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   NUEVA ÉPOCA | NÚMERO 71 | ENERO 2010 | ISSN EN TRÁMITE con número de folio 493 | REVISTA MENSUAL
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Rafael Cadenas. Un momento separado de todos los momentos

 A d o l f o    C a s t a ñ ó n

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En días recientes le fue concedido el Premio FIL de Literatura y Lenguas Romances 2009 a Rafael Cadenas. Adolfo Castañón, en su discurso de entrega de este galardón, nos otorga en este texto una semblanza del gran poeta venezolano.

Ceremonia de entrega del Premio FIL de Literatura y Lenguas Romances a Rafael Cadenas con la presencia de Consuelo Sáizar, José Narro, Antonio Villaraigosa y Alonso Lujambio, entre otros

No es tarea sencilla seguir los pasos de Rafael Cadenas González, nacido en Barquisimeto, Venezuela, el 8 de abril de 1930 —cinco años antes de que muriera el dictador Juan Vicente Gómez y hubiese en la ciudad algunos disturbios. Es autor de una obra poética tensa y concentrada y que se desdobla a su vez en una obra ensayística y crítica y aun se diría filosófica que la envuelve y abriga como un cuerpo paralelo. Se pueden encarar, de un lado, las circunstancias de su longevidad: registrar su infancia en aquella provinciana ciudad de Barquisimeto —“que a lo largo de la historia ha sido uno de los centros culturales de aquel país” y que desde 1833 contó con un periódico diario: El Impulso—,1 en el estado de Lara, Venezuela, ceñida por verdes frondas —como son las de los parques Ayacucho, Bararida y, en las afueras, el bosque Macuto y el Mirador en el cerro Manzano— y próxima a un pequeño río, aunque situada en una región de vastos y áridos territorios. La de la antigua Nueva Segovia, hoy Barquisimeto, es una topografía encrucijada y estratégica, crucero y eje de diversos paisajes, ámbito del que, como ha sabido indicar el narrador José Balza, participa su propia obra poética que cabe cifrar en las imágenes del páramo desierto de suelos calcáreos, escasas precipitaciones pluviales y vegetación xerófita y del feraz oasis. En 1936, la ciudad tenía 36,429 habitantes, uno de ellos era el niño taciturno que sabía hacerse querer y cuyos deseos se cumplían como de milagro sin que él apenas abriera la boca. Cabe evocar la silueta de un padre viajero y dedicado al comercio que lleva libros y revistas a aquella casona de Barquisimeto donde se abre el germen entusiasta de la lectura y de la escritura en aquel niño despierto que crece envuelto por la afectuosa sombra de los padres y por una red de hermanos, primos, tíos —con quienes jugaba baseball en el patio de la casa—, incluida una suerte de nodriza o aya indígena, que gravitan en aquella residencia solariega donde el niño precoz, ya desde los doce años, pasa al estado escrito las cartas dirigidas al gobierno pidiendo una pensión por los servicios prestados que su abuelo, general, militar relegado y castigado por la pobreza, le va dictando al niño al par que le cuenta anécdotas sobre su propia vida accidentada y le refiere, argumentos de obras —Hamlet, Don Juan Tenorio, Los miserables— que él salía a comprar luego a la librería de la ciudad. A esos años que la distancia volvió íntimos, habrá que remontar algunas de las voces iniciales, de los rasgos sintácticos e ideas recurrentes que conformarán su fisonomía verbal por venir. Su infancia concluye al trasladarse a Caracas donde ingresa a la universidad, participa en la oposición a la dictadura y milita como algunos otros jóvenes de entonces en el Partido Comunista. Pronto y a pulso, se gana el destierro que transcurre en la animada Isla de Trinidad. Aunque el lugar no está muy lejos, la isla del Caribe donde predomina la cultura británica será una verdadera expatriación. Desarraigo decisivo. De ahí saldrán sus dos primeros deslumbrantes libros de juventud: Una isla (1958), publicado a los veintiocho años, y Los cuadernos del destierro (1960) publicado a los treinta, aunque hay que decir que, ya en 1946 un Rafael Cadenas, poeta-niño de dieciséis años, daba a la estampa una plaquette de catorce páginas —inencontrable— titulada Cantos iniciales. El destino en la isla de Trinidad no será áspero sino benéfico para su formación. Ahí cristalizarán las herramientas lingüísticas que, en adelante, le allanarán el camino real de la poesía y la literatura escrita en inglés. Al trasladarse a Caracas, dará cursos sobre algunos poetas norteamericanos y españoles en la Universidad Central de Venezuela; que no sólo enseñará sino que sabrá apropiarse de obras y voces en un sentido radical a través de las traducciones y lecturas de Robert Graves, Robert Creely, D.H. Lawrence, Walt Whitman, John Keats, William Blake, Nijinsky, Pessoa, Cavafis, entre muchos otros autores. Al igual que Stéphane Mallarmé y James Joyce, Rafael Cadenas se fraguará como poeta a la par que da cursos de lengua inglesa. También en Trinidad, aquella isla cosmopolita, continuará el aprendizaje del francés y se acercará a las obras de Saint-John Perse —otro escritor nacido en el Caribe— y de Victor Segalen, el secreto amigo de China. De este último traducirá algunos poemas.

