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México ha sido la gran pasión de Carlos Fuentes. Precisamente
por eso ha sido también su gran obsesión. Su
historia analizada; su territorio recorrido; su dinámica
social rigurosamente descrita; su voluntad interpretada;
su alma explorada; sus contradicciones, sus aciertos,
su ambivalencia, sus habitantes, sus dioses; su vitalidad
encarnada en él mismo a sus ochenta años. Fuentes es
México desde Los días enmascarados hasta La voluntad
y la fortuna. Pero Fuentes es también universal, y a través
de él, de sus cuentos, novelas y ensayos, sus lectores
hemos sido, somos también, más universales.
Lo que más me impresiona de Carlos Fuentes es
su libertad, el rigor con el que la ejerce, la autenticidad con
la que la vive. En efecto, creo que ha ejercido su oficio
con total libertad y nos ha sorprendido una y otra vez, con
esa forma tan singular con la que intenta explicarse y
explicarnos, a través del lenguaje, mucho de lo que
somos, de lo que quisiéramos ser y de lo que no queremos
ser. No en vano, Octavio Paz lo consideró “un combatiente
en las fronteras del lenguaje y un explorador de
sus límites”. Es decir, “su exaltación corporal de la palabra”
va más allá de los límites habituales de la creación
y la crítica.
¿Cómo es el mundo del que nos habla Carlos Fuentes? ¿De dónde provienen sus visiones acerca del hombre
y de la realidad que le ha tocado vivir? ¿Acaso se pueden
indagar sus orígenes? Fuentes es ante todo un humanista.
Vocación que se enriquece en sus experiencias
formativas, se amplía en su entorno familiar y se consolida
en sus vivencias universitarias, cuyos relatos, salpicados
de anécdotas y evocaciones cargadas de afecto
y gratitud a sus maestros y condiscípulos, he tenido la
suerte de escuchar. Regresaré a ello más adelante.
Si el proceso formativo es resultado del cúmulo de experiencias
iniciadas habitualmente desde temprana
edad, hay que remitirnos a don Rafael Fuentes Boettiger,
diplomático de carrera, que se hizo acompañar por
su hijo durante sus misiones en Estados Unidos, Chile y
Argentina, lo que permitió a su vez que el joven Carlos
Fuentes recibiera una educación diversa y estimulante
en instituciones de Washington, Santiago y Buenos
Aires. Más adelante, el mundo diplomático propició
que entrara en contacto con otro mexicano excepcional
y universal: don Alfonso Re yes, quien le contagió su
insaciable curiosidad intelectual e inculcó para siempre en él la convicción universal de la cultura hispanoamericana.
No se puede entender a Fuentes sin Reyes.
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Carlos Fuentes visto por Christopher Felver, San Francisco, 1998 |
Fuentes recuerda, por ejemplo, que siendo aún muy
joven Reyes lo invitaba a su casa en Cuernavaca: “don
Alfonso me reclamaba mis ausencias, mis lagunas literarias: ¿Cómo es posible que no hayas leído a Laure nce
Sterne?”, le recriminaba. “No has entendido bien a Stendhal”, le reprochaba. “El mundo no empezó hace
diez minutos”, le advertía aquel sabio.
Y Carlos Fuentes evocaría años después:
Todo esto me irritaba; yo leía a contrapelo de sus enseñanzas, lo moderno, lo más estridente, sin entender que
estaba a p rendiendo su lección: no hay creación sin tradición,
lo nuevo es una inflexión de la forma precedente,
la novedad es siempre un trabajo sobre la tradición. Borges
ha dicho de Alfonso Reyes que escribió la mejor prosa
castellana de nuest ro tiempo. A mí me enseñó que la cultura
tenía una sonrisa y que la tradición intelectual del
mundo entero era nuestra por derecho propio, y que la literatura mexicana era importante por ser literatura y no por ser mexicana.
Gracias a esas influencias —el mundo familiar de
la diplomacia y la cultura universal de Alfonso Reyes—,
Fuentes enfocó simultáneamente sus preocupaciones
sociales, intelectuales, estéticas y culturales a la
realidad mexicana, pero también a la del mundo entero. Esto le permitió una vasta comprensión no sólo
de la cultura, la literatura y el arte, sino también de
la política, de los conflictos internacionales, de las religiones,
de las ideologías, de las tecnologías, y claro,
cuando llegó la globalización Fuentes ya se había asomado
a ella.
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