NUEVA ÉPOCA | NÚMERO 57 | NOVIEMBRE 2008 | ISSN EN TRÁMITE con número de folio 493 | REVISTA MENSUAL
ARTÍCULOS
EL ARCHIPIÉLAGO DE LOS CHAGOS
J. M. G. Le Clézio



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Fecha de última actualización Noviembre de 2008
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A ochenta años de la muerte de Álvaro Obregón. Los mochos
I g n a c i o    S o l a r e s 

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En fin, cabía pensar que después del atentado de quince días antes —y, sobre todo, con el fusilamiento de los implicados— no habría otro y podía prepararse más tranquilo para volver a gobernar México. Siempre les había tenido resquemor a los mochos —él, que tenía un brazo mocho— y precisamente por eso convenció al presidente Calles de que mandara fusilar al tal Padre Pro, una especie de santo, según se decía, para darles un buen susto a los ensotanados y que dejaran de conspirar contra el gobierno de una buena vez. Calles como que primero se resistía, pero gracias a la notoria autoridad que tenía Obregón sobre él, finalmente accedió. Aúltimas fechas sentía a Calles un tanto más cuanto esquivo, distraído, más atento a lo bizarro, a minucias fragmentadas e inservibles, que a aquello que era central. ¿Sería porque estaba a punto de perder el poder? No era fácil hacerse a la idea de perder el poder, que se lo dijeran a él, a Álvaro Obregón, quien no resistió —imposible resistirse— al llamado que le hizo el pueblo de México para que volviera a gobernarlo. Ninguna otra emoción podía comparársele a la del deber cumplido, a la de conducir con rienda corta, con mano férrea —como se le aconsejó en la sesión espiritista—, a todo un pueblo, a su pueblo, que por algo lo había empezado a llamar“padrecito”. “Padrecito” de México. Qué atractiva responsabilidad. Aunque —había que reconocerlo— toda pasión profunda exige cierto grado de crueldad, y él no se iba a andar con miramientos con sus enemigos, ya lo había demostrado. ¿Creían que no sabía él, desde mucho tiempo atrás, que su mejor amigo, Pancho Serrano, lo iba a traicionar? Por eso, por el rencor que le guardaba, la última broma que le hizo fue demasiado amarga, porque se la hizo ya muerto. Hay que tener cuidado con las bromas que les hacemos a los muertos, porque tienen más posibilidades de venganza que nosotros, que aún estamos vivos. Serrano murió en Huitzilac el día de su santo, y cuando Obregón fue personalmente a la morgue a reconocer su cadáver — quería verle el rostro por última vez— le levantó la cabeza tomándolo por el cabello y le dijo, riéndose: “¡Tu cuelga, Pancho!”. Recorrió las piernas bien enjabonadas con el cepillo de cerdas naturales, suavísimas. Pero sus ojos muertos lo miraron fijamente —hay que ver la
forma tan fija en que nos miran los ojos de los muertos que hemos amado— y supo que esos ojos de Pancho Serrano ya muerto no se saldrían más de él, como tantos otros ojos de muertos que había visto a lo largo de su vida. Por algo su mayor cualidad era la memoria: se sabía capaz de recordar el orden completo de una baraja dispuesta al azar con sólo ver las cartas una sola vez. Pudo memorizar la Suave Patria de López Velarde y recitársela completa a Vasconcelos apenas acababa de leerla. Tanto como reconocer, de un solo vistazo, cuanto rostro se hubiera cruzado frente a él y hasta recordar los gestos y señas que delataran las ambiciones y deseos más secretos. Por eso, porque adivinaba las más oscuras intenciones de la gente, superó a todos en todo, y era un general invicto en el terreno que fuera. A Calles le arrebató el dominio sobre el Congre s o. Serrano y Gómez que quisieron competir con él por la Presidencia, murieron asesinados. A Eugenio Martínez, jefe militar del Valle de México y aliado secreto de Serrano, que intentó el último cuartelazo, lo destituyó y lo envió al destierro. A Morones le neutralizó la mayoría de sus sindicatos afiliados a la CROM.

El general Obregón no podía andarse con miramientos, bien le aconsejó don Porfirio desde el más
allá.

Benjamín Hill murió envenenado. Fusiló a Murguía, quien tanto contribuyó a su victoria sobre Pancho Villa. El cadáver de Lucio Blanco apareció flotando en las aguas del Bravo.

¿Podía haber sido de otra forma? Salió de la tina y después de secarse se puso un talco muy fino, llamado Venecia, especial para evitar la sudoración a lo largo del día.

Carajo, de lo que estuvieron a punto de privar los pinches mochos a este pobre país. Porque siendo presidente electo en este momento —sus partidarios violaron sin remedio “un poquito” la Constitución a fin de que pudiera reelegirse—, con cuarenta y ocho años de edad, en 1940 tendría apenas… sesenta años. En 1950, setenta años… En 1960, ochenta años… En 1968, ochenta y ocho años… ¿Cómo sería México en 1968? ¿Qué retos enfrentarìa? Imposible que su ojo de lince llegara tan lejos, pero estaba seguro de que su mano dura le serìa tan útil al país como ahora mismo.

Después de varias sesiones de trabajo en su propia casa, a las doce y media en punto Obregón salió rumbo al restaurante "La Bombilla", en donde se había organizado un banquete en su honor. Al subir al cadillac negro, el general Roberto Cruz, jefe de la policía, le dijo que se había revisado perfectamente el restaurante para comprobar que no se hubiera colado alguna nueva bomba.

-No se preocupe, general Cruz- le respondió Obregón sonriente-, siendo "La bombilla" a donde vamos tendría que ser una bomba muy pequeña.

Benjamín Hill murió envenenado. Fusiló a Murguía, quien tanto contribuyó a su victoria sobre Pancho Villa. El cadáver de Lucio Blanco apareció flotando en las aguas del Bravo. ¿Podía haber sido de otra forma?

 

 

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