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   NUEVA ÉPOCA | NÚMERO 67 | SEPTIEMBRE 2009 | ISSN EN TRÁMITE con número de folio 493 | REVISTA MENSUAL
 EDITORIAL
ARTÍCULOS
NIETO Y ABUELO
Gonzalo Celorio
IN MEMORIAM
JAVIER WIMER (1933-2009)

Luis Ortiz Monasterio, Carlos Payán Velver, Jorge Eduardo Navarrete, Marilina Barona del Valle



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Fecha de última actualización Septiembre de 2009
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In memoriam

J a v i e r   W i m e r (1933-2009)

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Diplomático, ensayista y editor, fundador del Instituto del Derecho de Asilo Museo Casa de León Trotsky, Javier Wimer forma parte de una brillante generación de universitarios conocida como el Grupo Medio Siglo, entre los que se cuentan figuras como Carlos Fuentes, Sergio Pitol y Porfirio Muñoz Ledo. Integrante de la Comisión de Derechos Económicos, Sociales y Culturales de la Organización de las Naciones Unidas y delegado general de la Unión Latina en México, Wimer fue también embajador de México en Yugoslavia y Albania, y agregado cultural en Argentina. Como ensayista podemos mencionar su Antología de Sor Juana Inés de la Cruz, publicada en Barcelona en 1973, así como su Juicio crítico de la Revolución Mexicana, editado por la Imprenta Universiaria. Su mirada cosmopolita le permitió publicar por primera vez en México una obra del gran periodista y escritor polaco Ryszard Kapuscinski: La guerra de Angola. Luis Ortiz Monasterio, Carlos Payán, Jorge Ruiz Dueñas, Jorge Eduardo Navarrete, Víctor Flores Olea, Marilina Barona del Valle y Porfirio Muñoz Ledo rinden homenaje y despedida a este universitario ejemplar fallecido el pasado 5 de junio.

CONTRA EL OLVIDO
Luis Ortíz Monasterio

Luis Ortiz Monasterio La mejor manera de conocer la verdadera naturaleza de una sociedad dada es observar la forma en que ésta premia y recuerda a sus hijos. El olvido es la kriptonita de una civilización.

Hoy nos convoca un afán común, recordar a uno de los nuestros, con la intención inequívoca de fortalecer los eslabones de la cadena que vinculan nuestro pasado con el futuro. Nos mueve también una legítima avidez por pervivir, y como lo formulara mi padre Francisco, entrañable amigo también de Javier, nos impulsa un anhelo de infinito.

A Javier, la muerte no lo tomó por sorpresa. Desde siempre conjugó y jugó con ella. Uno de sus cuentos, ultrabreves, reza así: Sabía, aun antes de nacer, que estaba condenado a muerte. Por eso la naturalidad de su trance de marcha, el canto de su despedida entre parientes y amigos y la legítima alegría de recordarlo.

La desaparición física de Wimer nos recuerda la pérdida irreparable de valores hoy olvidados. Javier y sus contemporáneos fueron la última generación en México con estudios clásicos, hoy suplantados por la educación light.

Su toledano escepticismo se mezclaba con una fina sensibilidad. Descreído como era, lo vi transfigurarse ante la conmovedora fe de los creyentes shías, allá en la mezquita del Jumeh, en la inmortal Isfahan. Como compensación a las incursiones pías, esa misma semana visitamos el antiguo harem de la familia Farma Farmanieh, convertido hoy en sala de cine de la embajada italiana en Teherán.

Gran admirador de la mujer, sus mejores letras estuvieron dedicadas a ella. Baste aquí mencionar su espléndido texto introductorio a la antología de sor Juana Inés de la Cruz, el cual releo con fruición, pues su forma, me evoca, con su ondulante prosa, al colombiano José Eustasio Rivera en su formidable obra, La vorágine.

Con Javier me unía una amistad decantada por el tiempo. Desde la tierra de los volcanes centroamericanos, Costa Rica, hace más de cuatro décadas donde, en compañía del formidable Ryszard Kapuscinski y Janus Baleski, alternamos la tertulia culterana, la diplomacia, los viajes por el istmo con las mieles de la soltería.

