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El Premio Príncipe de Asturias de este año en la categoría de Comunicación y Humanidades correspondió a la Universidad Nacional Autónoma de México. Se trata, a mi parecer, de un justo reconocimiento otorgado por los méritos reunidos a lo largo de una extensa y exitosa biografía. En efecto, al menos desde su establecimiento como Universidad Nacional de México en 1910, ha acumulado numerosos logros que han significado, en su conjunto y en variados campos del saber y el hacer, que nuestra Casa de Estudios destaque en el panorama nacional e internacional. Por ello no resulta extraño que se haya hecho merecedora de esta nueva distinción.
Conviene tener presente algunas de las características de la Universidad que explican el otorgamiento del premio. En primer lugar vale la pena recordar que se trata de una institución con una gran historia. Es heredera de más de 450 años de vida y ha estado presente en muchos de los momentos más importantes para el país. En las aulas de la antigua Universidad se formaron muchos de los hombres de ciencias y letras, de los que desarrollaron el pensamiento de una nación en formación, de quienes cuidaron de la salud de la gente y desarrollaron la infraestructura de nuestras poblaciones.
El genio y el tesón de Justo Sierra lograron que no sólo se abriera de nueva cuenta la Universidad. En especial, él consiguió darle una dimensión mayor y plantearle propósitos ambiciosos y renovados. Gracias a esta orientación, el siglo XX atestiguó el fortalecimiento de una de las instituciones mayores en la historia del país. Las aportaciones de la Universidad de México son incontables y alcanzan desde la modesta acción de algunos de sus profesionales egresados en una pequeña ciudad, hasta la multiplicación creadora de instituciones de educación, ciencia y cultura o de servicios. A la poderosa influencia del pensamiento, la creatividad y la acción universitaria, no se resistió campo alguno. Las ciencias, las artes, las humanidades, la administración, la economía, la política y la organización son sólo algunos de los espacios de influencia de los universitarios.
Sin embargo, no todo acaba en la tradición y en el tiempo, como tampoco en los cientos de miles de profesionales que ahí se formaron, o en las valiosas obras materiales e intelectuales que se aportaron. En particular se debe señalar la lucha permanente de los miembros de nuestra comunidad a favor de los principios y valores laicos más importantes. Esta condición ha sido compañera de viaje inseparable de la Universidad, le ha moldeado la personalidad y es uno de sus atributos inherentes.
En nuestra Casa de Estudios se han escrito muchas de las páginas más brillantes en defensa de los derechos individuales y sociales de nuestra colectividad. La lucha por la libertad ha sido irrenunciable. Las aportaciones a la democracia y la batalla contra la injusticia y la desigualdad, han sido constantes. La Universidad ha servido de segunda casa a quienes perdieron Patria, Hogar o Familia por su forma de pensar. En ella se ha cultivado la pluralidad y se ha defendido la razón del diferente. A la tolerancia y a la búsqueda de acuerdos se ha concedido especial connotación. Sobran ejemplos para dar peso a esta argumentación.
Un tercer elemento está relacionado con lo que acontece de forma cotidiana. La UNAM es parte de los orgullos de la sociedad, por lo que hace y aporta hoy en día. Una comunidad configurada por más de 305 mil alumnos, por cerca de 35 mil académicos y por miles de trabajadores produce lo que de ella se espera y lo hace de manera sistemática. Las aulas, los talleres y laboratorios, los auditorios, cubículos y bibliotecas, los teatros, museos y espacios deportivos dan cuenta de su labor todos los días. En la Universidad se trabaja con entrega en la búsqueda de la superación. La calidad y el compromiso social forman parte de nuestras divisas esenciales.
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Antiguo Colegio de San Ildefonso |
Si todo lo anterior no fuera suficiente para reconocer las características que distinguen a la institución, habría que agregar entonces que la Universidad de México suma a su pasado espléndido y a su presente alentador, un compromiso con el futuro, con un futuro grande para los universitarios y para el país. Si algo anima a los académicos y a los trabajadores, pero en particular a los estudiantes, es el porvenir. En la Universidad entendemos que trabajamos por el futuro, que lo construimos hoy con el esfuerzo de todos, con la labor colectiva. En nuestra Casa sabemos que lo que hoy recolectamos lo sembraron ayer otras generaciones y que a nosotros toca hacer lo mismo, pensando en el futuro.
Por todo esto, es claro que el Premio Príncipe de Asturias nos llena de júbilo y nos compromete más. Lo recibimos como un homenaje a lo que muchos otros hicieron y como una clara evidencia de que la Universidad de la Nación, con su autonomía inseparable, avanza por el sendero pertinente. La vida académica y el compromiso social, siguen apuntando nuestro destino. El premio es un motivo de orgullo por lo realizado y un estímulo para proseguir la obra siempre inconclusa y mejorable de servir a México.
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