Directorio
   NUEVA ÉPOCA | NÚMERO 72 | FEBRERO 2010 | ISSN EN TRÁMITE con número de folio 493 | REVISTA MENSUAL
 EDITORIAL
ARTÍCULOS
EL ESTADO LAICO DEL SIGLO XXI
Juan Ramón de la Fuente
CUBA Y YUCATÁN
Hernán Lara Zavala
AQUILES SERDÁN, HÉROE TUTELAR
Gloria Villegas Moreno



Sitio optimizado para resolución de 800 x 600
Fecha de última actualización Febrero de 2010
2007 D.R. Universidad Nacional Autónoma de México
Se prohíbe la reproducción total o parcial
de los artículos sin la autorización por escrito de los autores
Coordinación de Publicaciones Digitales,
Dirección General de Servicios de Cómputo Académico

Reserva de derechos al uso exclusivo del título:04-2008-050717072200-203





Cuba y Yucatán
 H e r n á n     L a r a    Z a v a l a  

3/3

Vista de la Catedral, La Habana

Ya podrán imaginarse cómo recibió el grupo de hacendados de Yucatán las palabras de Carrillo Puerto. Así, un puñado de terratenientes que la historia tiene plenamente identificados al ver afectados sus intereses henequeneros organiza una conjura para asesinarlo. Se dice que ofrecieron 250mil dólares por su cabeza. No faltó el militar corrupto y venal que, aprovechándose del levantamiento de Adolfo de la Huerta en contra de Obregón, se valiera de la situación para proclamarse partidario de la revuelta de la huertista y avanzar contra el estado de Yucatán. El general Juan Ricárdez Broca se autonombra Gobernador de Yucatán y sale en busca de Carrillo Puerto que, ante tales circunstancias, no le queda más remedio que refugiarse en el interior del estado aprovechando su apoyo y popularidad que gozaba entre el campesinado que se había organizado en las “ligas de resistencia”. Desgraciadamente como los socialistas no contaban con armamento, pues Carrillo Puerto siempre se había manifestado en favor de la paz social para evitar cualquier derramamiento de sangre y el sacrificio inútil de una temeraria defensa, decide huir en compañía de varios de sus hermanos y de sus colaboradores más cercanos. Se dirige entonces a la costa, a Chiquilá, con objeto de huir. ¿A dónde? Pues ni más ni menos que a La Habana donde intentarían conseguir fondos y de donde intentarían pasar a los Estados Unidos para pertrecharse e ingresar otra vez a México por el norte para volver al estado de Yucatán con el armamento necesario para defender y recuperar lo que había logrado mediante unas votaciones libres y democráticas.

Cuenta la historia que el 14 de diciembre de 1923 Felipe Carrillo Puerto huyendo de la gente de Ricárdez Broca llegó con sus hermanos y lugartenientes a Chiquilá, cerca del ingenio San Eusebio, en las inmediaciones del puerto de Holbox. Ahí tenían dispuesta una canoa de motor “La Manuelita” propiedad de la Cuyo Company que supuestamente los tranportaría hasta La Habana pero que estaba situada como a dos kilómetros de la playa, pues por lo poco profundo del mar de la península no podría fondear en una costa llena de bajos y pantanos. Carrillo Puerto y sus colaboradores construyeron unas balsas para llegar a la embarcación, lo cual lograron a pesar de que la marea y los ventarrones los regresaban una y otra vez. Zarparon por fin rumbo a Holbox pero nunca lograron alcanzar su destino pues en el trayecto el motor de “La Manuelita” se descompuso y encallaron en un banco de arena dejándolos varados en medio del mar y a merced de sus perseguidores. Al igual que mi amigo Fernando Espejo, aunque he leído infinidad de veces este dramático episodio en sus diversas versiones cada vez que lo releo siento otra vez el deseo insaciable de que Carrillo Puerto logre ahora sí escapar, que se salve. Pero desgraciadamente la historia no ocurrió así pues varados como estaban vieron aparecer a las fuerzas federales. A Carrillo Puerto y a sus aliados no les quedó más remedio que llamarlos para pedirles auxilio. Sin embargo, la embarcación federal tampoco se pudo acercar so riesgo de encallar también, así que Carrillo Puerto y sus hombres no tuvieron más alternativa que salir del bote nadando hasta entregarse a las fuerzas federales. Lo que ocurrió después forma parte de una trágica historia que culmina cuando la madrugada del 3 de enero de 1924 sacan a los prisioneros de la penitenciaría estatal y los transportan al cementerio municipal de Mérida donde fusilan a Carrillo Puerto, a tres de sus hermanos y a siete personas más entre los que se encontraba Manuel Berzunza que fungía como Secretario General de Gobierno. Cuenta el profesor Edmundo Bolio que antes de ser fusilado el Consejo de Guerra que lo interrogaba le preguntó qué cargo tenía dentro del gobierno de Yucatán a lo que Felipe contestó:

