NUEVA ÉPOCA | NÚMERO 58 | DICIembre 2008 | ISSN EN TRÁMITE con número de folio 493 |REVISTA MENSUAL
ARTÍCULOS
LETRAS, RAZONES Y MOTIVOS
José Narro Robles
EL AFÁN TOTALIZADOR
Elena Poniatowska
MÉXICO EN FUENTES, FUENTES Y MÉXICO
Juan Ramón de la Fuente



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México en Fuentes, Fuentes y México

J u a n     R a m ó n   d e   l a   F u e n t e

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México ha sido la gran pasión de Carlos Fuentes. Precisamente por eso ha sido también su gran obsesión. Su historia analizada; su territorio recorrido; su dinámica social rigurosamente descrita; su voluntad interpretada; su alma explorada; sus contradicciones, sus aciertos, su ambivalencia, sus habitantes, sus dioses; su vitalidad encarnada en él mismo a sus ochenta años. Fuentes es México desde Los días enmascarados hasta La voluntad y la fortuna. Pero Fuentes es también universal, y a través de él, de sus cuentos, novelas y ensayos, sus lectores hemos sido, somos también, más universales.

Lo que más me impresiona de Carlos Fuentes es su libertad, el rigor con el que la ejerce, la autenticidad con la que la vive. En efecto, creo que ha ejercido su oficio con total libertad y nos ha sorprendido una y otra vez, con esa forma tan singular con la que intenta explicarse y explicarnos, a través del lenguaje, mucho de lo que
somos, de lo que quisiéramos ser y de lo que no queremos ser. No en vano, Octavio Paz lo consideró “un combatiente en las fronteras del lenguaje y un explorador de sus límites”. Es decir, “su exaltación corporal de la palabra” va más allá de los límites habituales de la creación y la crítica.

¿Cómo es el mundo del que nos habla Carlos Fuentes? ¿De dónde provienen sus visiones acerca del hombre y de la realidad que le ha tocado vivir? ¿Acaso se pueden indagar sus orígenes? Fuentes es ante todo un humanista. Vocación que se enriquece en sus experiencias formativas, se amplía en su entorno familiar y se consolida en sus vivencias universitarias, cuyos relatos, salpicados de anécdotas y evocaciones cargadas de afecto y gratitud a sus maestros y condiscípulos, he tenido la suerte de escuchar. Regresaré a ello más adelante.

Si el proceso formativo es resultado del cúmulo de experiencias iniciadas habitualmente desde temprana edad, hay que remitirnos a don Rafael Fuentes Boettiger, diplomático de carrera, que se hizo acompañar por su hijo durante sus misiones en Estados Unidos, Chile y Argentina, lo que permitió a su vez que el joven Carlos Fuentes recibiera una educación diversa y estimulante en instituciones de Washington, Santiago y Buenos Aires. Más adelante, el mundo diplomático propició que entrara en contacto con otro mexicano excepcional y universal: don Alfonso Re yes, quien le contagió su insaciable curiosidad intelectual e inculcó para siempre en él la convicción universal de la cultura hispanoamericana. No se puede entender a Fuentes sin Reyes.

Carlos Fuentes visto por Christopher Felver, San Francisco, 1998
Carlos Fuentes visto por Christopher Felver, San Francisco, 1998

Fuentes recuerda, por ejemplo, que siendo aún muy joven Reyes lo invitaba a su casa en Cuernavaca: “don Alfonso me reclamaba mis ausencias, mis lagunas literarias: ¿Cómo es posible que no hayas leído a Laure nce Sterne?”, le recriminaba. “No has entendido bien a Stendhal”, le reprochaba. “El mundo no empezó hace diez minutos”, le advertía aquel sabio.

Y Carlos Fuentes evocaría años después:

Todo esto me irritaba; yo leía a contrapelo de sus enseñanzas, lo moderno, lo más estridente, sin entender que estaba a p rendiendo su lección: no hay creación sin tradición, lo nuevo es una inflexión de la forma precedente, la novedad es siempre un trabajo sobre la tradición. Borges ha dicho de Alfonso Reyes que escribió la mejor prosa castellana de nuest ro tiempo. A mí me enseñó que la cultura tenía una sonrisa y que la tradición intelectual del mundo entero era nuestra por derecho propio, y que la literatura mexicana era importante por ser literatura y no por ser mexicana.

Gracias a esas influencias —el mundo familiar de la diplomacia y la cultura universal de Alfonso Reyes—, Fuentes enfocó simultáneamente sus preocupaciones sociales, intelectuales, estéticas y culturales a la realidad mexicana, pero también a la del mundo entero. Esto le permitió una vasta comprensión no sólo de la cultura, la literatura y el arte, sino también de la política, de los conflictos internacionales, de las religiones, de las ideologías, de las tecnologías, y claro, cuando llegó la globalización Fuentes ya se había asomado a ella.

 

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