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   NUEVA ÉPOCA | NÚMERO 67 | SEPTIEMBRE 2009 | ISSN EN TRÁMITE con número de folio 493 | REVISTA MENSUAL
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NIETO Y ABUELO
Gonzalo Celorio
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JAVIER WIMER (1933-2009)

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Carta al cielo de Juan Ramón Jiménez

A l o n s o   C u e t o

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Un gran poema bien vale un engaño. Alonso Cueto reconstruye una historia de amor conjetural protagonizada por Juan Ramón Jiménez y Georgina Hübner, una señorita peruana que desconocía el amor que le profesaba el poeta.

El episodio de amor entre Juan Ramón Jiménez y la señorita Georgina Hübner es uno de los más tristes, más hermosos y acaso más divertidos de toda la historia de la literatura. Hoy, en los tiempos de las llamadas telefónicas intercontinentales y de las fotos enviadas por correo electrónico, nos parece imposible que alguna vez el gran poeta español suspirara de amor y enviara cartas a una perfecta desconocida, una dama limeña que a su vez no tenía la menor idea de su existencia.

El origen de la historia —que puede calificarse como una broma de buen gusto— parte de la admiración que dos peruanos jóvenes —el poeta y diplomático José Gálvez Barrenechea y el abogado Carlos Rodríguez Hübner— sentían por Jiménez. Gálvez y Rodríguez eran asiduos lectores y se sentían limitados por la falta de circulación de libros de poesía española en la Lima de comienzos del siglo XX. Ansiosos por conocer las obras recientes de Jiménez, ambos decidieron escribirle a Madrid para pedirle que les enviara sus libros. ¿Cómo podían sin embargo estar seguros de llamar su atención? ¿Era posible que Jiménez les hiciera caso a dos remotos lectores peruanos interesados en su obra? ¿Les podría enviar sus libros con un simple pedido? Rodríguez y Gálvez no lo creían y para atraer la atención del poeta derivaron la autoría de su pedido a una lectora imaginaria pero real. El ocho de marzo de 1904 decidieron redactar una carta de admiración y de amor a Jiménez firmada por una prima de Rodríguez Hübner, la señorita Georgina Hübner. Georgina era una dama de buen trato, sencilla y con un corazón de oro. Era también una mujer atractiva, sensible y de gustos refinados que, según Gálvez y Rodríguez, habría podido, si se hubiera dado un caso imposible de darse, atraer la atención de Jiménez. Tenía además un nombre sonoro. Estas condiciones les parecieron suficientes para escribir una carta de admiración, firmada por ellos pero con el nombre de ella. Georgina estaba por entonces lejos de saber que su relación con Juan Ramón acababa de iniciarse.

Juan Ramón Jiménez
 

Usando el nombre e interpretando a la persona de Georgina Hübner, Gálvez y Rodríguez escribieron varias cartas posteriores. En ellas mezclaban declaraciones de afecto con relatos de episodios cotidianos, solicitaban y acusaban recibo de libros, se dirigían con un lirismo conmovido al poeta. La Georgina Hübner inventada por ellos escribía desde su casa frente al mar, en el barrio de La Punta. En Madrid, las cartas firmadas por “Georgina Hübner” alegraban y conmovían el corazón de Jiménez. Su respuesta es inmediata. No sólo le envía sus libros sino también encendidas respuestas de amor. En una de ellas, le dice: “He recibido esta mañana su carta, tan bella para mí, y me apresuro a enviarle mi libro Arias tristes, sintiendo sólo que mis versos no han de llegar a lo que usted había pensado de ellos”. La carta termina: “Y créame su muy suyo, que le beso los pies”. En el verano de 1904, “Georgina Hübner” le escribe: “Pero, ¿a qué le hablo a usted de mis pobres cosas melancólicas, a usted, a quien todo sonríe? Con un libro en la mano, cuánto he pensado en usted, amigo mío. Su carta me dio pena y alegría, ¿por qué tan pequeñita y ceremoniosa?”.

Cuando unos estudiantes peruanos pasan por Madrid durante esos meses, Jiménez les pregunta si conocen a Georgina Hübner. La respuesta es letal para el corazón del poeta: “Sí, la conocemos. Es buena y bella como un lirio. Pero ocultando siempre una romántica pena por no ser amada”. Es entonces cuando Juan Ramón le escribe una carta urgente: “Para qué esperar más. Tomaré el primer barco, el más rápido, que me lleve pronto a su lado. No me escriba más. Me lo dirá usted personalmente, sentados los dos frente al mar o entre el aroma de su jardín con pájaros y lunas”. A partir de entonces, las cartas de Georgina se interrumpen y poco después llega un cable —aún hoy no se sabe quién lo envió—, al cónsul peruano en Madrid. Tenía una frase imperativa: “Comunique al poeta Juan Ramón Jiménez que Georgina Hübner ha muerto”.

El resultado es uno de los mejores poemas de Jiménez, “Carta a Georgina Hübner en el cielo de Lima”. El texto apareció en el volumen Laberinto que la editorial Renacimiento publicó en 1913. La primera línea de este poema “El cónsul del Perú me lo dice: Georgina Hübner ha muerto” es la premisa de los vertiginosos versos de amor que desde entonces se exponen en primera persona: “Ahora, el barco en que iré, una tarde, a buscarte, no saldrá de este puerto, ni surcará los mares, irá por lo infinito, con la proa hacia arriba, buscando, como un ángel, una celeste isla… ¡Oh, Georgina, Georgina! ¡Qué cosas!, mis libros los tendrás en el cielo, y ya le habrás leído a Dios algunos versos…”. Podemos deducir también del poema un fragmento de una de las cartas de Georgina: “Me escribiste: ‘Mi primo me trajo ayer su libro’... —¿Te acuerdas? —y yo, pálido: ‘Pero, ¿usted tiene un primo?’”. La “Carta a Georgina Hübner en el cielo de Lima”,1 termina con una invocación al absurdo de la muerte: “¿qué niño idiota, hijo del odio y del dolor, hizo el mundo, jugando con pompas de jabón?”.

Habían creado para él a un ser irreal, distante y por lo tanto perfecto, lo suficiente para encender una pasión y provocar un gran poema.

El artículo de Jorge Oliver en la revista Letras Peruanas, de donde hemos tomado algunos de estos datos, y las declaraciones de Gálvez Barrenechea son ilustrativos de las buenas intenciones de los creadores de Georgina que sólo buscaban leer todos los libros que pudieran del poeta de Moguer. Por otro lado, la explicación de la noticia de la muerte es obvia. Tanto Gálvez como Rodríguez buscaban impedir el viaje de Juan Ramón a Lima y no habían encontrado otro recurso que inventar la desaparición de Georgina que seguía viva y coleando y aún bastante ajena a toda la historia de la que era protagonista principal e involuntaria.

 

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