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Críticos literarios, lectores, amigos y enemigos lo sospechaban
desde hace mucho, pero sólo ahora han podido
comprobarlo: el novelista mexicano Carlos Fuentes es un
hombre venido de otro tiempo, uno de esos seres que han
sido sucesivamente conocidos como fantasmas, vampiros
o incluso como inmortales; un hombre cuyos ojos han
presenciado casi un milenio de desgracias y prodigios.
Quienes se maravillan ante su ubicuidad o se sorprenden
por el número de páginas que ha escrito, quienes envidian
su vigor o admiran su vocación enciclopédica, quienes
deploran sus múltiples talentos o se asombran ante
sus distintos rostros, al fin cuentan con la explicación que
tanto han perseguido: Fuentes no es uno de nosotros, no
comparte nuestro código genético, no obedece a las reglas
que nos someten al inexorable paso del tiempo. Pertenece,
en cambio, a una estirpe oculta y casi extinta que, sin
embargo, ha logrado sobrevivir hasta nuestros días. Sus
auténticos hermanos de sangre son Alberto Magno ,
Ramon Llull, Paracelso, Irineo Filaleteo, Giordano
Bruno, Newton, Cagliostro, Fulcanelli… O, en otro sentido,
su único contemporáneo podría ser Pier Francesco
Orsini, el noble italiano retratado por Manuel Mujica
Láinez en su célebre Bomarzo: ambos son iluminados que, tras desentrañar los misterios de la Obra, obtuvieron
ese preciado elíxir que sólo los profanos identifican
con el burdo nombre de piedra filosofal.
La reciente colección de relatos de Fuentes, titulada
con justeza Inquieta compañía, se suma a piezas anteriores
como Aura o Constancia, para conformar unas auténticas
memorias: en contra de las apariencias, estos libros
supuestamente fantásticos deben ser leídos como testimonio
de sus encuentros con la alquimia y con otros de
los miembros de su raza: espectros, monstruos, demonios,
aparecidos. Sólo así puede comprenderse que un
solo hombre haya sido capaz de producir una literatura
por sí mismo —la saga titulada La edad del tiempo—
y haber escrito una novela que constituye una summa de todas las novelas: Terra Nostra. A lo largo de mil años,
Fuentes lo ha oído todo y, lo que es aún más importante,
también lo ha visto todo. Sus ojos han sido testigos de
batallas y muertes, conquistas y luchas insurgentes, debaclesíntimas y triunfos invisibles: ha contemplado el
mundo a través de El Aleph, el cristal fabricado por quien
fuera uno de sus maestros en las artes de la alquimia, el
argentino Jorge Luis Borges. Gracias a este poder, Fuentes
no sólo ha presenciado la historia universal de la infamia,
sino también la del arte.
Viendo visiones, la obra que ahora comentamos, no
debe ser leída, pues, como una serie de ensayos críticos ni
como una meditación sobre la pintura: se trata en realidad
de un libro de viajes, el itinerario que Fuentes ha recorrido
desde que atestiguó la creación de los frescos de Piero
della Francesca, en Arez zo, a fines del siglo XV, hasta nuestros
días. Un itinerario de quinientos años que lo ha llevado
a encontrarse con Velázquez, Zurbarán, Rembrandt y
Goya hasta culminar en el siglo XX al lado de Juan Soriano,
Jacobo Borges, Juan Martínez, Eduardo Chillida,
Pierre Alechinsky, Valerio Adami, Armando Morales y
José Luis Cuevas, entre otros.
El propio Fuentes nos lo advierte desde un principio:
aunque Viendo visiones se propone dialogar con todos
los pintores que ha encontrado en su camino, su mirada
está siempre dirigida —mejor: animada— por Piero della
Francesca y por Velázquez, sus verdaderos preceptores.
De hecho, es posible reconocer en uno de los personajes
que aparecen en La batalla de Heraclio y Cosroes, perteneciente
a la Leyenda de la Vera Cruz —la figura masculina
ceñida con un casco verde detrás del jinete con
armadura— los rasgos de Fuentes. En efecto, en algún
momento entre 1450 y 1565, él estuvo allí. El monje
erudito que entonces se hacía llamar fra Carlo Fontane
pasó incontables horas en el interior de la iglesia de San
Francisco, contemplando la mano del artista mientras
revolucionaba —acaso sin saberlo— la pintura de Occidente. En silencio, Fontana se adentra en la batalla y,
gracias al poder de su mirada, se apodera de sus personajes.
En ese instante sólo existen porque Fontane es
capaz de verlos y de memorizarlos: de atraparlos en su
mente, esa eterna variedad de mirada. Las figuras de Piero
cobran vida a través de los ojos del clérigo, quien así consigue
arrancarlos para siempre a los muros de la iglesia,
y a su autor. La mirada, nos enseña el alquimista, es el
secreto mejor guardado, pues es capaz de robar la belleza
y de volverla, sí, eterna.
Mucho después, el monje Carlo Fontane reaparece
en otro lugar y en otro tiempo, travestido en consejero
del rey Felipe IV, bajo el nombre de don Carlos de
Fuentes, marqués de la Región Más Transparente. A zotado
por los rumores que circulan en Palacio, el rey le
ordena vigilar a su pintor de cámara, el esquivo Diego
de Velázquez. Como los demás miembros de la Corte,
el marqués de la Región Más Transparente sabe que el
soberano le ha encargado un nuevo retrato, y también ha
escuchado los rumores según los cuales éste se dispone
a burlarse de Sus Majestades entregándole una tela en
donde sus figuras no aparecen. Cuando el excéntrico Velázquez
hizo posar a toda la familia real —incluyendo
a las infantas, sus hayas y sus perros—, don Carlos de
Fuentes estaba allí, a unos pasos de donde posaban los
reyes, pero, al igual que el rey, tampoco comprendió la
extra vagante disposición ordenada por el artista. Su misión
consistía, pues, en irrumpir en secreto en el estudio
de Velázquez y escudriñar, antes que nadie, la pieza que éste le presentaría a su patrono.
Como reconoce en su libro, Fuentes fue la primera
persona que contempló jamás Las meninas. Casi en la
penumbra —pero no del Museo del Prado, como dice,
sino en el taller de Velázquez—, el novelista descubrió
que, en efecto, los reyes aparecían en el centro del cuadro,
pero sólo en la remota imagen de un espejo, mientras que
el verdadero centro de la acción reposaba en las “meninas”.
Fuentes lo describe así en Viendo visiones: el centro
de la pintura no son los reyes, sino “una niña perpetuamente
en espera de tocar la rosa que le es ofrecida. Una
inminencia”. Sin embargo, lo que más le sorprendió a
Fuentes fue que, en contra de los cánones, Velázquez tuviese
la osadía de introducirse a sí mismo en la pintura.
Porque, desde allí, no hacía otra cosa que mirarlo a él.
Al romper el secreto y convertirse en el primer espectador
de Las meninas, Fuentes fue doblemente hechizado.
Sus ojos quedaron atrapados por los ojos del Velázquez
pintado por Velázquez. Sus ojos, a partir de ese momento,
se transmutaron también en los ojos del pintor.
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