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A cien años de la fundación de la Universidad Nacional por Justo Sierra, su actual Secretario General, Sergio Alcocer, reflexiona sobre el papel definitivo que nuestra máxima Casa de Estudios ha tenido para el país.
“Me la imagino así: un grupo de estudiantes de todas las edades sumadas en una sola, la edad de la plena aptitud intelectual, formando una personalidad real a fuerza de solidaridad y de conciencia de su misión y que, recurriendo a toda fuente de cultura, brote de donde brotare, con tal que la linfa sea pura y diáfana, se propusiera adquirir los medios de nacionalizar la ciencia, de mexicanizar el saber”.
Con estas palabras, hace más de noventa y nueve años, el entonces ministro de Instrucción Pública y Bellas Artes, don Justo Sierra, se refería a la Universidad en el discurso pronunciado durante la ceremonia de su inauguración.
Con el establecimiento de la Universidad Nacional se logró transformar la “ausencia” en “presencia”. En efecto, la “ausencia”, si bien poco prolongada, había sido motivada por intereses políticos. Durante el siglo XIX, los gobiernos liberales consideraron una “obligada muestra” de sus convicciones suprimir la Universidad, heredera de la Real y Pontificia, como para los conservadores reinstalarla era signo de lealtad a sus principios. Justo Sierra condenó a sus antecesores liberales, ya que según él, intentaron “mejorar destruyendo en lugar de transformar mejorando”. En el fondo, su reclamo era el no haber sustituido a la vetusta institución colonial, por una universidad nacional y eminentemente laica. Aún más, su lucha por la fundación de la Universidad Nacional implicó serios distanciamientos de sus principales compañeros políticos e intelectuales, ya fueran liberales o positivistas. Si bien la Universidad Nacional nació anacrónica, en cuanto limitada a estudios profesionales decimonónicos, la energía creadora de Sierra tenía una visión de futuro, del futuro de México.
Para que el proyecto de la Universidad Nacional se hiciera realidad, principalmente dos mexicanos de extraordinaria valía, el propio Justo Sierra y Ezequiel A. Chávez, lucharon a lo largo de ocho años. Al tener lugar la apertura del Consejo Superior de Educación Pública, el maestro Sierra, en su discurso del 13 de abril de 1902 expresó que se demandarían facultades al poder legislativo para establecer la Universidad Nacional que, de espaldas al tradicionalismo, sólo miraría “al porvenir” y que sería “el coronamiento de una grande obra de educación nacional”. Ocho años después, luego de ser propuesta en dos ocasiones más, en 1905 y en 1907, la iniciativa fue aprobada por el Congreso y promulgada como ley el 26 de mayo de 1910, después de haber presentado un programa integral respecto a la instrucción. En esta ocasión don Justo señaló: “El Estado tiene la alta misión política, administrativa y social: pero en esa misión misma hay límites, y si algo no puede ni debe estar a su alcance, es la enseñanza superior. La enseñanza más alta… no puede tener, como no tiene la ciencia, otra ley que el método”. Se refería a que la nueva institución debería nacer plenamente autónoma y sin compromisos más que con el conocimiento mismo y con la búsqueda de la verdad.
El nuevo ordenamiento prescribió, en su artículo primero, que: “Se instituye con el nombre de Universidad Nacional de México un cuerpo docente cuyo objeto primordial será realizar en sus elementos superiores la obra de educación nacional”.
En este sentido, afirmando su carácter nacional, en su discurso inaugural, Sierra afirmó que la institución que se fundaba tenía como finalidad atender el bien de todos, a través de la formación de profesionales capaces que respondan a las demandas científicas del país, e identificar los orígenes y particularidades de todo el territorio nacional y de su diversa población. Así como preparar a la élite intelectual del país, al tiempo de hacer llegar los beneficios de su quehacer a toda la sociedad.
En la ceremonia de inauguración, tras el discurso de don Justo Sierra, el presidente Porfirio Díaz hizo la declaratoria de inauguración, y acto seguido, Ezequiel A. Chávez, subsecretario de Instrucción Pública y Bellas Artes, leyó la lista de quienes recibieron el grado de doctores ex oficio y honoris causa. Hubo veinte discursos y después la comitiva se dirigió hacia el nuevo recinto universitario, donde se tomó protesta de ley al licenciado Joaquín Eguía Lis como primer rector de la Universidad Nacional de México. Apadrinaron el acto las universidades de Salamanca, de París y de California en Berkeley. Así también, veinte de las principales universidades e instituciones educativas del mundo estuvieron presentes.
En 1910 el país se enfrentaba a un sistema de educación elitista y limitado, donde la educación superior se reducía fundamentalmente a formar políticos más que investigadores y maestros. Todos los esfuerzos puestos en marcha hasta ese momento para llevar la escuela a la totalidad de los mexicanos habían fracasado. El índice de analfabetos alcanzaba a más del 70 por ciento de la población, la situación de la educación primaria no era menos lamentable, ya que casi el 75 por ciento de los niños en edad escolar no asistía a las aulas, principalmente porque la mayoría de la población era rural. Hay que mencionar que la esperanza de vida era de 29.5 años.
La Universidad Nacional se conformó con la Escuela Nacional Preparatoria, las escuelas nacionales de: Altos Estudios; Jurisprudencia; Medicina; Ingeniería; así como Bellas Artes, en lo que se refiere a la enseñanza de la arquitectura.
Desde su inauguración como Universidad Nacional de México, la nuestra ha sido el buque insignia de la flota de la cultura, la ciencia, las humanidades y las artes en el país. Se ha desenvuelto en relación estrecha con el desarrollo del país, ha extendido su presencia a prácticamente todas las actividades de la vida de México, desempeñando un papel definitivo en la construcción del país y en la conformación de su sistema de educación superior. Es el crisol donde se reproduce nuestra sociedad y en ella están representados y participan activamente todos los sectores sociales. Así también, de acuerdo con su misión primigenia, ha sido paradigma cultural del país y por muchos años desempeñó la función de ministerio de cultura de México. Ha sido generosa como pocas: ha creado o promovido la creación de centros de enseñanza de distintos niveles, así como de sociedades culturales, técnicas y gremiales diversas. Probablemente, ninguna otra universidad haya tenido un papel tan protagónico para la educación y la cultura de su país como la UNAM.
Su vida académica está regida por cuerpos colegiados que le imprimen orden y flexibilidad. El personal docente y el alumnado gozan de absoluta libertad de cátedra y de pensamiento que enriquece, de manera única, la formación del estudiante, fundamentada en valores éticos y democráticos, donde los principios de equidad, respeto, tolerancia, laicidad y responsabilidad para con la sociedad adquieren un significado especial. Además, ofrece la gama más amplia de carreras en el país en todos los campos del conocimiento. Podemos afirmar que la formación de nuestros estudiantes es integral, ya que el alumno tiene a su alcance un bagaje amplísimo conformado por material bibliográfico y hemerográfico, telecomunicaciones, cómputo, enseñanza de idiomas, laboratorios, instalaciones deportivas y culturales, entre otros.
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