NUEVA ÉPOCA | NÚMERO 57 | NOVIEMBRE 2008 | ISSN EN TRÁMITE con número de folio 493 | REVISTA MENSUAL
ARTÍCULOS
EL ARCHIPIÉLAGO DE LOS CHAGOS
J. M. G. Le Clézio



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A ochenta años de la muerte de Álvaro Obregón. Los mochos

I g n a c i o   S o l a r e s       

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La ficción y la realidad histórica se entreveran en este relato donde Álvaro Obregón, la víspera del atentado que acabaría con su vida, sueña con gobernar el país hasta su muerte. El relato se erige como una metáfora, de una actualidad ineludible, acerca de las tentaciones políticas que ofrece la fascinación por el poder.

Para José Emilio Pacheco, autor de
la segunda parte de esta historia.

Aquel 17 de julio de 1928, el general Álvaro Obregón despertó al amanecer, como siempre, con el canto de un gallo que parecía terminar de ahuyentar las tinieblas. Dormir poco —y con pesadillas constantes— era una mala costumbre adquirida desde adolescente en su casa de Huatabampo. Tomó su reloj de la mesita de noche. Ese reloj sería un portento de relojería suiza pero sus agujas eran tan finas que apenas si se veían. Se lo colocó en el muñón y le dio cuerda. En una ocasión le
preguntaron por qué no lo usaba en el brazo bueno, el izquierdo, y contestó: “¿Y quién le va a dar cuerda, su chingada madre?”. Un débil rayo de sol que se colaba por entre las cortinas, lleno de polvillos en ascenso, destacó el perfil de los muebles.

Se levantó y se puso las pantuflas, sin la agilidad de antaño. Sentía una rara y dolorosa pesadez, desobediencia de músculos, con hincadas en la espalda, que no aliviaban masajes ni medicamentos, ni siquiera los cocimientos de hierbas preparados por su masajista, la Lorenza, quien como buena hija de santero, mucho sabía de plantas y raíces, más eficientes la mayoría de las veces, que los medicamentos de alta farmacia, anunciados en la prensa con hermosas alegorías y dibujos de convalecencia y salud recobrada. Jaló el cordón de la cortina de brocado con el sonido chasqueante de un telón que se levanta, que se abre a un paisaje insospechado donde todo era posible. Siempre admiró ese primer sol, que parecía a punto de dar un salto sobre la sombra inmensa. Entreabrió la ventana y respiró profundamente. Del jardín subía un olor herboso, muy penetrante.

Al ir rumbo al baño, flexionó un poco las piernas para darles agilidad. La verdad es que su malestar era de orden psicológico, y él lo sabía. ¿Para qué engañarse? Porque se acrecentó, de manera notoria, a partir de losúltimos quince días, después del atentado que había sufrido al ir rumbo a la Plaza de Toros: le colocaron una pinche bomba abajo del auto, que lo hirió levemente en la cabeza y en una pierna. Apenas un par de rasguños. Ni siquiera guardó el reposo que su médico le indicaba. Su respuesta a la prensa, que lo abordó enseguida, mostraba que, como siempre había dicho, la única forma de esquivar a la muerte —que es femenina, aseguraba— era despreciarla,mostrarle el puño y pasar por encima de ella. Declaró:

Nada de meterme a la cama, señores. En unas horas todo México se enterará de lo que ha pasado. Si lo hago, mis enemigos políticos se encargarán de esparcir el rumor de que estoy gravemente herido. Ahora más que nunca iré a los toros, tal como lo tenía planeado. Es el mejor escaparate para que todo el mundo sepa que estoy bien y que mis enemigos se enteren de que han fracasado una vez más. Que
Álvaro Obregón llegará a la Presidencia de la República pese a quien le pese, porque así lo quiere y lo ha manifestado en las urnas la mayoría de los mexicanos…
Además de que torea Fermín Espinosa “Armillita”, mi torero predilecto.

Vaya noticia. Pero seguramente el puro susto le derramó la bilis y le provocó una fuerte contracción muscular, porque ya en los toros —y vaya faenón que hizo en el quinto toro “Armillita”—, carajo, sentía como que le bajaban culebritas por la espalda, de la primera a la última vértebra. No a cualquiera le explota una bomba bajo las patas y permanece impertérrito, por más que en la sesión espiritista a la que lo llevó Calles le hubieran asegurado que no le iba a suceder nada. Tranquilo, general, tranquilo. Tranquila su chingada madre, ustedes, fantasmas o seres vivos, no saben lo que es sentirse siempre al filito de la navaja, entre la vida o la muerte. En especial porque sólo habían pasado quince días de aquel maldito atentado. Con
razón sentía como agarrotado todo el cuerpo. Es de humanos tener miedo, cagarse de miedo, aunque se aparente lo contrario. Dada su condición de caudillo—electo Presidente de la República por el pueblo de México— tenía que demostrar al país que huevo s no le faltaban. “La muerte es femenina y hay que mostrarle el puño para pasar sobre de ella”, qué idea más chingona, aunque del todo falsa.

 

 

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