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   NUEVA ÉPOCA | NÚMERO 71 | ENERO 2010 | ISSN EN TRÁMITE con número de folio 493 | REVISTA MENSUAL
 EDITORIAL
ARTÍCULOS
CENTENARIO DE LA UNAM
Sergio M. Alcocer
POE, EL DESAMPARADO
Bruno Estañol



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Fecha de última actualización Enero de 2010
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La exactitud imposible

D a v i d    H u e r t a

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Un poema en prosa de Los conjurados (1985), libro de vejez de Jorge Luis Borges, tiene como tema sueños innumerables de toda índole. El Tiempo soñador es el sujeto del texto, titulado “Alguien sueña”. En un pasaje significativo, Borges apunta lo siguiente: “Ha soñado […el Tiempo] la enumeración que los tratadistas llaman caótica y que, de hecho, es cósmica, porque todas las cosas están unidas por vínculos secretos”. Esos “vínculos secretos” me parecen una versión de las correspondencias del célebre soneto de Charles Baudelaire, un poeta sin duda ajeno al “canon de Borges”, formado principalmente por autores de lengua inglesa.

“Los tratadistas” mencionados en “Alguien sueña” son, creo, uno solo: el vienés Leo Spitzer (1887-1960), filólogo y lingüista, maestro moderno de los estudios estilísticos. El ensayo de Spitzer “La enumeración caótica en la poesía moderna” fue traducido al español por Raimundo Lida y puede encontrarse en el libro Lingüística e historia literaria. Según yo, debería ser lectura obligatoria para todos los poetas modernos; pero Dios libre a los poetas de esa monstruosidad: las lecturas obligatorias. Borges conversó con Raimundo Lida, en un encuentro moderado por María Esther Vázquez, reproducido en un reciente libro antológico de Lida publicado por El Colegio de México: De la literatura hispánica moderna (2008); ya se había publicado en el tomo Estudios hispánicos (1988).

Borges opone al “caos” de la enumeración estudiada por Spitzer, entonces, una teoría de las armonías íntimas del universo, gobernadas irresistiblemente por “vínculos secretos”. Sospecho un rechazo visceral de Borges al desorden depositado en la entraña de la palabra ominosa: Caos. Borges procede simultáneamente como un romántico y como un clásico: lo primero, por su fe en la magia del sueño; lo segundo, por su contraste entre el Caos y el Cosmos, abordado para los milenios occidentales por Hesíodo en su Teogonía.

¿Cómo conocemos la identidad de esos “tratadistas” —uno solo en verdad: Leo Spitzer— con quienes Borges parece no estar de acuerdo, siguiendo su costumbre “romántica” de confiar en los poderes absolutos de la imaginación, él, trasunto sudamericano —argentino y desganado en el espejo, por más señas— de Monsieur Teste, el hombre del intelecto puro y analítico? No lo sabemos cabalmente ni lo podemos asegurar; pero algunos datos perfectamente accesibles permiten conjeturarlo: su cercanía personal con Raimundo Lida; esa conversación a tres voces con María Esther Vázquez —quien la recogió en algunos de sus trabajos borgesianos—; el interés profundo, diría uno sistemático, de Borges (es uno de sus principales y más llamativos rasgos compositivos y de estilo) por ese tipo de enumeraciones, fácilmente demostrable con decenas de páginas de su obra literaria en prosa y en verso, indistintamente. Borges hizo enumeraciones de esa clase a lo largo de toda su obra, desde sus primeros libros poéticos hasta Los conjurados, libro publicado un año antes de su muerte, ocurrida en 1986.

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La enumeración caótica es sólo uno de los nombres de ese procedimiento literario; otro es “enumeración heteróclita”, es decir: una lista de seres, presencias, fenómenos diversos (heteróclitos). Para Borges, acaso, debería llamarse, “enumeración cósmica”.

