NUEVA ÉPOCA | NÚMERO 58 | DICIembre 2008 | ISSN EN TRÁMITE con número de folio 493 |REVISTA MENSUAL
ARTÍCULOS
LETRAS, RAZONES Y MOTIVOS
José Narro Robles
EL AFÁN TOTALIZADOR
Elena Poniatowska
MÉXICO EN FUENTES, FUENTES Y MÉXICO
Juan Ramón de la Fuente



Sitio optimizado para resolución de 800 x 600
Fecha de última actualización Septiembre de 2008
2007 D.R. Universidad Nacional Autónoma de México
Se prohíbe la reproducción total o parcial
de los artículos sin la autorización por escrito de los autores
Coordinación de Publicaciones Digitales,
Dirección General de Servicios de Cómputo Académico

Reserva de derechos al uso exclusivo del título:04-2008-050717072200-203





Los ojos de Carlos Fuentes

J o r g e     V o l p i   

1/2

Críticos literarios, lectores, amigos y enemigos lo sospechaban desde hace mucho, pero sólo ahora han podido comprobarlo: el novelista mexicano Carlos Fuentes es un hombre venido de otro tiempo, uno de esos seres que han sido sucesivamente conocidos como fantasmas, vampiros o incluso como inmortales; un hombre cuyos ojos han presenciado casi un milenio de desgracias y prodigios. Quienes se maravillan ante su ubicuidad o se sorprenden por el número de páginas que ha escrito, quienes envidian su vigor o admiran su vocación enciclopédica, quienes deploran sus múltiples talentos o se asombran ante sus distintos rostros, al fin cuentan con la explicación que tanto han perseguido: Fuentes no es uno de nosotros, no comparte nuestro código genético, no obedece a las reglas que nos someten al inexorable paso del tiempo. Pertenece, en cambio, a una estirpe oculta y casi extinta que, sin embargo, ha logrado sobrevivir hasta nuestros días. Sus auténticos hermanos de sangre son Alberto Magno , Ramon Llull, Paracelso, Irineo Filaleteo, Giordano Bruno, Newton, Cagliostro, Fulcanelli… O, en otro sentido, su único contemporáneo podría ser Pier Francesco Orsini, el noble italiano retratado por Manuel Mujica Láinez en su célebre Bomarzo: ambos son iluminados que, tras desentrañar los misterios de la Obra, obtuvieron ese preciado elíxir que sólo los profanos identifican con el burdo nombre de piedra filosofal.

La reciente colección de relatos de Fuentes, titulada con justeza Inquieta compañía, se suma a piezas anteriores como Aura o Constancia, para conformar unas auténticas memorias: en contra de las apariencias, estos libros supuestamente fantásticos deben ser leídos como testimonio de sus encuentros con la alquimia y con otros de los miembros de su raza: espectros, monstruos, demonios, aparecidos. Sólo así puede comprenderse que un solo hombre haya sido capaz de producir una literatura por sí mismo —la saga titulada La edad del tiempo— y haber escrito una novela que constituye una summa de todas las novelas: Terra Nostra. A lo largo de mil años, Fuentes lo ha oído todo y, lo que es aún más importante, también lo ha visto todo. Sus ojos han sido testigos de batallas y muertes, conquistas y luchas insurgentes, debaclesíntimas y triunfos invisibles: ha contemplado el mundo a través de El Aleph, el cristal fabricado por quien fuera uno de sus maestros en las artes de la alquimia, el argentino Jorge Luis Borges. Gracias a este poder, Fuentes no sólo ha presenciado la historia universal de la infamia, sino también la del arte.

Viendo visiones, la obra que ahora comentamos, no debe ser leída, pues, como una serie de ensayos críticos ni como una meditación sobre la pintura: se trata en realidad de un libro de viajes, el itinerario que Fuentes ha recorrido desde que atestiguó la creación de los frescos de Piero della Francesca, en Arez zo, a fines del siglo XV, hasta nuestros días. Un itinerario de quinientos años que lo ha llevado a encontrarse con Velázquez, Zurbarán, Rembrandt y Goya hasta culminar en el siglo XX al lado de Juan Soriano, Jacobo Borges, Juan Martínez, Eduardo Chillida, Pierre Alechinsky, Valerio Adami, Armando Morales y José Luis Cuevas, entre otros.

