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En este ensayo Luis de Tavira —director de la Compañía Nacional de Teatro— medita críticamente acerca de la caída del muro de Berlín hace veinte años y recupera la memoria de Bertolt Brecht, uno de los dramaturgos más importantes del siglo XX.
Contemplamos con perplejidad los fastos en que se solaza el triunfalismo neoliberal para celebrar los veinte años de la caída del Muro de Berlín, mientras el mundo zozobra en la crisis económica más atroz de los últimos setenta y cinco años.
Más allá de la fatuidad demagógica que ha querido festejar la victoria del capitalismo salvaje y el fin de la Historia, la cabalidad cultural de la celebración debería emplazar a la memoria para suscitar la conciencia de la actualidad. Ahí, la conmemoración sucumbe a la perplejidad de las paradojas, entre la actualidad de la pérdida y la pérdida de la actualidad y aparece la consideración que pregunta por el balance entre lo que se perdió frente a lo que se ha ganado. La memoria se opone a la selección tendenciosa de las imágenes, que a fuerza de repetirse se transfiguran en los lugares comunes del discurso dominante.
Sin embargo, la memoria podría resistir, porque atañe a lo vivido, a lo hallado y a lo perdido, a lo siempre debatible, a lo pensado todas las veces del pensar.
Hay en la cifra de los años que se celebran una privilegiada ocasión para reflexionar y conversar sobre la actualidad, sin nostalgia, sin ostalgui tampoco.
Se trata del presente. Porque en la celebración, recuerdo y presente son en ella una sola cosa. Eso es lo que caracteriza al día festivo frente al día cotidiano: la instantaneidad que reúne el recuerdo y su presente. En la celebración, el tiempo se demora para considerar lo que ha sucedido por ejemplo, entre lo que prometía el entusiasmo de aquellos berlineses del Este que cruzaron la Puerta de Brandenburgo el 9 de noviembre de 1989 y esta actualidad en la que el mundo convertido en supermercado, enfrenta la catástrofe de la economía neoliberal, atrapado en la globalización del terrorismo, desde donde contempla, al parecer impávido, cómo se levantan los nuevos muros, como el de los israelíes en Palestina, o el de los norteamericanos en la frontera con México, con sus innumerables víctimas cotidianas, silenciadas en el discurso demagógico de los portavoces de las hegemonías económicas, que han venido celebrando desde hace veinte años, como antes, otra vez, el arribo de la civilización al mejor de los mundos posibles.
Tal vez uno de los motivos de mayor celebración del transcurso de estos veinte años sea el desvanecimiento de la ilusoria teoría del fin de la Historia, esa ridícula reformulación de la Edad Media que pretendió negar la consistencia histórica de lo real: el cambio permanente.
Porque es precisamente el advenimiento del cambio lo que reclama la conciencia sobre la actualidad del mundo, frente a una crisis que amenaza haber llegado para quedarse como constante sobre las variantes del mecanismo económico mundial. Un nuevo fantasma pareciera anunciar la reinstalación de aquel infierno en cuya puerta leyó Dante esta leyenda: Los que entran aquí, abandonen toda esperanza.
Tras los fuegos de artificio de la celebración se impone la oscuridad de una crisis económica y cultural que, lejos de ser un fenómeno intempestivo, tiene sus causas discernibles en el ejercicio abusivo de aquellos acuerdos pactados por el Grupo de los Diez (G-10) en el Consenso de Washington (1989), como se llamó al recetario económico del neoliberalismo triunfante que proclamaba el éxtasis del mercado y la irrelevancia del Estado, justo cuando caía el Muro de Berlín y la URSS se desmantelaba. Cuatro fueron sus imperativos categóricos: austeridad fiscal, liberalización comercial, desregulación financiera y privatizaciones. Veinte años después la cumbre del hoy Grupo de los Veinte (G-20) intenta a duras penas el reverso de aquel Consenso: ante el equilibrio fiscal, plantea la necesidad de estímulos y déficit temporal; frente a la desregulación financiera, formula la urgente necesidad de nuevas regulaciones y mecanismos de control que vuelvan gobernables los bancos y limiten las trampas de los paraísos fiscales. Ante el abuso indiscriminado de las privatizaciones propone intervenciones públicas para rescatar entidades privadas. Socialización de la deuda, privatización de la riqueza. Impunidad de la responsabilidad anónima ante el desastre; la desregulación financiera ha sido el detonante de la Gran Recesión de nuestros días.
En 1989 no finalizaba la historia. Tampoco el drama. Si acaso, caía el telón de apenas el segundo acto de la segunda tragedia de una tetralogía mayor que ya va para cien años.
Fue el fin de una guerra encabalgada en la inmediata segunda posguerra mundial. La llamada Guerra Fría.
Como en todas las guerras, hubo vencedores y vencidos. Triunfo y derrota. Y la más modesta consideración de las múltiples causas y diversos factores que conforman la enorme complejidad del desenlace debería bastar para rescatar a la conciencia histórica del atroz y recurrente melodrama que pretende reducir la confrontación a la contienda entre el bien y el mal, a la simplificadora contraposición entre los buenos por destino manifiesto y los malvados satanizados; ese maniqueísmo miope que sólo sabe ver virtud de un lado y vileza del otro.
Y en el caso de esta guerra, como sucede en casi todas las guerras, es necesario reconocer, no sin resistencia y lamento por la aspiración a un saber objetivo y justo, que la historia la escriben los vencedores.
Es frente a este hecho donde aparece el reto para la honestidad de la conciencia, porque en semejante reconocimiento surge el conflicto de la verdad.
Precisamente porque eso que llamamos verdad es el asunto de la conciencia.
Y buscar la verdad frente a la historia implica estar preparados para toparnos con determinados abismos.
Escribió Brecht a sus compatriotas, en los años negros del triunfo del nazismo, antes de que llegara el tiempo propicio para recuperar la esperanza que lo llevó a sumarse a las duras tareas de la reconstrucción de Alemania:
Nuestras derrotas no demuestran nada.
Ay, amigos.
Ustedes que están asegurados,
¿Por qué tanta hostilidad?
¿Acaso somos sus enemigos
los que somos enemigos de la injusticia?
La derrota de los que luchan contra la injusticia
nunca dará la razón a la injusticia.
La ventaja del poeta frente al historiador reside en que mientras la historia narra lo que sucedió una vez, la poesía, en cambio, expresa lo que sucede siempre.
Frente a las consignas triunfalistas que proclaman los fastos con que se celebran los acontecimientos, ante el gesto desencantado de tantos protagonistas de aquel entusiasmo, frente a la alarmante agudización de las desigualdades, sospechamos. No todo es verdad.
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