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   NUEVA ÉPOCA | NÚMERO 67 | SEPTIEMBRE 2009 | ISSN EN TRÁMITE con número de folio 493 | REVISTA MENSUAL
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NIETO Y ABUELO
Gonzalo Celorio
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JAVIER WIMER (1933-2009)

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El grito de Dolores de 1812 a 1968

E m m a n u e l  C a r b a l l o

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El Grito de Independencia es uno de esos rituales cívicos que nos conforman como sociedad y que se ha convertido en una forma de expresión de nuestra identidad como nación. Emmanuel Carballo elabora en este texto una suerte de breviario cronológico a partir de las formas y los modos en que se ha celebrado este acontecimiento central de nuestra historia en el umbral del bicentenario.

Hoy vivimos en un país que construyeron para nosotros con materiales frágiles y planos arquitectónicos confusos, y a veces opuestos, nuestros esforzados tatarabuelos del siglo XIX.

Unos liberales y otros conservadores, unos republicanos y otros de frágiles ideas monárquicas, unos que tenían vocación de visionarios y otros que políticamente miraban no hacia adelante sino hacia atrás.

El país que nos heredaron ha pasado sucesivamente por la Conquista, la Colonia, la Independencia, los dos imperios, la República Restaurada, el Porfiriato, la Revolución, su paulatino e incesante desgaste y el siglo XXI en el que la democracia, que ahora comienza a dar sus primeros frutos no siempre convincentes, es la tarea que a todos nos compete: partidos, asociaciones cívicas, comerciales y financieras, iglesias y ciudadanos comunes y corrientes como nosotros.

Uno de los escasos actos políticos con el que se identifican los mexicanos de todas las etapas de nuestra historia y de todos los credos e ideologías es el Grito de Dolores dado por el cura Hidalgo. Como la Virgen de Guadalupe, Hidalgo es para nosotros un santo y seña.

Por esa razón dedico estas páginas a repasar los modos y circunstancias en que se ha celebrado a lo largo de nuestra historia este mínimo y popular discurso de la oratoria política mexicana: las pocas y eficaces palabras que el Padre de la Patria dirigió a los feligreses que se reunieron para asistir a misa la mañana del 16 de septiembre de 1810.

No hablo de Hidalgo y los insurgentes que lo siguieron en su justa lucha contra los españoles porque ya ha sido enjuiciada por historiadores profesionales y empeñosos aficionados que en vez de aclarar la visión de sus lectores la distorsionan.

Antonio Fabres, Miguel Hidalgo, 1904

Hidalgo es un suculento trozo de la mejor carne que se disputan los nuevos liberales y los nuevos conservadores. No participo en esta querella que no tiene razón de ser y que no tiene, tampoco, trazas de acabar. Admiro a Hidalgo sin dejar de reconocer sus errores humanos, políticos y militares. En este texto no hablo de él sino de los homenajes que su causa ha merecido a lo largo y ancho del país desde 1812 hasta 1968.

Las siguientes anotaciones extraídas de numerosas fuentes las reduje al máximo, al momento en que el informante cuenta lo más peculiar del Grito que le tocó presenciar o le han contado personas de su amistad; uso también periódicos, folletos y en ocasiones libros. Cuando fue necesario yo hice las veces de “informante.”

La primera vez que se celebró el aniversario del 16 de septiembre fue en 1812, dos años después de que Hidalgo diera el Grito en el pueblo de Dolores. En la pequeña ciudad de Huichapan, el general Ignacio López Rayón lo conmemoró así: “Con una descarga de artillería y vuelta general de esquilas comenzó a solemnizarse en la alba de este día el glorioso recuerdo del grito de libertad dado hace dos años, en la congregación de Dolores, por los ilustres héroes y señores serenísimos Hidalgo y Allende, habiéndose anunciado por bando la víspera para que se iluminasen y adornasen todas las calles. Asistió S.E. con el lucido acompañamiento de su escolta, oficialidad y tropa a la misa de gracias, y al tiempo de ella hizo salva la artillería y la compañía de granaderos de Huichapan; a las doce, en la serenata, compitiendo entre sí dos músicas, desempeñaron varias piezas selectas con gusto de S.E. y satisfacción de todo el público.” Además, Andrés Quintana Roo escribió un manifiesto para esa oportunidad que lleva por título “La Junta Suprema de la Nación a los americanos en el aniversario del 16 de septiembre.”

El 16 de septiembre de 1813, en Oaxaca, el periódico Correo del Sur publicó el artículo “Rapto de entusiasmo patriótico de un americano en el feliz aniversario del 16 de septiembre de 1810.”

Morelos, en uno de los veintitrés puntos que propuso se incluyeran en la Constitución, decía: “Que igualmente se solemnice el día 16 de septiembre todos los años, como el día aniversario en que se levantó la voz de la Independencia y nuestra santa libertad comenzó.” La Constitución de Apatzingán no incorporó la sugerencia de Morelos, pero sí declaró día de fiesta nacional el 16 de septiembre.

El Congreso Constituyente de 1822, a su vez, decretó honores a los héroes y declaró día de fiesta cívica, entre otros, el 16 de septiembre. Este decreto no se puso en práctica dados los acontecimientos que distraían al país.

El nuevo Congreso Constituyente, por decreto del 27 de noviembre de 1824, estableció como únicas festividades cívicas el 16 de septiembre, aniversario del inicio de la lucha por la Independencia, y el 4 de octubre, día en que se promulgó la Constitución.

“Sin embargo el año anterior (1823) y bajo la presidencia de don Guadalupe Victoria —cuenta Luis González Obregón—, se había solemnizado el 16 de septiembre de modo digno, pues de antemano se había dispuesto la traslación de los restos de los primeros héroes, que llegaron a la capital un día antes. El 16 se trajeron de la Villa de Guadalupe a la iglesia de Santo Domingo en solemne procesión, y el 17, con igual pompa, se llevaron a la Catedral, donde fueron depositados en la cripta del altar de los Reyes.”

En 1825 se dio forma a esta fiesta nacional. El gobernador del Distrito Federal publicó un bando en el que se pedía a los ciudadanos que iluminaran sus casas y a las autoridades correspondientes las calles, y que se adornasen las ventanas y balcones con cortinas, flámulas y gallardetes. El 16 de septiembre, en Palacio, el presidente Victoria recibió las felicitaciones del cuerpo diplomático y corporaciones eclesiásticas y civiles. Después se efectuó un desfile por las calles de Tlapaleros, Refugio, Espíritu Santo y Plateros que desemboca en el Palacio Nacional, donde un orador (Juan María Wenceslao Sánchez de la Barquera) pronunció la oración cívica. “Por la tarde, a pesar de la lluvia, se verificó el paseo en la Alameda, y bailes de cuerda, en los que participaron músicas militares. Por la noche, ya serena, siguieron las iluminaciones y fuegos artificiales alegóricos, que se desempeñaron con el mayor lucimiento. En todas estas funciones no se ha advertido más que el júbilo, el buen orden y el entusiasmo patrio de nuestros moderados y virtuosos ciudadanos.”

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