Directorio
   NUEVA ÉPOCA | NÚMERO 67 | SEPTIEMBRE 2009 | ISSN EN TRÁMITE con número de folio 493 | REVISTA MENSUAL
 EDITORIAL
ARTÍCULOS
NIETO Y ABUELO
Gonzalo Celorio
IN MEMORIAM
JAVIER WIMER (1933-2009)

Luis Ortiz Monasterio, Carlos Payán Velver, Jorge Eduardo Navarrete, Marilina Barona del Valle



Sitio optimizado para resolución de 800 x 600
Fecha de última actualización Septiembre de 2009
2007 D.R. Universidad Nacional Autónoma de México
Se prohíbe la reproducción total o parcial
de los artículos sin la autorización por escrito de los autores
Coordinación de Publicaciones Digitales,
Dirección General de Servicios de Cómputo Académico

Reserva de derechos al uso exclusivo del título:04-2008-050717072200-203





El grito de Dolores de 1812 a 1968
E m m a n u e l  C a r b a l l o

2/3

 

En 1829, durante las fiestas patrias, las pasiones se exaltaron y se avivaron los odios contra los españoles con motivo de la expedición de Barradas. En 1831 y 1832 las autoridades recomendaron el mayor orden, lo que demuestra que los ánimos no estaban muy tranquilos; en 1832 se prohibieron los cohetes y los vítores.

En 1833 las luchas civiles y el cólera hicieron que las fiestas se celebraran el 4 de octubre. Las autoridades ese año permitieron quemar cohetes y se dio a los habitantes de la capital la libertad necesaria “para que al rompimiento de la aurora pudieran saludarla con cámaras, cohetes, tiros de escopeta o fusil.” González Obregón afirma que esa costumbre duró varios años, “pues todavía recuerdan muchas personas que los vecinos subían a las azoteas y disparaban toda clase de armas de fuego.”

“Estos primeros aniversarios —relata González Obregón— revestían un carácter a la vez que cívico, religioso, pues no solamente las autoridades políticas tomaban parte de ellos, sino también las religiosas. A la par que los edificios del gobierno, se adornaban e iluminaban todos los templos: la Catedral lo mismo que el Palacio. Los días 17 era costumbre celebrar en nuestra gran Basílica una misa de gracias por los héroes muertos. La fiesta del 16 tomó un carácter enteramente laico a partir de 1857.”

Anónimo, Alegoría de la Independencia

El siglo XIX en su edición del 15 de septiembre de 1845 publicó esta noticia referente al Grito: “Con motivo del aniversario de la Independencia en la noche del 15 habrá serenata al frente del Palacio Nacional y la Junta Patriótica estará reunida a la misma hora en la Universidad. Para solemnizar este acto, un alumno del colegio de San Gregorio pronunciará una oración encomiástica; concluida, sus colegas, a toda orquesta, cantarán un nuevo himno patriótico. A las once comenzará en la Catedral el repique general a vuelo, que secundarán los demás templos, acompañado de salvas de artillería, que se harán en la plaza principal, porque atendiendo al pedido lo ha permitido por esa vez el supremo gobierno, retirándose a sus cuarteles las músicas y bandas de guarnición tocando dianas.”

La festividad del 16 sólo dejó de celebrarse el año de 1847, cuando “el enemigo extranjero profanó con su planta la ciudad de Cuauhtémoc, y eso en la capital, pues en muchas poblaciones de la República el Grito fue conmemorado dignamente.”

Bajo la intervención y el Imperio se siguió celebrando esta festividad. En 1864, el Emperador se trasladó a Dolores, donde a las once de la noche del día 15 vitoreó a la Independencia desde la ventana de la casa de Hidalgo y el 16 de nuevo se presentó en la casa del libertador para rendirle nuevos honores. En 1865, en la Ciudad de México, Maximiliano celebró el Grito con grandes y suntuosas fiestas.

“Mientras que así se solemnizaba el día de la Patria en Dolores, en la Ciudad de México el ilustre presidente, el benemérito Juárez, consagraba a su vez recuerdos a los héroes y celebraba el 16, aun en medio de su difícil y prolongada peregrinación.”

Al triunfo de la República y del restablecimiento del gobierno legítimo, “el 16 se solemnizó en México con gran júbilo y regocijo, revistiendo entonces las fiestas gran pompa y entusiasmo.”

A partir de la caída de Iturbide y hasta fines del porfirismo, recuerda con dejo criollista Artemio de Valle- Arizpe, “en los barrios de la Ciudad de México y en la capitales de los estados, ya no digamos en los pueblos, se repetían 16 con 16 las alharaquientas escandaleras del populacho contra los españoles. Pero con esto no se quería demostrar odio a España, no, sino reconcentrada malquerencia con el gachupín de la tienda de abarrotes, con el de la carnicería o el del empeño. Con mueras y con lapidaciones a sus casas se le daba amplio gusto al rencor particular que cada cual tenía con esa gente que le vendía caro o no le fiaba, o cobrábale lo que le adeudaba o lo explotaba con los préstamos usurarios del montepío. Eran irreprensibles estos anuales alborotos a pesar de los castigos…

“Yo presencié en San Luis Potosí, en 1908, un caso chistoso en el regocijo del 16 de septiembre. Traía el populacho a mal traer, entre golpes y empellones, a un pobre hombre porque aquellos pelados potosinos dieron y tomaron que era gachupín. El infeliz, como Dios le ayudó, ya coloreado de sangre, pudo demostrar con tal o cual papel y, sobre todo, con el arrastre gangoso de las erres, que no era hispano sino francés de nación. Entonces uno de aquellos exaltados y fervorosos ‘patriotas’ sentenció autoritario: ‘¡Ah! ¿Con que no es gachupín? Pues entonces que se vaya, y déjenlo para el 5 de mayo.’

“Éste era el cansado Grito —añade don Artemio—, y años antes, en 1883, se suprimió la aburrida velada literario-musical, con beneplácito de todo el mundo, y así como entró el festejo al cerrado recinto del elegante Teatro Nacional volvió a salir gozoso al aire libre con el algarero bullicio del pueblo, que revestíalo de alegría, y entonces ya el Grito, con bandera y todo, fue desde el balcón del Palacio.”

“El 16 de septiembre de 1877 hubo procesión cívica —refiere Moisés González Navarro—: funcionarios y empleados desfilaron en casaca, guantes y con puro; José Rivera y Río habló de patria, gloria, centurias, libertad, héroes y mártires; y a continuación hubo una brillante parada militar. En los teatros se celebraron funciones gratuitas, y en la noche un paseo en el Zócalo, donde se quemaron más fuegos artificiales. En total se gastaron cinco mil pesos. Era parte principal, y muy gustada, las ‘jamaicas’, que ‘hoy, en la manía de extranjerizarlo todo, llamamos kermesses’. Los rutinarios programas fueron modificados por las carreras de sacos y velocípedos, celebradas frente al Palacio Nacional en 1891; y en 1896, por la colocación, ante una inmensa muchedumbre, de la Campana de la Independencia en la parte superior de la puerta vidriera del piso alto del Palacio, a las once de la noche del día 15.

anterior Regresar / Continúa siguiente