Casa señorial, Mérida

No tenía tengo, pues soy hasta este momento Gobernador del Estado y Presidente del Partido Socialista, por lo que con mi carácter de tal protesto enérgicamente por lo ilegal de este Consejo de Guerra.

Curiosamente la fotografía que le tomaron a Carrillo Puerto luego de su fusilamiento muestra un asombroso parecido con la que le tomaron al Che Guevara después de su muerte.

V

La Habana había sido tradicionalmente, o cuando menos hasta la primera mitad del siglo XX, el lugar más próximo a la mente y al corazón de los habitantes de la península de Yucatán. Previo a la Guerra de Castas cuando Santiago Méndez y Miguel Barbachano luchaban por la hegemonía de la península, antes de la división en tres estados, en una lucha de intereses en favor de las ciudades de Mérida o de Campeche que desembocó directamente en el enfrentamiento de los indios contra los ladinos, La Habana era el lugar obligado para buscar refugio. Tal fue el caso en el año de 1847 cuando Méndez recuperó la gubernatura del estado y Barbachano se vio en la necesidad de exiliarse a Cuba en espera de poder cobrar venganza. Y cuando dos años después los indios lograron apoderarse de tres cuartas partes de la península y se encontraban a punto de aniquilar a la raza blanca, los ciudadanosmás pudientes de Yucatán vieron en la isla de Cuba su tabla de salvación y abandonaron la península antes de ser presas de la furia indígena. Pero igualmente sucedió cuando la Revolución Mexicana llegó hasta la península y el general Salvador Alvarado empezó a impugnar a los principales hacendados que, ni tardos ni perezosos, se embarcaron rumbo a Cuba con todo aquello que podían salvaguardar. Pero lo que realmente ocurrió es que al margen de las ideologías y de la diferencia de clases, entre Cuba y Yucatán o entre Cuba y México ha existido desde siempre una afinidad intelectual, política, cultural, climática, de carácter, de modo de vida, de manera de vestir, de gusto y pasión por la arquitectura, la música, el baile, la comida, el trago, la diversión y el deporte.

Contemplada desde el Morro La Habana despliega toda la magnitud de su belleza y majestuosidad que la convierte en una de las ciudades más bellas y armónicas del orbe. Mérida es una ciudad más modesta pero muchas veces al recorrer el Vedado o Miramar encontramos ecos de la Pérez Ponce o del Paseo Montejo y con frecuencia tiene uno la impresión de hallarse en la misma ciudad, con el mismo tipo de casa solariega con el jardín al frente, el porche de la entrada, los pisos de mosaico fresco, las mecedoras de bejuco, los jardines interiores, los frutales y el césped en la parte de atrás, pero sobre todo es la misma tarde con un poco de bochorno y humedad, con la misma luz y el mismo sol que invita a la siesta o la plácida conversación tomando el fresco. De hecho si mal no recuerdo la idea de los paseos en Mérida surgió a finales del siglo XVIII con Lucas de Gálvez en una emulación del Paseo de Paula de La Habana donde se congregaban los carruajes más elegantes de aquellos tiempos a bordo de los cuales iban las muchachas más bellas de la sociedad. Y aunque la concepción del Paseo Montejo corresponde más al gusto afrancesado del porfirismo, no por ello va en desdoro de la magnificencia, amplitud y belleza de la Quinta Avenida en La Habana.