Ana Nuño, la crítica venezolana, ha señalado con perspicacia cómo en estos dos primeros libros Cadenas “además agota los registros de un yo lírico expansivo, platónico, proliferante, hijo más o menos declarado de Whitman”.2 Esta “primera persona” o “primera máscara” del sujeto elocuente figurado por Cadenas procederá a hacer el inventario del paisaje poético que más lo toca y en esa suerte de repaso testamentario del poeta y su paisaje sigue la consigna de T.S. Eliot: “Set my lands in order”. Deslinde deslumbrante de lo que deslumbra, Los cuadernos del destierro aspiran a romper con la ruptura, a desafiar el desafío fácil y exaltado que se embriaga con su propia marginalidad. De ahí la ambigüedad de la recepción clamorosa que suscitó este poemario saludado tanto como un non plus ultra de las Iluminaciones de Rimbaud, leídas por Ramos Sucre, como descartado por parecer un suntuoso andamiaje no exento de arcaísmo:

Yo pertenecía a un pueblo de grandes comedores de serpientes, sensuales, vehementes, silenciosos y aptos para enloquecer de amor. Pero mi raza era de distinto linaje. Escrito está y lo saben —o lo suponen— quienes se ocupan en leer signos no expresamente manifestados, que su austeridad tenía carácter proverbial. Era dable advertirla, hurgando un poco en la historia de los derrumbes humanos, en los portones de sus casas, en sus trajes, en sus vocablos. De ella me viene el gusto por las alcobas sombrías, las puertas a medio cerrar, los muebles primorosamente labrados, los sótanos guarnecidos, las cuevas fatigantes, los naipes donde el rostro de un rey como en exilio se fastidia.

Mis antepasados no habían danzado jamás a la luz de la luna, eran incapaces de leer las señales de las aves en el cielo como oscuros mandamientos de exterminio, desconocían el valor de los eximios fastos terrenales, eran inermes ante las maldiciones e ineptos para comprender las magnas ceremonias que las crónicas de mi pueblo registran con minucia, en rudo pero vigoroso estilo.

¡Ah!, yo descendía de bárbaros que habían robado de naciones adyacentes cierto pulimento de modos, pero mi suerte estaba decidida por sacerdotes semisalvajes que pronosticaban, ataviados de túnicas bermejas, desde unas rocas asombradas por gigantes palmeras.

Pero ellos —mis antepasados— si estaban aherrojados por rigideces inmemoriales en punto a espíritu, eran elásticos, raudos y seguros de cuerpo.

Yo no heredé sus virtudes.

Soy desmañado, camino lentamente y balanceándome por los hombros y adelantando, no torpe, mas sí con moroso movimiento un pie, después otro; la silenciosa locura me guarda de la molicie manteniéndome alerta como el soldado fiel a quien encomiendan la custodia de su destacamento, y como un matiz, sobrevivo en la indecisión.

Sin embargo, creía estar signado por altas empresas que con el tiempo me derribarían.3

 

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