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En pocas obras de la literatura universal como en la de
Carlos Fuentes se advierte tanto la propensión totalizadora,
un afán de extender la palabra escrita a todo lo
que es la vida, e incluso a lo que puede haber más allá
de la vida; de multiplicarse e involucrarse en innumerables
personajes y situaciones, sentimientos e ideas, en
voces y puntos de vista, hasta agotar su mundo —si es
posible agotarlo— en lo más vasto, pero también en lo
más mínimo, en todos sus niveles y desde todos sus á ngulos.
Por eso los personajes principales de la amplia
obra de Carlos Fuentes —sin importar el género: novela,
cuento, ensayo, crítica, teatro— han sido siempre la
historia, el tiempo y sus edades con la críptica intención
del autor por trascenderlas.
En la mejor tradición balzaciana Carlos Fuentes
entabla un diálogo permanente consigo mismo dentro
de su obra, al mismo tiempo que introduce al lector en
su propio mundo, lo que encarna sin duda el sentido
más profundo de la creación novelística: la posibilidad
de conocernos e intimar con nosotros mismos, con nosotros
mismos y con ese “otro” que también somos.
Las manifestaciones de este incesante diálogo son
prácticamente inagotables en la obra de Fuentes. Por
ejemplo, en una página de Aura (1962), encontramos
ya en ciernes el proyecto completo de Terra Nostra, que
aparecerá trece años después. El protagonista Felipe
Montero se dice a sí mismo: “Si lograras ahorrar por lo
menos doce mil pesos, podrías pasar cerca de un año dedicado
a tu propia obra, aplazada, casi olvidada. Tu gran
obra de conjunto sobre los descubrimientos y conquistas
españolas en América. Una obra que resuma todas las
crónicas dispersas, las haga inteligibles, encuentre las correspondencias
entre todas las empresas y aventuras del
Siglo de Oro, entre los prototipos humanos y el hecho
mayor del Renacimiento”.
Es significativo que en la novela más breve del autor—y trece años antes— se anuncie ya, con tal precisión,
su obra más ambiciosa y de mayores dimensiones.
También encontramos este diálogo del autor consigo
mismo en las obras que abordan a la Ciudad de
México como escenario y personaje de sus novelas y
relatos. Para quienes la literatura merece considerarse
como una conquista verbal de la realidad, no hay
mejor posesión de la cosa misma que su lectura: el conocimiento
de su nombre verdadero (ese nombre oculto
que todo escritor busca, aunque no lo sepa). Así, la
literatura es capaz de impregnar a ciertas ciudades y
recubrirlas con una pátina de mitología y de imágenes
más resistentes, al paso de los años, que la propia arquitectura
e historia “reales”, tal como ha sucedido con La
región más transparente, que sigue siendo el mejor acceso
que tenemos a aquella Ciudad de México, tan distinta
a la de hoy.
Todo eso cambió y el propio Carlos Fuentes se ha
encargado de hacer la crónica de esa ciudad que “amenaza
con comerse vivos a cada uno de sus habitantes,
sean víctimas o victimarios”, como lo relata cinco décadas
después en Todas las familias felices, donde escribe:“¿Qué quedaba de la antigua Ciudad de los Palacios?¿Un gran supermercado lleno de latas de sangre y botellas de humo? Sangre y hambre, artículos de primera
necesidad de la ciudad-monstruo”.
De La región más transparente a Todas las familias felices, la Ciudad de México real es el libro mismo, los libros
por medio de los cuales Carlos Fuentes nos muestra
una ciudad entrañable, que “nos la condenaron a
muerte”, dice, y su transformación en una urbe atroz,
pero sutilmente suspendida en la memoria.
Otra muestra de la capacidad de Fuentes para dialogar
consigo mismo a través de sus textos la encontramos
en Cambio de piel, publicada en 1967, pero donde
quedó pendiente un tema que se realiza años más tarde en
Instinto de Inez, editada en el año 2000. Cambio de piel presenta a un grupo de judíos en un campo de concentración
que cantan su propio responso al interpretar el
Réquiem de Verdi. El director encuentra los instrumentos
musicales en los sitios más insólitos y un deshollinador
será el improvisado bajo. En algún momento el
director habla de ese “otro” sitio en donde en realidad
será dada la interpretación musical —por más que tengan
ante ellos a sus propios verdugos— y, dice, “la voz
humana, por serlo, se inventa una alegría que se adelanta
a la tristeza de la muerte”. Esa misma voz humana—con su alegría implícita— que viene de Cambio de
piel es la verdadera protagonista de Instinto de Inez.
Voz que lleva a cuestas la invención y el dolor del mundo
y hasta nuestra posibilidad de salvación. “La música—dice ahora Gabriel Atlan-Ferrara, el protagonista de
Instinto de Inez— está a medio camino entre la naturaleza
y Dios. Con suerte, los comunica. Y con el arte,
nosotros los músicos (podría decir los escritores) somos
los intermediarios entre Dios y la naturaleza”.
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