NUEVA ÉPOCA | NÚMERO 58 | DICIembre 2008 | ISSN EN TRÁMITE con número de folio 493 |REVISTA MENSUAL
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El arte de dialogar consigo mismo

I g n a c i o     S o l a r e s   

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En pocas obras de la literatura universal como en la de Carlos Fuentes se advierte tanto la propensión totalizadora, un afán de extender la palabra escrita a todo lo que es la vida, e incluso a lo que puede haber más allá de la vida; de multiplicarse e involucrarse en innumerables personajes y situaciones, sentimientos e ideas, en voces y puntos de vista, hasta agotar su mundo —si es posible agotarlo— en lo más vasto, pero también en lo más mínimo, en todos sus niveles y desde todos sus á ngulos. Por eso los personajes principales de la amplia obra de Carlos Fuentes —sin importar el género: novela, cuento, ensayo, crítica, teatro— han sido siempre la historia, el tiempo y sus edades con la críptica intención del autor por trascenderlas.

En la mejor tradición balzaciana Carlos Fuentes entabla un diálogo permanente consigo mismo dentro de su obra, al mismo tiempo que introduce al lector en su propio mundo, lo que encarna sin duda el sentido más profundo de la creación novelística: la posibilidad de conocernos e intimar con nosotros mismos, con nosotros mismos y con ese “otro” que también somos.

Las manifestaciones de este incesante diálogo son prácticamente inagotables en la obra de Fuentes. Por ejemplo, en una página de Aura (1962), encontramos ya en ciernes el proyecto completo de Terra Nostra, que aparecerá trece años después. El protagonista Felipe Montero se dice a sí mismo: “Si lograras ahorrar por lo menos doce mil pesos, podrías pasar cerca de un año dedicado a tu propia obra, aplazada, casi olvidada. Tu gran obra de conjunto sobre los descubrimientos y conquistas españolas en América. Una obra que resuma todas las crónicas dispersas, las haga inteligibles, encuentre las correspondencias entre todas las empresas y aventuras del Siglo de Oro, entre los prototipos humanos y el hecho mayor del Renacimiento”.

Es significativo que en la novela más breve del autor—y trece años antes— se anuncie ya, con tal precisión, su obra más ambiciosa y de mayores dimensiones.

También encontramos este diálogo del autor consigo mismo en las obras que abordan a la Ciudad de México como escenario y personaje de sus novelas y relatos. Para quienes la literatura merece considerarse como una conquista verbal de la realidad, no hay mejor posesión de la cosa misma que su lectura: el conocimiento de su nombre verdadero (ese nombre oculto que todo escritor busca, aunque no lo sepa). Así, la literatura es capaz de impregnar a ciertas ciudades y recubrirlas con una pátina de mitología y de imágenes más resistentes, al paso de los años, que la propia arquitectura e historia “reales”, tal como ha sucedido con La región más transparente, que sigue siendo el mejor acceso que tenemos a aquella Ciudad de México, tan distinta a la de hoy.

Todo eso cambió y el propio Carlos Fuentes se ha encargado de hacer la crónica de esa ciudad que “amenaza con comerse vivos a cada uno de sus habitantes, sean víctimas o victimarios”, como lo relata cinco décadas después en Todas las familias felices, donde escribe:“¿Qué quedaba de la antigua Ciudad de los Palacios?¿Un gran supermercado lleno de latas de sangre y botellas de humo? Sangre y hambre, artículos de primera necesidad de la ciudad-monstruo”.

Carlos Fuentes y Silvia Lemus con sus hijos

De La región más transparente a Todas las familias felices, la Ciudad de México real es el libro mismo, los libros por medio de los cuales Carlos Fuentes nos muestra una ciudad entrañable, que “nos la condenaron a muerte”, dice, y su transformación en una urbe atroz, pero sutilmente suspendida en la memoria.

Otra muestra de la capacidad de Fuentes para dialogar consigo mismo a través de sus textos la encontramos en Cambio de piel, publicada en 1967, pero donde quedó pendiente un tema que se realiza años más tarde en Instinto de Inez, editada en el año 2000. Cambio de piel presenta a un grupo de judíos en un campo de concentración que cantan su propio responso al interpretar el Réquiem de Verdi. El director encuentra los instrumentos musicales en los sitios más insólitos y un deshollinador será el improvisado bajo. En algún momento el director habla de ese “otro” sitio en donde en realidad será dada la interpretación musical —por más que tengan ante ellos a sus propios verdugos— y, dice, “la voz humana, por serlo, se inventa una alegría que se adelanta a la tristeza de la muerte”. Esa misma voz humana—con su alegría implícita— que viene de Cambio de piel es la verdadera protagonista de Instinto de Inez. Voz que lleva a cuestas la invención y el dolor del mundo y hasta nuestra posibilidad de salvación. “La música—dice ahora Gabriel Atlan-Ferrara, el protagonista de Instinto de Inez— está a medio camino entre la naturaleza y Dios. Con suerte, los comunica. Y con el arte, nosotros los músicos (podría decir los escritores) somos los intermediarios entre Dios y la naturaleza”.

 

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