La ficción y la realidad histórica se entreveran en este relato
donde Álvaro Obregón, la víspera del atentado que acabaría
con su vida, sueña con gobernar el país hasta su muerte. El
relato se erige como una metáfora, de una actualidad ineludible,
acerca de las tentaciones políticas que ofrece la
fascinación por el poder.
Para José Emilio Pacheco, autor de
la segunda parte de esta historia.
Aquel 17 de julio de 1928, el general Álvaro Obregón
despertó al amanecer, como siempre, con el canto de un
gallo que parecía terminar de ahuyentar las tinieblas.
Dormir poco —y con pesadillas constantes— era una
mala costumbre adquirida desde adolescente en su casa
de Huatabampo. Tomó su reloj de la mesita de noche.
Ese reloj sería un portento de relojería suiza pero sus
agujas eran tan finas que apenas si se veían. Se lo colocó
en el muñón y le dio cuerda. En una ocasión le
preguntaron por qué no lo usaba en el brazo bueno, el
izquierdo, y contestó: “¿Y quién le va a dar cuerda, su
chingada madre?”. Un débil rayo de sol que se colaba
por entre las cortinas, lleno de polvillos en ascenso,
destacó el perfil de los muebles.
Se levantó y se puso las pantuflas, sin la agilidad de
antaño. Sentía una rara y dolorosa pesadez, desobediencia
de músculos, con hincadas en la espalda, que no
aliviaban masajes ni medicamentos, ni siquiera los
cocimientos de hierbas preparados por su masajista, la
Lorenza, quien como buena hija de santero, mucho
sabía de plantas y raíces, más eficientes la mayoría de las
veces, que los medicamentos de alta farmacia,
anunciados en la prensa con hermosas alegorías y
dibujos de convalecencia y salud recobrada. Jaló el
cordón de la cortina de brocado con el sonido
chasqueante de un telón que se levanta, que se abre a un
paisaje insospechado donde todo era posible. Siempre
admiró ese primer sol, que parecía a punto de dar un
salto sobre la sombra inmensa. Entreabrió la ventana y
respiró profundamente. Del jardín subía un olor
herboso, muy penetrante.
Al ir rumbo al baño, flexionó un poco las piernas
para darles agilidad. La verdad es que su malestar era de
orden psicológico, y él lo sabía. ¿Para qué engañarse? Porque
se acrecentó, de manera notoria, a partir de losúltimos quince días, después del atentado que había
sufrido al ir rumbo a la Plaza de Toros: le colocaron una
pinche bomba abajo del auto, que lo hirió levemente en la
cabeza y en una pierna. Apenas un par de rasguños. Ni
siquiera guardó el reposo que su médico le indicaba. Su
respuesta a la prensa, que lo abordó enseguida, mostraba
que, como siempre había dicho, la única forma de
esquivar a la muerte —que es femenina, aseguraba—
era despreciarla,mostrarle el puño y pasar por encima de
ella. Declaró:
Nada de meterme a la cama, señores. En unas horas todo
México se enterará de lo que ha pasado. Si lo hago, mis enemigos
políticos se encargarán de esparcir el rumor de que
estoy gravemente herido. Ahora más que nunca iré a los toros, tal como lo tenía planeado. Es el mejor escaparate
para que todo el mundo sepa que estoy bien y que mis enemigos
se enteren de que han fracasado una vez más. Que
Álvaro Obregón llegará a la Presidencia de la República
pese a quien le pese, porque así lo quiere y lo ha
manifestado en las urnas la mayoría de los mexicanos…
Además de que torea Fermín Espinosa “Armillita”, mi
torero predilecto.
Vaya noticia. Pero seguramente el puro susto le derramó
la bilis y le provocó una fuerte contracción
muscular, porque ya en los toros —y vaya faenón que
hizo en el quinto toro “Armillita”—, carajo, sentía
como que le bajaban culebritas por la espalda, de la
primera a la última vértebra. No a cualquiera le explota
una bomba bajo las patas y permanece impertérrito,
por más que en la sesión espiritista a la que lo llevó
Calles le hubieran asegurado que no le iba a suceder
nada. Tranquilo, general, tranquilo. Tranquila su
chingada madre, ustedes, fantasmas o seres vivos, no
saben lo que es sentirse siempre al filito de la navaja,
entre la vida o la muerte. En especial porque sólo habían
pasado quince días de aquel maldito atentado. Con
razón sentía como agarrotado todo el cuerpo. Es de
humanos tener miedo, cagarse de miedo, aunque se
aparente lo contrario. Dada su condición de caudillo—electo Presidente de la República por el pueblo de
México— tenía que demostrar al país que huevo s no le
faltaban. “La muerte es femenina y hay que mostrarle
el puño para pasar sobre de ella”, qué idea más
chingona, aunque del todo falsa.
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