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   NUEVA ÉPOCA | NÚMERO 68 | OCTUBRE 2009 | ISSN EN TRÁMITE con número de folio 493 | REVISTA MENSUAL
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Las constituciones políticas modernas
M i c h e l a n g e l o   B o v e r o

3/3

 

En relación con el concepto “democrático-liberal” Serrano distingue, por un lado, el concepto “históricotradicional”, y por otro lado, el concepto “sociológico” de constitución. De los dos, el primero tiende a resolverse en el modelo de una “monarquía moderada por la representación nacional”,3 y de esta manera refleja las características esenciales —vale la pena hacerlo notar— del concepto de aquella “monarquía constitucional” que Hegel consideraba como la “constitución racional” producida por los complejos y tumultuosos acontecimientos de la historia moderna: es decir, el fruto más maduro del “trabajo de los siglos”. El segundo, el concepto “sociológico”, se refiere a la “adecuación” entre el “deber ser” normativo y el “ser” de la sociedad en la cual se presenta la constitución, e indica por ello, no tanto a la norma constitucional como tal, en su enunciación formal, sino más bien lo que la norma misma deviene en su adaptación a la vida de la colectividad. Sugiero que esta última distinción corresponde a aquella que ve contrapuesta, en el léxico de algunos juristas contemporáneos, la idea de “constitución de papel” y la de “constitución viviente”,4 tal como resulta de las interpretaciones y actuaciones selectivas, históricamente variables, del texto normativo.

Resulta fácil observar que el esquema triádico de Serrano Migallón puede ser reducido a dos modelos diádicos y que cada uno de los dos vuelve a proponer, con diversos rostros y especificaciones, la estructura general de la dicotomía inicial: la constitución formal-escrita se contrapone, por una parte, a la constitución real-histórica, o bien se enfrenta y entra en tensión dinámica con la constitución tradicional, que algunos actores y movimientos, en varias circunstancias históricas, pretenden que pueda ser rescatada y regenerada de diversas maneras;5 por otra parte, se contrapone también a la constitución real-viviente, o si se quiere, padece las resistencias, las viscosidades o, por el contrario, el peso de la práctica político-jurídica efectiva. Descompuesto y articulado, de esta manera, se trata de un esquema conceptual a través del cual pueden ser leídos e interpretados, de manera útil, los más diversos acontecimientos históricos: en primer lugar, el que dio origen al “Estatuto constitucional de Bayona”.

Probablemente no sea tan fácil observar —y precisamente por ello resulta oportuno subrayarlo— que, en estas nuevas configuraciones de la dicotomía inicial, el rol conceptualmente primario e históricamente propulsor ya no le corresponde a la constitución (definida y considerada) “verdadera”, es decir, al conjunto de los factores materiales de poder que vez con vez se presentan y que operan en las distintas situaciones, sino más bien a la constitución “escrita”, en el sentido fuerte, normativo-ideal, que este concepto asume en la modernidad. A partir de la segunda mitad del siglo XVIII, la “lucha por la constitución” ha trastocado el “trabajo de los siglos” y ha revolucionado la vida de los pueblos. La constitución en el sentido propiamente moderno del término —en virtud del cual, vale la pena recordarlo constantemente, ésta no es simplemente la expresión de una estructura de dominio, sino que es ante todo una norma que tiene como fin la limitación del poder— por un lado se libera de la tradición de la cual emerge, obligando también a sus sostenedores a renovarse y a evolucionar para dar respuesta al empuje de los tiempos; y por otro lado se introduce en la realidad, transformándose y adaptándose a los diversos contextos históricos y sociales, o suscitando reacciones y conflictos que pueden conducir a nuevas transformaciones políticas y finalmente a nuevas configuraciones constitucionales.

Por esta razón, resulta plenamente justificado y pertinente que en el centro del interés de Fernando Serrano Migallón —quien ha emprendido con este primer tomo la notable tarea de reconstruir y analizar la entera “vida constitucional de México”, en el ámbito más vasto e infinitamente complejo de la historia del constitucionalismo moderno— campeen las constituciones escritas. Para comenzar con aquel “Estatuto constitucional de Bayona” que, por su vida efímera, podría ser considerado en sí mismo irrelevante. Pero Serrano Migallón no lo juzga así: hacia el final del tomo I, el autor subraya la importancia de aquel estatuto precisamente como “el primer intento de elaboración de una constitución escrita” para el mundo hispánico y novohispánico. La constitución, toda constitución en el sentido propio y moderno del término, es ciertamente también un “producto” de la historia, de determinadas circunstancias y situaciones, como Fernando Serrano no se cansa de repetir, pero sobre todo es un “proyecto” de (re)organización racional de la convivencia. Y como norma explícita, formalmente enunciada y promulgada, se plantea como un desafío para sus mismos adversarios. Los desafíos se pueden ganar o perder. Los proyectos pueden concretarse o fracasar; pueden volverse realidad, en medida más o menos amplia y relevante, o bien pueden ser rechazados por la misma realidad, en los diversos acontecimientos de la dialéctica entre constitución formal y material que determinan cada una de las etapas de la entera historia del constitucionalismo moderno. Una historia de la cual este libro, de manera atenta y documentada, reconstruye uno de sus capítulos iniciales más interesantes y cargados de futuro.


La vida constitucional de México de Fernando Serrano Migallón es una colección de cinco volúmenes que contienen dos tomos cada uno. Hasta ahora se han publicado los primeros dos volúmenes bajo el sello del Fondo de Cultura Económica. El prólogo que aquí publicamos aparece en el primer volumen pero pertenece a la colección completa.

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