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   NUEVA ÉPOCA | NÚMERO 67 | SEPTIEMBRE 2009 | ISSN EN TRÁMITE con número de folio 493 | REVISTA MENSUAL
 EDITORIAL
ARTÍCULOS
NIETO Y ABUELO
Gonzalo Celorio
IN MEMORIAM
JAVIER WIMER (1933-2009)

Luis Ortiz Monasterio, Carlos Payán Velver,. Jorge Eduardo Navarrete, Marilina Barona del Valle



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Nueva imagen del Estado teotihuacano

E n r i q u e   F l o r e s c a n o

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Desde la época del imperio azteca Teotihuacan había sido un enigma. A partir de las investigaciones más recientes, Enrique Florescano nos ofrece una visión panorámica del Estado, la vida cotidiana y las formas de organización social de la civilización teotihuacana.

Durante largos años la imagen que se tuvo de Teotihuacan fue la de una urbe religiosa gobernada por un grupo sacerdotal que había edificado una teocracia. El descubrimiento de palacios laberínticos iluminados por pinturas donde se ve deambular a personajes vestidos como sacerdotes en el acto de realizar ritos consagratorios acentuó esa interpretación. Sin embargo, desde 1980 la imagen de la metrópoli envuelta en halos religiosos experimentó un cambio radical. Los nuevos estudios sacaron a la luz la presencia de un Estado poderoso, quizás el más influyente en la historia política de Mesoamérica en la época clásica (150-650 d.C.). El rasgo definitorio de ese Estado es su capacidad para dominar los múltiples resortes del poder, desde el mando político, económico, militar, ideológico y religioso, hasta los más nimios detalles de la organización social. Ese rasgo está presente en los orígenes del reino y permanece en los cuatro o más siglos que dura el poderío de Tollan-Teotihuacan. Lo percibimos en los inicios de la ciudad, cuando la construcción de la Pirámide del Sol y la Calle de los Muertos se alineó siguiendo la desviación astronómica de 15 grados 28 minutos hacia el norte celeste, que en la antigua tradición mesoamericana señalaba el comienzo del tiempo y las divisiones básicas del calendario.

Poco más tarde, cuando se concluyó el espacioso recinto de La Ciudadela (200-250 d.C.), la urbe tomó la forma de un cuadrante, pues en este punto, al modificarse el cauce del río San Juan, se trazó un eje esteoeste que dividió a Teotihuacan en cuatro secciones (véase el plano de la figura 1).1 Otras indagaciones descubrieron que la unidad de medida para las construcciones de la ciudad fue de 84 centímetros, lo cual confirma que desde sus inicios Teotihuacan fue sometida al rigor de un plan maestro.2 Esta concepción original determinó su trazo, los ejes que organizaron el espacio y el conjunto arquitectónico. El formato de talud y tablero, visible en todos los edificios, le imprimió un dejo lineal dominado por los colores ocres y rojos del estuco pintado. Así, al repetirse un metro tras otro el formato de talud y tablero, que era el basamento piramidal sobre el que se levantaban los templos, los palacios y las residencias, la ciudad adquirió la imagen de un santuario. Este escenario arquitectónico llevó a René Millon a decir que “la sacralización de la ciudad fue tan persuasiva que el más secular de sus edificios públicos tenía la fachada de un templo”.3

Figura 1. Mapa de Teotihuacan elaborado por René Millon. Fotografía tomada de Teotihuacan, Citicorp-Citibank, 1989: 22

La acuciosa investigación que concluyó con el primer plano riguroso de Teotihuacan dio a conocer la presencia de más de 75 templos en el núcleo central, muchos de ellos diseñados bajo el diagrama de tres templos abiertos hacia una plaza amplia. Pero la sorpresa mayor de los arqueólogos fue el hallazgo de extensos conjuntos departamentales. Desde sus inicios Tollan-Teotihuacan definió un canon urbano insólito en Mesoamérica, pues en esos años la mayoría de la población campesina del valle fue forzada o persuadida a vivir dentro del perímetro urbano de la ciudad. Más tarde, desde el año 200 en adelante, hubo un auge extraordinario en la construcción de conjuntos departamentales como unidad habitacional para la mayoría de la población. Se calcula que en su época de esplendor Tollan-Teotihuacan tenía más de 2000 conjuntos de departamentos. El tamaño de estos edificios variaba desde 30 metros por lado hasta 100, e incluía suntuosos palacios al lado de conjuntos habitacionales de grandes proporciones pero hechos con materiales y terminados modestos (figuras 2 y 3).

Figura 2. Reconstrucción de un templo ubicado en el conjunto residencial de Zacuala
Figura 3. Una sala del palacio de Zacuala donde se ven fragmentos de la pintura muralque ornaba sus paredes. Fotos tomadas de Séjourné, Teotihuacan, 1994

 

Detrás de la apariencia de viviendas abigarradas los arqueólogos descubrieron complejos habitacionales dotados de un sistema de acueductos, drenajes, patios, áreas comunes, altares y santuarios, muchos de ellos ornados con pinturas murales.4 La construcción y reparación de estos conjuntos debió requerir un personal especializado y numeroso para mantenerlos funcionando a lo largo de dos, tres o más siglos. Es decir, varios testimonios parecen indicar que Tollan-Teotihuacan disponía de una burocracia que ejercía un poder central sobre el dilatado conjunto urbano. Otro grupo que dependía directamente del Estado era el de los sacerdotes encargados de mantener el fuego perenne de los templos, los ritos religiosos y el cuidado de los edificios sacros. Un numeroso cortejo de sacerdotes organizaba los ritos fijados en el calendario y las espectaculares ceremonias celebradas en las plazas y en la Calle de los Muertos, el gran escenario programado para congregar multitudes y presentar escenografías espectaculares a lo largo de kilómetros.

La construcción de grandes departamentos multifamiliares caminó paralela a la conversión de Tollan- Teotihuacan en un centro manufacturero. Como antes San Lorenzo y La Venta entre los olmecas, que en su tiempo fueron capitales donde prosperaron los artesanos y se instalaron talleres productores de obras monumentales y objetos de lujo, así también Teotihuacan fue sede de productos manufacturados, pero en una escala nunca vista antes.

La fortuna le deparó la disposición de ricos yacimientos de obsidiana, la materia prima más valiosa entonces. Las minas de las cercanías de Otumba y de la obsidiana verde de la Sierra de las Navajas de Pachuca aportaron el mineral que alimentó los innumerables talleres que crecieron en la ciudad. Buena parte de los instrumentos, puntas de flecha y navajas de obsidiana, encontrados en las diversas regiones de Mesoamérica procedía de los talleres de Tollan-Teotihuacan. Desde los orígenes de la ciudad se multiplicó el número de talleres dedicados a la producción de objetos de obsidiana, y el crecimiento de éstos corrió paralelo al fortalecimiento del Estado. Los arqueólogos atribuyen al poder del Estado el control de los centros productores de la materia prima, la fabricación masiva de los objetos y su circulación expedita en el exterior. Al final del auge teotihuacano, hacia el año 500 d.C., había más de 2000 talleres artesanales en la metrópoli, de los cuales 500 estaban dedicados a la producción de artículos de obsidiana. Lo mismo ocurrió con la variada manufactura de cerámica suntuaria (vasos, platos, recipientes, trípodes, candeleros, sahumerios, incensarios), y con la abundantísima producción de utensilios de uso cotidiano, que hicieron de Tollan el primer fabricante masivo de tales objetos, muchos de ellos reproducidos en moldes y en lugares distantes, siguiendo el diseño teotihuacano (figura 4).5

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