NUEVA ÉPOCA | NÚMERO 63 | MAYO 2009 | ISSN EN TRÁMITE con número de folio 493 | REVISTA MENSUAL
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Fecha de última actualización Julio de 2009
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150 años de las Leyes de Reforma

J o r g e    C a r p i z o

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La importancia de las Leyes de Reforma, su vigencia, son el punto nodal que aborda el doctor Jorge Carpizo en este texto, donde reflexiona sobre cómo la Independencia de nuestro país no sólo consistió en dejar de ser una colonia española sino en la separación definitiva de la Iglesia y del Estado.

La guerra de Independencia de México tiene dos etapas diversas y bien diferenciadas entre sí. La primera está representada por una concepción de la dignidad humana con sentido social, que se materializó primordialmente en los dos decretos de Hidalgo aboliendo la esclavitud y en los Sentimientos de la Nación de Morelos, cuyo punto doce ordena que las leyes del congreso deben moderar “la opulencia y la indigencia, y de tal suerte se aumente el jornal del pobre” y para que mejore sus costumbres…

Esta primera etapa constituyó una verdadera insurrección popular. La segunda comenzó cuando el rey Fernando VII se vio obligado en 1820 a restablecer la vigencia de la Constitución liberal de 1812, promulgada en España. Las clases privilegiadas de la Nueva España se atemorizaron ante el supuesto peligro de perder sus prebendas. La Iglesia, que había cogobernado durante la Colonia y era propietaria de una parte considerable de la riqueza nacional, impulsó al ejército realista y a algunos criollos para consumar nuestra Independencia, la cual resultó un gran triunfo para la Iglesia y sus aliados. Se perpetuaban así las concesiones y los fueros de una minoría frente a las necesidades de las mayorías populares. Para la Iglesia el triunfo fue absoluto, incluso se suprimió el patronato que definía los derechos de los reyes frente a la Iglesia, y el artículo tercero de la Constitución de 1824 estableció la intolerancia religiosa en virtud de que declaró que la religión de la nación mexicana sería perpetuamente la católica, apostólica y romana.

Por lo anterior, se ha sostenido con todo acierto que la Iglesia liberada de la tutela “que derivaba del patronato, fortaleció su posición en la comunidad mexicana, pues en el futuro el Estado mantendría el exclusivismo de la religión católica, en tanto la Iglesia ejercía libremente sus privilegios: administración libre de sus bienes, monopolio de los actos del estado civil de las personas, fuero eclesiástico en materia de administración de justicia, libertad de acción política” y por añadidura el monopolio de la educación.

La Iglesia, así, se convirtió en un Estado dentro del Estado que no terminaba de configurarse. El Estado religioso era el realmente poderoso. El Estado civil gozaba de anemia y debilidad.

De 1821 a 1855, México vivió un enfrentamiento interno brutal. Por una parte se encontraban quienes lucharon para que persistiera el orden colonial: la imposición de unos cuantos sobre todos los habitantes del país, y la soberanía real y absoluta de la Iglesia, que incluso durante la Colonia no había sido ilimitada porque coexistió con la autoridad real representada por el virrey y las audiencias, aunque no fue extraordinario que ambos poderes se depositaran en una sola persona, pero bajo la supervisión del rey.

Por la otra parte, la resistencia se concentró en aquellos que habían continuado con las banderas de Hidalgo y Morelos, decididos a hacer valer los principios de libertad e igualdad para todos los habitantes del país, aboliendo fueros y privilegios. Fueron los liberales.

Durante esos treinta y ocho años, la nación vivió el desasosiego de los enfrentamientos entre esas fuerzas, y ninguna de ellas lograba vencer en definitiva. La mayoría de las veces gobernaron los representantes del pasado colonial, apoyados por la riqueza de la Iglesia. Las menos, las que se agruparon en torno a una idea liberal de la existencia, cuyo triunfo más claro, aunque corto, de menos de dos años, fue la denominada Pre-Reforma.

La última dictadura de Santa Anna comenzó en 1853 y terminó en 1855. Considero que un testimonio de esa época que nos legó un viajero extranjero dibuja bien lo que aconteció en aquellos años:

Desde que amanece hasta que anochece se oye en México el sordo redoble de los clarines y el destemplado repique de las campanas como signos patentes del régimen religioso- militar que oprime al desgraciado pueblo de esta llamada república.

El triunfo del Plan de Ayutla, de tinte liberal, obligó al déspota y traidor a abandonar el poder. Con base en dicho Plan se convocó al Congreso Constituyente de 1856-1857, en el cual los liberales mostraron peculiar fortaleza; lograron la aprobación de la Ley Juárez sobre la administración de justicia, en la cual se suprimió el fuero eclesiástico en los asuntos civiles y la posibilidad de la renuncia al fuero eclesiástico criminal en lo relativo a delitos del orden común, así como la supresión del fuero militar tanto en materia civil como en los mencionados delitos. Consiguieron la derogación del decreto de Santa Anna que autorizaba el regreso de los jesuitas al país y la aprobación de la Ley Lerdo, cuyo nombre oficial bien indica su propio contenido: “Ley de desamortización de las fincas rústicas y urbanas de las corporaciones civiles y eclesiásticas”.

No obstante, era claro que los grandes debates y enfrentamientos entre las dos concepciones filosóficopolítico- constitucionales se darían en lo relativo a los proyectos de artículos sobre las libertades. Después de décadas se acercaba un momento crucial entre el partido del pasado, del oscurantismo, de los privilegios y los fueros, el partido del Estado teocrático, y el partido de las libertades, del futuro, de la igualdad entre todas las personas y su dignidad, el partido de la República.

Petronilo Monroy, La Constitución de 1857

El artículo tercero de la Constitución de 1857 declaró que la enseñanza era libre, y que la ley determinaría qué profesiones necesitaban título para su ejercicio. En esta forma se abolía el monopolio que la Iglesia había tenido de la educación.

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