).4 Pero como además el Estado produce el 60 por ciento de los libros y de ellos los de texto constituyen poco más de la mitad de la producción total en el sector,5 pues resulta que de la capacidad instalada para la producción sólo se usa 7 por ciento.6

 

 

 

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