Algo semejante podríamos decir de la música que compartimos por “el efecto Caribe” mediante el cual nos identificamos con el bolero, el bambuco, la trova, el danzón, la rumba, el mambo o el chachachá sin importarnos demasiado de dónde provienen o cuál es su verdadero origen.

Y qué decir del gusto por el ron como bebida favorita de ínsula y península, producto derivado de la caña de azúcar que se inicia en la isla y que de pronto se empieza a destilar también en la península bajo diversas marcas pero cuya denominación principal era la de “habanero”, pues se trataba de un ron que emulaba el sabor cubano que se dejaba reposar en barricas de roble blanco español, de buena calidad y con las paredes curtidas con el jerez que se importaba de la península ibérica. Yo recuerdo de mi infancia que el ron se dividía en la península en blanco y manchado, para distinguir cuál era el añejo y entre las marcas famosas de la península figuraban, como epígonos de Bacardí, las familias roneras como la de Gumersindo Pavón, el Ron Berrón, el Ron Palma, el Arceo Colonial y cómo olvidar la famosa marca del Ron Holcatzín que se destilaba en una hacienda de la familia del mismo nombre ubicada cerca del pueblo de Hopelchén y que en sus buenas épocas se convirtió en el sinónimo del ron peninsular.

¿Y el deporte? El poeta cubano Norberto Codina, ateo de corazón, inicia uno de sus mejores poemas dándole las gracias al creador por haber inventado el juego de pelota, deporte nacido en los Estados Unidos pero adoptado de corazón y cojones por Cuba, por la península de Yucatán, el Golfo de México y por buena parte del Caribe al grado de que en la región se ha convertido en el deporte nacional y por consiguiente muchos de los peloteros de las grandes ligas provienen de esas regiones.Tal vez a ello se deba la leyenda de que un alto mando de la revolución cubana iba un día en su jeep con un contingente militar en el interior de la isla cuando de pronto vio a unos guajiritos jugando al futbol. Extrañado, el militar pidió que detuvieran el convoy y para sorpresa de sus subalternos se despojó de las armas, del cinturón, de la cartuchera y, como un niño más, se unió a jugar con los muchachitos en pleno monte. Después los guajiritos aquellos se enteraron de que quien se había detenido a jugar con ellos era ni más ni menos que el comandante Che Guevara que, nostálgico del futbol de su infancia y juventud en un país donde sólo se practica el béisbol, decidió darse el lujo de echarse una “cascarita”.

Paseo Montejo, Mérida

 

La única, la gran diferencia que existe entre ínsula y península, entre Cuba y México y lo que le confiere una innegable identidad a nuestros países es nuestra raza india y la raza negra cubana, ese mestizaje que le imprime carácter y espiritualidad a nuestras naciones y nos hace diferentes de nuestros conquistadores españoles así como del resto del mundo. En un librito de reciente aparición, Ambrosio Fornet conjuntó dos novelitas cubanas del siglo XIX, Una pascua en San Marcos de Ramón de Palma y Romay y El ranchador de Pedro José Morillas, en un solo volumen ofreciendo así una visión de los dos polos entre los que oscilaba el pueblo cubano antes de la revolución, el de los señoritos burgueses de origen español y el de los cimarrones negros de origen africano, “blanco arriba, negro abajo” que, según nos recuerda Fornet, Nicolás Guillén denominara como “color cubano”, término que también podría aplicarse, con sus respectivas singularidades, al “color mexicano”. En Yucatán la fuerza de trabajo recaía en la raza maya, encargada de sembrar y cortar el henequén que produjo las grandes fortunas de los criollos yucatecos así como en Cuba los negros eran los encargados de sembrar y cortar la caña de azúcar que enriqueció a las familias cubanas de origen español. Fue sólo una vez que esa dicotomía se vio superada; que nuestro mestizaje, que nuestras luchas, nuestras culturas y nuestras religiones, llámense sincretismo prehispánico católico o santería, nos llevaron a tener una cosmogonía propia y a aspirar a aquello que Alejo Carpentier definió como “el reino de este mundo”.

 

anterior Regresar