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   NUEVA ÉPOCA | NÚMERO 67 | SEPTIEMBRE 2009 | ISSN EN TRÁMITE con número de folio 493 | REVISTA MENSUAL
 EDITORIAL
ARTÍCULOS
NIETO Y ABUELO
Gonzalo Celorio
IN MEMORIAM
JAVIER WIMER (1933-2009)

Luis Ortiz Monasterio, Carlos Payán Velver, Jorge Eduardo Navarrete, Marilina Barona del Valle



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El grito de Dolores de 1812 a 1968
E m m a n u e l  C a r b a l l o

3/3

Claudio Linati, José María Morelos, 1827

“Las fiestas septembrinas de la capital atraían a gran número de turistas. En 1883 se calcularon en más de treinta mil y algunos lustros después llegaron a embarazar el tránsito en las calles. La animación por la tarde era muy grande en la Alameda, Paseo de la Reforma y Bosque de Chapultepec; y por la noche, Plateros y San Francisco rebosaban de concurrentes. El 15 de septiembre de 1900, los fuegos artificiales gustaron como nunca, especialmente los cohetones que reventaban en floración de colores. Una serenata a Díaz, dada por noventa músicos militares frente a Palacio Nacional, puso fin a la celebración. Algunos se preocupaban mucho por los de nuestos y ataques contra los españoles… Además, con el pretexto de la libertad, había borracheras, destrozo de jardines y pavimentos. Después de beber pulque, chinguirito, colonche, chicha o agua sucia llamada té, la multitud acudía al Grito; terminado éste se dispersaba por el centro de la ciudad profiriendo las más soeces injurias contra los gachupines, los mochos y dando vivas a la Virgen de Guadalupe. En 1910, centenario del inicio de la guerra de Independencia, las fiestas de septiembre llegaron a la apoteosis: inauguraciones de obras materiales, desfiles militares y de carros alegóricos, verbenas populares y banquetes aristocráticos. Se calcula que medio millón de personas presenció ese año el desfile.”

Pedro Gualdi, Catedral de México al atardecer, ca. 1850

El 15 de septiembre de 1912, Francisco I. Madero, el primer presidente electo de la Revolución, enarboló la bandera y dio el Grito desde el balcón central de Palacio, ante el desbordante entusiasmo de los capitalinos, que no creían lo que veían: que estuviera frente a ellos Madero y no Porfirio Díaz.

En 1915, el general Pablo González dio el grito en el Zócalo y Venustiano Carranza en el puerto de Veracruz. En la Ciudad de México, en el Salón Blanco de Palacio, se sirvió un lunch (en vez del pomadoso banquete porfirista) al que asistieron algunos generales constitucionalistas.

En 1916, por indisposición de Carranza (víctima de una fuerte gripe), dio el Grito Cándido Aguilar, quien también presidió el lunch ya institucionalizado.

En 1917 el Grito y el desfile se efectuaron sin incidentes graves. Entre los festejos se incluyeron, por primera vez, vuelos acrobáticos realizados por aviones militares.

En 1918, además de la programación ordinaria, se celebró un anacrónico festival literario-musical en el que intervinieron Enrique González Martínez, Jesús Urueta y Manuel M. Ponce.

En 1921, el 16 de septiembre, el presidente Obregón depositó en la Catedral una corona de plata con hojas de laurel sobre la urna que guardaba los restos de los héroes de la Independencia.

En 1925, también el 16 de septiembre, en armones de artillería tirados por mulas, fue trasladada de la Catedral a la Columna de la Independencia la urna en que estaban depositados los restos de nuestros héroes.

De aquí en adelante, y con altibajos, el Grito del 15 y el desfile del 16 han sufrido algunas modificaciones. El mejor ingrediente para el éxito de las fiestas septembrinas sigue siendo el mismo desde 1825: el pueblo. Y el pueblo de entonces y el pueblo de ahora no ha variado sustancialmente: se trata, como dijo Federico Gamboa, de “un pueblo delirante de amor a su terruño, que una noche en cada año cree en sí, recuerda que es soberano y fuerte.” A lo largo de nuestra historia independiente las constantes de estas fiestas han sido el amor a la patria, el antiespañolismo (y después el antiyanquismo y el antifrancesismo), los aguaceros, el papel picado, las flores, el alcohol y la pólvora.

En 1968, el año de las Olimpiadas y del movimiento estudiantil, se celebraron dos ceremonias del Grito: una la que, como siempre, se efectuó en el Zócalo, en Palacio Nacional, desde el cual Gustavo Díaz Ordaz vitoreó a los héroes de la Independencia y otra en Ciudad Universitaria, donde el ingeniero Heberto Castillo arengó a los estudiantes en un discurso fogoso y bien estructurado.

Esta cronología un tanto antológica permitirá a quien la siga con atención conocer la evolución histórica del pueblo y el gobierno mexicanos; le permitirá asimismo contemplar nuestros escasos triunfos y nuestras abundantes derrotas, cada vez más profundas y más difíciles de vencer.

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