Se convertiría en mi gurú sobre la vida política mexicana, lo que me indujo poco después a volver a México, al corazón del país, al Zócalo, al Palacio Nacional, donde Porfirio Muñoz Ledo despachaba como subsecretario de la presidencia, e inspiraba a toda una generación de los que creímos que se podía transformar al Estado desde dentro.

Tardamos con Javier décadas en madurar nuestra amistad plena. Hasta hace poco, nos hablábamos formalmente de usted, como lo sigo haciendo con muchos otros muy admirados amigos.

Pasamos muchos años sin vernos, por nuestro común destino de nómadas, por el servicio exterior, que nos transforma en trabajadores de la ausencia. A cambio, nuestros encuentros fueron épicos, ya fuera en el Amazonas, en Dubrovnik (la antigua Ragusa), en el Caribe anglófono, en campamentos de refugiados a mi cargo en el Chiapas olvidado, en los pantanos de los everglades del estado de la pascua Florida, en el Río Bravo, para reflexionar sobre la lengua castellana en Estados Unidos. En fin, de Tikal a Shiraz en el Golfo Pérsico. Pendientes quedaron las programadas visitas a Samarcanda, Bujara y Kabul. Ya será para la próxima.

Viajero redomado y con su itinerario; paracaidista y, según propia definición partidario como yo de la gorra eminente; recíproco a todas luces, con Angelina y con todos los amigos y amigas que, de todos los confines planetarios, hacían de Morelos 74 su domicilio. Famosos y asilados, poderosos y perseguidos, periodistas y artistas, premios Nobel y hasta nuncios papales desfilaban ininterrumpidamente en una versión moderna de la Biblioteca de Alejandría en pleno San Jerónimo Lídice.

No me sorprendió así la despedida rumbosa, musical, floral que combinó los acordes de Consuelito Velázquez, el Himno Nacional y la Internacional. Digna despedida de un hombre universal, plural, puente entre culturas y generaciones e incluso magnífico gozne intrageneracional. No debe sorprendernos, Javier fue bisnieto de Sebastián Wimer, recio constructor de puentes, del desaparecido ferrocarril mexicano, hoy víctima de nuestras privatizaciones, y caricatura de un Estado miniaturizado.

Su vocación de puente fue escriturado desde el día de su nacimiento, el 6 de enero de 1933, en la Bahía de San Francisco, se iniciaba la construcción del Golden Gate.

Pero más allá de la amistad y la de nuestras familias, nuestra covergencia más fértil lo fue en el tema de los derechos humanos. Los asilados, los refugiados, los perseguidos por la intolerancia, los desaparecidos, los deportados. Su devoción llena de simbolismos por León Trotsky y sus memorables contribuciones al comité de los derechos económicos, sociales y culturales de las Naciones Unidas, lo pintan de cuerpo entero.

Nuestro último encuentro, días antes de su partida, fue en medio de un desfile de leales, me tocó el turno de conversar después de Ricardo Valero y antes del ingeniero Volkov. Intercambiamos libros. Me había pedido algún texto sobre los judíos en Persia, desde su liberación de la esclavitud en Babilonia por Ciro el Grande, él, a cambio, me obsequió, del teólogo Harold Bloom, un formidable alegato sobre la religión y la utopía norteamericana. Escuché ya con su voz apagada, pero con inteligencia incandescente, su juicio mordaz sobre los días que vivimos y al final, un reproche merecido: mi falta de compromiso con el dominó, lo que me había privado de las semanales tertulias con sus más cercanos. Me quedé así, con la mula de seises.

Por último quiero pasar lista de su cadena de mujeres. Su madre doña Esperanza Zambrano, su tía Otilia, nuestra admirable y fraternal Angelina (su Nenuca), y su tribu (de las buenas) Del Valle, Marilina (hija comprometida), Renata (heredera de las dotes de sus abuelos Miguel y Esperanza), Victoria y su nieta Berenice. Hoy Javier, donde sea que se encuentre, ya lo vemos, desplazándose con fluidez en los salones del más allá, escuchando a Camille Saint-Saëns, escoltado por afiladas catrinas, presenciando en vivo, la danza macabra.

Descanse en gozo nuestro inolvidable Javier. Mientras tanto, a sus supervivientes nos toca, irrenunciablemente, mantener la alerta.

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