Otro poeta sudamericano, el chileno Pablo Neruda, era adicto a esas enumeraciones cósmicas o heteróclitas; no cuesta el menor trabajo comprobarlo en sus versos, también desde su juventud lírica. Tampoco es difícil discernir la muy probable fuente común de ambos, Neruda y Borges: el poeta Walt Whitman, en cuya obra poética aparecen, asimismo, esos listados, a menudo impresionantes y casi siempre eficaces por su belleza o por su alto grado de proyección emotiva en el ánimo de los lectores. El ensayo de Leo Spitzer comienza con citas ilustrativas de Walt Whitman: del poema “A Woman Waits for Me” y de “Song to Myself ”. ¿Borges vería una especie de atentado contra su ídolo poético de los Estados Unidos en ese ensayo crítico del “tratadista” Leo Spitzer? Según yo, sí; por eso hizo esa alusión levemente maliciosa o desdeñosa en “Alguien sueña”.

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Una relación de objetos en una lista comercial o un catálogo son formalmente semejantes a este procedimiento literario. La diferencia está en la intención: el almacenista desea, en el momento de preparar su inventario de bienes, tener el control de un patrimonio material; el poeta quiere presentar una cifra emotiva, espiritual o intelectual, del mundo o de la experiencia.

Un escritor francés moderno, Georges Perec, era un artífice consumado de las enumeraciones. Lo interesante, en su caso, es la aparente frialdad de las elaboraciones enumerativas en sus libros; como si quisiera más bien mostrar, sencillamente, cómo son, al margen de cualquier intencionalidad literaria, aun cuando desemboquen o concluyan en obras propiamente literarias. Mi favorita es la del hermoso libro Je me souviens (“Me acuerdo”), de 1978: 480 frases encabezadas con la frase titular —“Je me souviens”—, cada una de ellas con un recuerdo personal, casi siempre nimio o insignificante —pero no para el memorioso, quien así repasa o revisa su vida. Cada una de las partes o capitulillos de Je me souviens parece trivial; el conjunto, en cambio, resulta conmovedor.

* * *

Una valiosa y penetrante observación crítico- histórica de Spitzer en “La enumeración caótica en la poesía moderna” me ha servido para hacer, en clase, un poco de sociología literaria, con diversa fortuna: en las mejores ocasiones, intriga de veras a los estudiantes; en las otras, se aburren un poco.

Afirma el crítico vienés: la vertiente moderna de las enumeraciones caóticas coincide en el tiempo histórico con la aparición, en la ciudad de París, y sólo un poco más tarde en los Estados Unidos, de los grandes almacenes, de las tiendas departamentales conocidas de todos los habitantes de las urbes modernas. En esas tiendas abigarradas es posible encontrar “de todo”, dicho sea de un modo figurado: la oferta comercial es, ahí, enorme, por cierto. Los grandes almacenes son pequeños mundos: profusos, abundantes, variados. El marxista Walter Benjamin también se ocupó de estos fenómenos del comercio capitalista desplegados en la “capital del siglo XIX”, la vertiginosa París del Segundo Imperio, la Comuna, los grandes bulevares y la estrategia del “embellecimiento estratégico” del barón Haussman, verdugo de la revolución proletaria de 1871.

Whitman, escribe Leo Spitzer, suele proceder por medio de un “vigoroso asíndeton”; el tecnicismo señala una eliminación, con intención expresiva (en busca de compacidad y brevedad), de los nexos sintácticos entre los elementos de una enumeración: un listado enunciado con simples separaciones de comas o de puntos y comas. De esa manera, Whitman “acerca violentamente unas a otras las cosas más dispares, lo más exótico y lo más familiar, lo gigantesco y lo minúsculo, la naturaleza y los productos de la civilización humana, como un niño que estuviera hojeando el catálogo de una gran tienda y anotando en desorden los artículos que el azar pusiera bajo su vista; pero un niño que, siendo además sabio y poeta, extrajera poesía y pensamiento de una lista de áridas palabras; un niño genial, con el genio verbal de un Victor Hugo”.

¿Ejemplos de enumeraciones heteróclitas articuladas por medio del asíndeton? Uno, conocidísimo, de Lope de Vega; es, casi en su totalidad, el soneto en donde se hace inventario de las facetas del amor: el último verso, después de la lista, dice “esto es amor, quien lo probó lo sabe”. Reproduzco únicamente el primer cuarteto:

Desmayarse, atreverse, estar furioso,
áspero, tierno, liberal, esquivo,
alentado, mortal, difunto, vivo,
leal, traidor, cobarde y animoso…

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