NUEVA ÉPOCA | NÚMERO 58 | DICIembre 2008 | ISSN EN TRÁMITE con número de folio 493 |REVISTA MENSUAL
ARTÍCULOS
LETRAS, RAZONES Y MOTIVOS
José Narro Robles
EL AFÁN TOTALIZADOR
Elena Poniatowska
MÉXICO EN FUENTES, FUENTES Y MÉXICO
Juan Ramón de la Fuente



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Fecha de última actualización Septiembre de 2008
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El afán totalizador

E l e n a     P o n i a t o w s k a

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—¿Qué vas a ser de grande?
—Todo.
—¿Qué vas a hacer con tu vida?
—Todo. Voy a ser el todo de todos.
—¿Cómo?
—Voy a inaugurar un nuevo tiempo, voy a sacudir a las buenas conciencias, voy a cambiar el statu quo, voy a jugármela, voy a ser escritor, voy a entrar a todas las casas, meterme en camas victorianas y virginales, cargar todas las culpas, voy a hacerle ver a mis contemporáneos y a sus hijos y a los hijos de sus hijos toda la corrupción y la hipocresía de la sociedad emanada de la Revolución Mexicana, rasgar todo el velamen, recorrer los paralelos y los meridianos de la tierra, voy a atreverme a todo, voy a darle la vuelta a todos los cerebros, a la cintura de todas las mujeres.

—No se puede hacer todo.

—Yo sí porque soy el icuiricui, el macalacachimba. Los mexicanos son un hueso duro de roer, no entienden o son salvajemente indiferentes y crueles y a medida que pasa el tiempo se acendra su envidia y su rechazo. También son cortesanos y obsequiosos porque en la política se asciende con la lengua. En su laberinto de la soledad, Octavio Paz analiza los rasgos de nuestro carácter y Carlos Fuentes se lanza a una pesquisa feliz que será la de toda su vida y encuentra al banquero ambicioso que antes galopó sobre su caballo en aras de la Revolución, a la catrina empobrecida ya sin sus haciendas temerosa de desclasarse si se casa con el que “los trescientos y algunos más” consideran su caballerango, a la taquimecanógrafa ambiciosa que enseña las piernas, a la niña clase mediera que lo único que quiere es aparecer en la sección de Sociales del periódico de la vida nacional. En medio de los zarpazos, en Las Lomas y en la Bondojito, en El Pedregal de San Ángel y en la Candelaria de los Patos, Carlos Fuentes cosecha a sus personajes, los mezcla en la
inmensa y transparente licuadora de su escritura y sienta a la misma mesa a la puta y a la “niña bien” para confrontarlas y confrontarnos con un México que nace con muchos trabajos a lo que hoy llamamos modernidad.

Los cincuenta, los sesenta, los ochenta, los dos mil son los años de Carlos Fuentes, como los treinta fueron los de José Clemente Orozco, Diego Rivera y David Alfaro Siqueiros, Alfonso Reyes, Martín Luis Guzmán, José Vasconcelos, Mariano Azuela y otros. Si los Tres Grandes pintan, Fuentes escribe y nos descubre la ciudad que lleva el horrible nombre de Distrito Federal al mismo tiempo que inventa una nueva forma de narrar. Doble re volución, descubrir y nombrar, lanzarse y domesticar.

El fenómeno Carlos Fuentes se inicia en 1958 con La región más transparente, aunque antes, en 1954, aparezca su anticipo, el aperitivo del banquete: Los días enmascarados. La región más transparente exalta o escandaliza. La frase de Fernando Benítez en defensa de La región más transparente resulta profética: “Cualquiera que sea el destino del libro mexicano ya no lo espera el miserable y caduco ninguneo”.

