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   NUEVA ÉPOCA | NÚMERO 66 | AGOSTO 2009 | ISSN EN TRÁMITE con número de folio 493 | REVISTA MENSUAL
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Fecha de última actualización Agosto de 2009
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La escritura obsesiva de Salvador Elizondo

D a n i e l   S a d a

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Salvador Elizondo es una de las figuras fundamentales de la literatura mexicana moderna. Mucho de lo que hoy se escribe en nuestro país sería impensable sin su influencia. Daniel Sada recorre la obra del autor de Farabeuf con el rigor y la minuciosidad que su obra exige.

Salvador Elizondo es, sin duda, el autor más inclasificable de la narrativa mexicana. En su obra se condensan las rupturas y los movimientos más señeros de las vanguardias aparecidas en la segunda mitad del siglo XX. Se trata de un arte narrativo que contiene una amplia gama de procedimientos, tan hipotéticos como inconclusos, que da paso a una visión intimista, casi táctica, de la realidad. Tal distintivo no aportaría gran cosa si sólo consistiera en una absorción casual, fruto nada más de emergencias estéticas. Si algo debe asentarse para valorar la producción elizondiana son sus concepciones siempre imprevistas de composición dramática, su idea de montaje (en el sentido de establecer una o varias escenografías, dispuestas para desarrollar una trama, además de establecer lo antes posible una declaración de principios), así como unas cuantas sensaciones e ideas útiles para reforzar un solo propósito. Pero la tendencia a darle amplitud a las percepciones es quizá la verdad escondida de una escritura que no se agota o que se ampara en la necesidad de ejercerla de continuo, dado su rasgo de levedad y sugerente anomalía.

Desde la aparición de Farabeuf, su libro más emblemático, en 1965, Salvador Elizondo proyectó una idea de escritura que pondría de relieve la subjetividad de la vida interior, ya con la convicción de que las aficiones ocultas, así como el sueño, la memoria, la crueldad, el éxtasis y la fantasía propias eran superiores al mundo exterior. Contrario a percibir los sucesos de una realidad siempre inabarcable, Elizondo se afanó por conferirles mayor peso a esos devaneos íntimos que pocos autores se atreven a confesar de viva voz o a exhibir en una escritura. Las paradojas, las audacias imaginarias, los artilugios estéticos, las extrañas técnicas para descubrir o manipular, son también procedimientos que exigen una paulatina purificación intelectual y expresiva. Pareciera que lo oculto o, si se quiere, lo más inexplorado de nosotros mismos, fuese el síntoma unívoco del conocimiento sensible. Al resaltar la propensión a la vida interior, vale hacer énfasis en que nos hallamos ante un espíritu agitado. El estudio, el análisis, la reflexión y los juegos imaginarios de Elizondo son el sustento indiscernible de su labor creativa. La intromisión en un tema es el preámbulo de una cuantía de hallazgos a la que está expuesta una mente curiosa, pero también es el cotejo de algo previamente concebido. La vida interior sería vacua si no tuviese el beneficio de una organización constante. Para Salvador Elizondo toda invención tendrá que recaer en sueños y fantasías, y el sueño será entendido no sólo como producto final emanado de la psique, sino como una visión del mundo y de la escritura. El sueño es otra aportación de los recuerdos, tiene la facultad de propiciar acomodos atemporales en la memoria, a la vez que se le puede fragmentar cuantas veces se quiera. La multiplicidad de sensaciones puede edificar un sueño, pero también desestructurarlo o transfigurarlo. En este sentido el sueño es más real que la contemplación, ya que no exige una fidelidad a ultranza. Por fortuna, la vida interior—cuando es de verdad introspectiva— no está supeditada a ninguna suerte de pragmatismo; no hay indiscreción en el atrevimiento y se puede explorar en asuntos inconfesables. También cuenta con la ventaja de no agenciarse moldes de nada: los temas y los personajes pueden evaporarse (o abandonarse) porque no están circunscritos a ningún leitmotiv inflexible. De ahí que si no fuese por el sueño y las posibilidades de la imaginación, sólo habría una manera de ver la realidad y una manera de escribir sobre ella, bajo una limitación “realista” y crasa, amparada en descripciones rígidas. Y es que para Salvador Elizondo la literatura es “el sueño que sueña la verdad”.

Salvador Elizondo

Para poder introducirnos en el laboratorio de este autor singular, es pertinente dividir su obra en tres fases: sus andamiajes ficticios, ensayísticos y periodísticos. El propósito de esta antología es hacer una selección de las narraciones cortas, propiamente ficticias, y para ello me he valido de cinco de sus libros: Narda o el verano (1966); El retrato de Zoe y otras mentiras (1969); El grafógrafo (1972); Camera lucida (1983) y Elsinore: un cuaderno (1988). Incluí este último libro porque me pareció que no tiene las exigencias del cuento ni de la novela, es una rareza ubicua. También tuve el cuidado de seleccionar aquellos relatos que mayormente responden a las constantes del mundo elizondiano, es decir, a las entrañas mismas del artificio, puesto que su atracción hacia autores como Joyce, Valéry o Mallarmé se debe al enorme grado de artificio visible en sus escritos. La literatura, en este sentido, pugna por establecer, de facto, una mentira exuberante, que gana por igual brillo u oscuridad. Ya ha quedado atrás la idea de que la narrativa debe reflejar a la sociedad, y si acaso está latente ese postulado verista, ya sabremos que nunca hay una entera fidelidad acorde a lo que vemos y oímos.

Queda lo subjetivo: la interpretación o la percepción, lo que hace en verdad posible cualquier asomo al mundo exterior, habida cuenta de que hasta en sus textos periodísticos Elizondo insiste en que se trata de una visión personal y afectiva. Conforme uno va leyendo los libros de Salvador Elizondo se percata de la incorporación casi sutil de una carga poética en todo a cuanto hace referencia, como si el análisis o la mera contemplación de los eventos reales estuvieran impregnados de emotividad o estuvieran atenidos a una visión sensible. De hecho, desde sus primeros libros, Salvador Elizondo supo que la escritura (la que él pretendía consolidar) debería ser una mezcla de parodia y lirismo a través de una mesurada purgación interna.

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