En fin, cabía pensar que después del atentado de
quince días antes —y, sobre todo, con el fusilamiento
de los implicados— no habría otro y podía prepararse
más tranquilo para volver a gobernar México. Siempre
les había tenido resquemor a los mochos —él, que tenía
un brazo mocho— y precisamente por eso convenció al
presidente Calles de que mandara fusilar al tal Padre Pro,
una especie de santo, según se decía, para darles un buen
susto a los ensotanados y que dejaran de conspirar
contra el gobierno de una buena vez. Calles como que
primero se resistía, pero gracias a la notoria autoridad
que tenía Obregón sobre él, finalmente accedió. Aúltimas fechas sentía a Calles un tanto más cuanto
esquivo, distraído, más atento a lo bizarro, a minucias
fragmentadas e inservibles, que a aquello que era central. ¿Sería porque estaba a punto de perder el poder? No era
fácil hacerse a la idea de perder el poder, que se lo dijeran
a él, a Álvaro Obregón, quien no resistió —imposible
resistirse— al llamado que le hizo el pueblo de México
para que volviera a gobernarlo. Ninguna otra emoción
podía comparársele a la del deber cumplido, a la de
conducir con rienda corta, con mano férrea —como se
le aconsejó en la sesión espiritista—, a todo un pueblo, a
su pueblo, que por algo lo había empezado a llamar“padrecito”. “Padrecito” de México. Qué atractiva
responsabilidad. Aunque —había que reconocerlo—
toda pasión profunda exige cierto grado de crueldad, y él
no se iba a andar con miramientos con sus enemigos, ya
lo había demostrado. ¿Creían que no sabía él, desde
mucho tiempo atrás, que su mejor amigo, Pancho
Serrano, lo iba a traicionar? Por eso, por el rencor que le
guardaba, la última broma que le hizo fue demasiado
amarga, porque se la hizo ya muerto. Hay que tener
cuidado con las bromas que les hacemos a los muertos,
porque tienen más posibilidades de venganza que
nosotros, que aún estamos vivos. Serrano murió en
Huitzilac el día de su santo, y cuando Obregón fue
personalmente a la morgue a reconocer su cadáver —
quería verle el rostro por última vez— le levantó la
cabeza tomándolo por el cabello y le dijo, riéndose: “¡Tu
cuelga, Pancho!”. Recorrió las piernas bien enjabonadas
con el cepillo de cerdas naturales, suavísimas. Pero sus
ojos muertos lo miraron fijamente —hay que ver la
forma tan fija en que nos miran los ojos de los muertos
que hemos amado— y supo que esos ojos de Pancho
Serrano ya muerto no se saldrían más de él, como tantos
otros ojos de muertos que había visto a lo largo de su
vida. Por algo su mayor cualidad era la memoria: se sabía
capaz de recordar el orden completo de una baraja
dispuesta al azar con sólo ver las cartas una sola vez. Pudo
memorizar la Suave Patria de López Velarde y recitársela
completa a Vasconcelos apenas acababa de leerla. Tanto
como reconocer, de un solo vistazo, cuanto rostro se hubiera
cruzado frente a él y hasta recordar los gestos y
señas que delataran las ambiciones y deseos más secretos.
Por eso, porque adivinaba las más oscuras intenciones de
la gente, superó a todos en todo, y era un general invicto
en el terreno que fuera. A Calles le arrebató el dominio
sobre el Congre s o. Serrano y Gómez que quisieron
competir con él por la Presidencia, murieron asesinados.
A Eugenio Martínez, jefe militar del Valle de México y
aliado secreto de Serrano, que intentó el último
cuartelazo, lo destituyó y lo envió al destierro. A
Morones le neutralizó la mayoría de sus sindicatos
afiliados a la CROM.
El general Obregón no podía andarse con
miramientos, bien le aconsejó don Porfirio desde el más
allá.
Benjamín Hill murió envenenado. Fusiló a Murguía,
quien tanto contribuyó a su victoria sobre Pancho Villa.
El cadáver de Lucio Blanco apareció flotando en las
aguas del Bravo.
¿Podía haber sido de otra forma?
Salió de la tina y después de secarse se puso un talco
muy fino, llamado Venecia, especial para evitar la
sudoración a lo largo del día.
Carajo, de lo que estuvieron a punto de privar los
pinches mochos a este pobre país. Porque siendo
presidente electo en este momento —sus partidarios
violaron sin remedio “un poquito” la Constitución a fin
de que pudiera reelegirse—, con cuarenta y ocho años
de edad, en 1940 tendría apenas… sesenta años. En
1950, setenta años… En 1960, ochenta años… En
1968, ochenta y ocho años… ¿Cómo sería México en 1968? ¿Qué retos enfrentarìa? Imposible que su ojo de lince llegara tan lejos, pero estaba seguro de que su mano dura le serìa tan útil al país como ahora mismo.
Después de varias sesiones de trabajo en su propia casa, a las doce y media en punto Obregón salió rumbo al restaurante "La Bombilla", en donde se había organizado un banquete en su honor. Al subir al cadillac negro, el general Roberto Cruz, jefe de la policía, le dijo que se había revisado perfectamente el restaurante para comprobar que no se hubiera colado alguna nueva bomba.
-No se preocupe, general Cruz- le respondió Obregón sonriente-, siendo "La bombilla" a donde vamos tendría que ser una bomba muy pequeña.
Benjamín Hill murió envenenado. Fusiló a Murguía,
quien tanto contribuyó a su victoria sobre Pancho
Villa. El cadáver de Lucio Blanco apareció flotando en
las aguas del Bravo. ¿Podía haber sido de otra forma?
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