NUEVA ÉPOCA | NÚMERO 64 | JUNIO 2009 | ISSN EN TRÁMITE con número de folio 493 | REVISTA MENSUAL
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Alguna de las formas del fuego

I g n a c i o    S o l a r e s

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Desde sus primeros textos, la visión del mundo de Pacheco ha sido la devastación que no termina en la amargura, como podría esperarse, sino en el asombro. Hay que ver la cantidad de personajes infantiles que habitan las novelas y los cuentos de Pacheco. Y el asombro, lo sabemos, es esencialmente una condición infantil. El asombro del niño que aprehende el mundo —su mundo— al mismo tiempo que lo mira derrumbarse.

En Los elementos de la noche, primer libro de poesía de José Emilio Pacheco, hay un poema en prosa que de alguna manera resume la visión (¿obsesión?) esencial del autor:

El día que cumpliste nueve años, levantaste en la playa un castillo de arena. Sus fosos comunicaban con el mar, sus patios hospedaron la reverberación del sol, sus almenas eran incrustaciones de coral y reflejos.
Una legión de extraños se congregó para admirar tu obra. Veía sus panzas comidas por el vello, las piernas de las mujeres, mordidas por cruentas noches y deseos. Saciado de escuchar que tu castillo era perfecto, volviste a casa, lleno de vanidad. Han pasado doce años desde entonces, y a menudo regresas a la playa, intentas encontrar restos de aquel castillo.
Acusan al flujo y reflujo de su demolición. Pero no son culpables las mareas: tú sabes que alguien lo abolió a patadas —y que algún día el mar volverá a edificarlo.

Como complemento al texto anterior, el personaje principal de “El principio del placer”, Jorge, escribe en su diario:

No entiendo cómo es uno. El otro día sentí pena viendo a los animales que mataba el cocinero y hoy me divertí pisando cangrejos en la playa. No los enormes de las rocas sino los pequeños y grises de la arena. Corrían desesperadamente en busca de su cueva y yo los aplastaba con furia y a la vez divertido. Luego pensé que en cierta forma todos somos como ellos y cuando menos se espera alguien o algo viene a aplastarnos.

Si esa visión de la sociedad humana como un matadero es esencial en la obra de Pacheco, no lo es menos su devenir: el hombre es un ser anfibio y la destrucción se realiza sólo en uno de los mundos que habita. Basta con dar vuelta a la esquina, hojear un viejo álbum escolar o entrar en el Metro a determinada hora, para que de golpe el escenario y la representación sean muy distintos a los de todos los días; el mecanismo de nuestro reloj estalla y al mirarnos en el espejo descubrimos que nuestras facciones son, por ejemplo, las de un antiguo compañero de escuela muerto recientemente. Así las cosas, no hay más remedio que entrar en el espejo —como Alicia— e inspeccionar un poco por el otro lado.

En El principio del placer, terminado el diario de Jorge, viene un pequeño y bello cuento, “La zarpa” —otra vez la historia de una víctima y un verdugo que se reconcilian y fusionan en una misma desolación— que al fin de cuentas es sólo como un puente para que el libro se adentre en aguas más profundas.

Si en los otros cuentos de Pacheco —incluyendo los de El viento distante— los personajes eran aplastados como cangrejos, ahora van a ser absorbidos por una corriente de aire que habitaba junto a ellos sin que se dieran cuenta. Porque los relatos están siempre asentados en un mundo concreto, tangible, y repentinamente la realidad se rompe como quien da un papirotazo a un papel de china. El acto cotidiano más intrascendente resulta peligrosísimo: en un paseo por Chapultepec (“Tenga para que se entretenga”) pueden raptar a nuestro hijo y llevárselo a alguna de las ciudades que hay debajo de la que pisamos; embarcarse (“Cuando salí de La Habana, válgame Dios”) puede voltear de cabeza al tiempo y el barco recorrer setenta años en sólo tres días de un viaje normal; basta con escribir sobre un México subterráneo, ancestral (“La fiesta brava”), para terminar accediendo a él con sólo tomar el Metro a una hora determinada. Escribir es inventarse otra cara, otra ciudad, que terminan por imponerse (por superponerse, mejor dicho, creando así la impresión de que los niveles de la realidad son una especie de escalera: bajamos y subimos constantemente, vamos de un mundo al otro con sólo pegar un brinco) y enterrar a las anteriores. En fin, leer en el periódico sobre un antiguo compañero de escuela recientemente muerto (“Langerhaus”) da pie para comprobar que sólo existió para nosotros, que nadie más supo de su existencia, que quizá lo conocimos en otra parte. ¿Es ahí, en esa otra parte, en donde el castillo de Los elementos de la noche nunca será destruido?

Pacheco incursiona por primera vez en la narrativa novelística de manera magistral con Morirás lejos, que publicó por primera vez en 1967 y reescribió diez años después.

Aquí cabe destacar que José Emilio es un perfeccionista y, como Borges, a lo largo de su vida literaria ha dado a conocer diversas versiones de un mismo texto, siempre con la intención de mejorarlo, de ajustar las palabras para la mejor expresión literaria. Su estilo —lo que podríamos llamar la malicia de su estilo— está siempre tan vivo en cada lectura o relectura, y es de tan fresco colorido y natural que, precisamente, sorprende con ojos de asombro al coleccionista que mira a la mariposa salir de su crisálida, por más que haya observado ese hecho insólito infinidad de veces con anterioridad.

 

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