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   NUEVA ÉPOCA | NÚMERO 69 | noviemBRE 2009 | ISSN EN TRÁMITE con número de folio 493 | REVISTA MENSUAL
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LA UNAM, ALMA DE MÉXICO
Felipe de Borbón
CARTAS PRIVADAS
José Vasconcelos
LUNES DE PASCUA
Seamus Heaney
CIEN AÑOS DE FÉLIX CANDELA. VUELOS IMPENSADOS
Juan Ignacio del Cueto Ruiz-Funes



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Lunes de Pascua

S e a m u s    H e a n e y

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Traducción de Pura López Colomé

El 13 de abril de 2009 fue Lunes de Pascua. Ese día, el gran poeta irlandés Seamus Heaney, Premio Nobel de Literatura en 1995, cumplió setenta años de edad. Su aniversario fue celebrado en su país con entusiasmo y con el gran cariño y no menor admiración que sus compatriotas sienten por él; en Dublín, Heaney leyó el siguiente discurso, traducido especialmente para la Revista de la Universidad de México por la poeta y ensayista Pura López Colomé, quien estuvo presente en esas fiestas dublinesas.

Desde el instante en que se propuso esta celebración —y en especial después de enterarme de que mi amigo John Kelly estaría aquí, a mi lado, de cara al auditorio y, por fortuna dando la cara por mí—, he estado esperándola con ansias, sí, con ansias, y con sentimientos encontrados. De vez en cuando, el Lunes de Pascua hacía su aparición en el calendario que tengo enfrente, como de costumbre, en calidad de luminoso día festivo; pero en otras ocasiones, parecía más una fecha límite que se asomaba por ahí. Dicho de otro modo, desde un principio me di cuenta de que tendría que estar a la altura de las circunstancias esta noche, aunque no estaba muy seguro de que podría elevarme tan alto. Y de todos modos, quienes habían propuesto la celebración eran personas que ocupaban posiciones tan distinguidas en la vida irlandesa, y a quienes en lo personal yo tenía en tan alta estima, que habría resultado sumamente difícil declinar la invitación.

Estoy profundamente agradecido tanto con las personas como con las instituciones que representan, por el compromiso y la coordinación del esfuerzo que nos ha traído a todos al IMMA (Irish Museum of Modern Art) esta noche. Me siento honrado sin medida por estar al centro de tal atención, a un tiempo enaltecido y comprometido. Asimismo, siento la necesidad de mostrar que gratitud no significa dar nada por hecho. Y como mi vida en general ha recibido extraordinarias bendiciones, estos sentimientos me son habituales. Desde el momento en que apareció mi primer libro, Muerte de un naturalista, en 1966, cuando tenía veintisiete años, y hasta este feliz aniversario —diez poemarios después—, mi trabajo ha sido siempre bien recibido, y ha gozado de crédito, aquiescencia y reconocimientos como nunca me los habría imaginado durante aquellas dos primeras décadas de mi vida.

Todo sucedió como por arte de magia. Poco después de cumplir los veinte, circulé por la ceo draoíchta de la poesía contemporánea —la poesía irlandesa, inglesa, escocesa, galesa y norteamericana. Durante aquellos primeros años de emoción creativa, descubrir la compañía de otros poetas, jóvenes y viejos, del norte y del sur, fue como si la niebla matinal que alguna vez se había cernido encima de los campos del Palurdo de Patrick Kavanagh, la niebla donde él conoció al dios de la imaginación, hubiera descendido sobre mi propio terreno natal en el condado de Derry. Me dispuse a rimar para verme a mí mismo, tal como lo afirmaban los versos finales del poema también final de aquel primer libro, “para verme a mí mismo, / Para echar a andar el eco de la oscuridad”.

Seamus Heaney

Curiosamente entonces, poco después de la favorable recepción de Muerte de un naturalista, en aquel primer momento de atención literaria, de la primera lluvia de buenas reseñas, escribí otro poema que no se publicó hasta varios años más adelante. Se titulaba “Anteo”, y era un monólogo emitido por la voz de aquel personaje legendario. Según la mitología griega, el gigante Anteo había nacido de la tierra, y sus fuerzas y valentía se derivaban del contacto con ella. Esto significaba que cada vez que caía por tierra en una pelea o lucha, cada vez que parecía estar derrotado, en realidad ocurría todo lo contrario: en cambio, hacía acopio de fuerzas y recargaba sus baterías, disponiéndose a levantarse una vez más, renovado y listo para la pelea.

 

 

 

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