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Entre la encuesta y la realidad, entre las políticas oficiales y
los hechos que nos rodean parece existir un espacio vacío. Sara
Sefchovich hace en este texto un agudo análisis acerca de la
idea de cultura oficial y su producción real. Es en este vacío,
apunta la investigadora, donde hay que buscar los elementos
críticos que nos permitan dar un diagnóstico acerca de la vida
cultural en México, más allá de las visiones anquilosadas.
EL DISCURSO Y LAS PROMESAS
En México se miente. Todos los días y sobre todos los
asuntos, de formas abiertas o encubiertas, el discurso de
los poderosos no le dice a los ciudadanos la verdad. Afirman
que somos una economía sólida, que se respetan los
derechos humanos, el medio ambiente y la diversidad étnica, religiosa, sexual y cultural, que la familia, la educación,
la impartición de justicia y la justicia social son
lo más importante, pero nada de eso es cierto. Nos mienten
sobre la seguridad, sobre los conflictos sociales, sobre
la dimensión de la pobreza.
Un ejemplo es lo que sucede con la cultura. Una y otra
vez escuchamos el discurso de que ella es “lo mejor que
tenemos”, “nuestro baluarte” y de que hay un
compromiso de parte del Estado para apoyarla porque“los derechos culturales forman parte del universo de
derechos de los mexicanos”.1
Pero, ¿es cierto?
La política cultural del Estado mexicano ha
consistido desde el triunfo de los liberales en el siglo XIX y hasta el día de hoy, en crear instituciones y leyes que
protejan eso que se llama “el patrimonio” y que apoyen
y estimulen la creación y fabricación de productos
culturales de pintura, música, danza, literatura, cine,
teatro, escultura, arquitectura y fotografía y que lleven
esos productos a la gente.
A eso se dedican el Instituto Nacional de Bellas
Artes (hoy y de Literatura), el Instituto Nacional de Antropología
e Historia, el Consejo Nacional para la
Cultura y las Artes, el Instituto Mexicano de
Cinematografía, la Dirección General de Culturas
Populares (hoy e Indígenas), el Fondo de Cultura
Económica, la Dirección General de Publicaciones
(hoy y Medios), los festivales y ferias del libro, los
centros culturales (como el Centro Nacional de las
Artes, la Cineteca Nacional, el Centro de la Imagen y las
muchas casas de cultura), el Canal 22 de televisión y el
Instituto Mexicano de la Radio, las bibliotecas y
museos y todos los Institutos y Consejos estatales de
cultura, las Comisiones de Cultura de las Cámaras de
Diputados y de Senadores así como la de la Conferencia
Nacional de Gobernadores y la gran cantidad
de leyes, convenios, tratados, recomendaciones y
declaraciones que se han propuesto, aprobado y
firmado tanto dentro del país com a nivel
internacional en esta materia, así como las comisiones,
planes y programas, encuestas y estadísticas que se han
formado y aplicado.
LOS DATOS
Según la Encuesta Nacional de Lectura de 2006, los mexicanos“leen 2.9 libros al año en promedio”, “la tercera
parte de la población no lee ni un libro al año”, poco más
del 43 por ciento “no ha leído jamás en su vida un libro”,
“uno de cada cuatro admite no tener libros en su casa ni
haber visitado una librería” y “33 por ciento jamás ha
pisado una biblioteca”.2 Carlos Monsiváis asegura que“el tiraje promedio de los libros es de 1,500 ejemplares”.3 Por eso no sorprende que según la Camara Nacional de la
Industria Editorial Mexicana, entre 1991 y 2003 hubiera
una reducción de 19 por ciento en el número de títulos
publicados y una disminución en el número de editores
de 230 a 186, ni sorprende que existan menos de 500 librerías
en todo el país (una para cada 90,000 habitantes)
y apenas 6,610 bibliotecas (una para cada 15,000
habitantes, aunque este promedio es engañoso porque
están distribuidas de manera no homogénea y muchos
municipios no cuentan con ninguna).4 Pero como
además el Estado produce el 60 por ciento de los libros
y de ellos los de texto constituyen poco más de la mitad
de la producción total en el sector,5 pues resulta que de la
capacidad instalada para la producción sólo se usa 7 por
ciento.6
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