El joven sofisticado y cosmopolita demostró entonces con su talento y su férrea disciplina que era el dueño de sí mismo y de la obra emprendida y que su trabajo lo hacía feliz. Es muy importante la felicidad, el gusto por la vida que imparte Carlos Fuentes. Así como Pita Amor llegaba al Sans Souci o al Leda, desnuda bajo su abrigo de mink y se lo abría para gritar: “¡Yo soy la reina de la noche!”, Fuentes asevera: “Hay formas del prestigio que lo abarcan todo”. Sale en la madrugada a ver qué agarra, los días no le alcanzan, las noches tampoco, trepida, no le cabe en los ojos todo lo que quiere ver pero adentro tiene otros ojos. Una de las claves del éxito es tener dos de todo. Tras de él hay otro Fuentes de repuesto. Y otro México mejor, y otro libro en proceso y un destino muy distinto al de los escritores “finos y sutiles” que catalogó Antonio Castro Leal en una antología que aburría de luz por la tarde como el pavo rreal de Agustín Lara. En la literatura mexicana, salirse del canon es una falla tan grande como la de César Garrizurieta quien decía que estar fuera del presupuesto es estar en el error y ser un político pobre, un pobre político (y después se suicidó). Así Fuentes va consignando a los arribistas que abusan de su poder y hacen gala de su cinismo y su riqueza.

Tuve el privilegio de conocer a Fuentes antes de que se hiciera escritor porque íbamos a los mismos bailes en las embajadas y en las casas de Las Lomas y lo observaba sentarse al lado de madres y chaperonas de las hijas que pronto sacaría a bailar y preguntarles si su bolsa era de Hermès o de Cartier y su perfume Chanel número 5, el mismo que Marilyn Monroe usaba de camisón. “¡Ay, este Carlitos tan galán y tan inteligente!”. En las casas estilo colonial californiano con escalera a lo Hollywood, Fuentes me hacía notar: “Fíjate bien, las paredes tienen roña”. “¿Cómo que roña?”. “Sí, roña, están chinitas. Mira Poni, allá en cada esquina hay escupideras de oro —el tesoro de Moctezuma, my dear— en las que escupe el licenciado papá de la niña de la fiesta”. En casa de los Barbachano, Fuentes bebía una horchata tras otra: “Esto es como bañar tu alma —levantaba su vaso en el aire— te limpia de todas las envidias”. Después de la fiesta, a las cinco de la mañana, corría a los caldos de Indianilla a platicar con el tortero, el taxista, el Cristo Alcalá que impartía su doctrina por Canal del Norte y Ferrocarril de Cintura y hacía que las ratas flotaran por encima de las aguas del canal del desagüe La Bandida; que componía canciones para que los políticos no le cerraran su antro; Gladys García, la putita de San Juan de Letrán, apostada en la esquina de la calle de Madero:“Óyeme güerito ¿le saco punta a tu pizarrín?”; la mujer tortuga que así quedó por desobedecer a su madre; el bolero y la noviecita santa. Carlos todo lo engullía, emparejaba su paso al del cargador y al del oficinista de parranda, y al llegar a su casa escribía que Gladys García, con sus ojos de capulín y su cuerpecillo de tamal anhelaba una casa que la cobijara. Fuentes, sensibilizado hasta la exacerbación, ni pulido ni discreto, ni fino ni sutil (cualidades básicas del escritor de los cuarenta), Fuentes torrencial mecanografiaba con un solo dedo sus espectaculares obsesiones: la sexualidad y los excrementos, el nacionalismo y la arqueología, el terrorismo verbal y el de las acciones políticas, el niño que llevaba adentro, el mismo que lo hacía chiquear su persona y descubrirse enfermedades. (Fuentes, por ejemplo, mastica mucho su comida; si encuentra algún pequeño nervio en su carne, lo hace bolita y lo deposita cuidadosamente sobre su plato; alguna vez conté diez bolitas; el steak au poivre no debió estar a la altura). Fuentes quería apropiárselo todo (pero no que le hiciera daño).

Una vez, bailando en una fiesta de disfraces, los dos muy jóvenes, me dijo:
—Voy a descubrir el lenguaje.
—¿El lenguaje?

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