El propio Fuentes nos lo advierte desde un principio: aunque Viendo visiones se propone dialogar con todos los pintores que ha encontrado en su camino, su mirada
está siempre dirigida —mejor: animada— por Piero della Francesca y por Velázquez, sus verdaderos preceptores. De hecho, es posible reconocer en uno de los personajes que aparecen en La batalla de Heraclio y Cosroes, perteneciente a la Leyenda de la Vera Cruz —la figura masculina ceñida con un casco verde detrás del jinete con armadura— los rasgos de Fuentes. En efecto, en algún momento entre 1450 y 1565, él estuvo allí. El monje erudito que entonces se hacía llamar fra Carlo Fontane pasó incontables horas en el interior de la iglesia de San Francisco, contemplando la mano del artista mientras revolucionaba —acaso sin saberlo— la pintura de Occidente. En silencio, Fontana se adentra en la batalla y, gracias al poder de su mirada, se apodera de sus personajes. En ese instante sólo existen porque Fontane es capaz de verlos y de memorizarlos: de atraparlos en su mente, esa eterna variedad de mirada. Las figuras de Piero cobran vida a través de los ojos del clérigo, quien así consigue arrancarlos para siempre a los muros de la iglesia, y a su autor. La mirada, nos enseña el alquimista, es el secreto mejor guardado, pues es capaz de robar la belleza y de volverla, sí, eterna.

Mucho después, el monje Carlo Fontane reaparece en otro lugar y en otro tiempo, travestido en consejero del rey Felipe IV, bajo el nombre de don Carlos de Fuentes, marqués de la Región Más Transparente. A zotado por los rumores que circulan en Palacio, el rey le ordena vigilar a su pintor de cámara, el esquivo Diego de Velázquez. Como los demás miembros de la Corte, el marqués de la Región Más Transparente sabe que el soberano le ha encargado un nuevo retrato, y también ha
escuchado los rumores según los cuales éste se dispone a burlarse de Sus Majestades entregándole una tela en donde sus figuras no aparecen. Cuando el excéntrico Velázquez hizo posar a toda la familia real —incluyendo a las infantas, sus hayas y sus perros—, don Carlos de Fuentes estaba allí, a unos pasos de donde posaban los reyes, pero, al igual que el rey, tampoco comprendió la extra vagante disposición ordenada por el artista. Su misión consistía, pues, en irrumpir en secreto en el estudio de Velázquez y escudriñar, antes que nadie, la pieza que éste le presentaría a su patrono.

Como reconoce en su libro, Fuentes fue la primera persona que contempló jamás Las meninas. Casi en la penumbra —pero no del Museo del Prado, como dice, sino en el taller de Velázquez—, el novelista descubrió que, en efecto, los reyes aparecían en el centro del cuadro, pero sólo en la remota imagen de un espejo, mientras que el verdadero centro de la acción reposaba en las “meninas”. Fuentes lo describe así en Viendo visiones: el centro de la pintura no son los reyes, sino “una niña perpetuamente en espera de tocar la rosa que le es ofrecida. Una inminencia”. Sin embargo, lo que más le sorprendió a Fuentes fue que, en contra de los cánones, Velázquez tuviese la osadía de introducirse a sí mismo en la pintura. Porque, desde allí, no hacía otra cosa que mirarlo a él. Al romper el secreto y convertirse en el primer espectador de Las meninas, Fuentes fue doblemente hechizado. Sus ojos quedaron atrapados por los ojos del Velázquez pintado por Velázquez. Sus ojos, a partir de ese momento, se transmutaron también en los ojos del pintor.

 

Continúa siguiente