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   NUEVA ÉPOCA | NÚMERO 79 | SEPTIEMBRE 2010 | ISSN EN TRÁMITE con número de folio 493 | REVISTA MENSUAL
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2110 Y LA EDUCACIÓN
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Así suena el Alma Mater  


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Pablo Espinosa

 

A cien años de su fundación la UNAM ha mantenido una sólida y necesaria complicidad con la música. Este afán civilizatorio ha permitido la creación de la OFUNAM y de la Sala Nezahualcóyotl, fundamentales para que el arte sonoro permanezca como una poderosa fuente de sensibilización. Pablo Espinosa nos invita a seguir las huellas de la música entre los universitarios.

Cien años de cultivo rinden frutos. Identidad, idiosincrasia, pertenencia, claridad. Conciencia crítica. La suma de valores que germina, cultiva, cosecha y otorga la Universidad Nacional Autónoma de México se escancia en los campos del saber, del hacer, del ser, de maneras de vario linaje.

En la cultura, en particular en el arte de la música, el espíritu universitario esplende contundente: la creación, difusión y disfrute del arte sonoro tienen en la UNAM personalidad propia, valores y características que la distinguen, la enaltecen. Una manera de confirmar lo anterior consiste en observar la manera como escuchamos música los universitarios. La evidencia es clara. Quien se ha formado en la UNAM escucha música de manera diferente a otro ciudadano. Su característica central es que se trata de una persona libre, con criterio propio y seguridad en sus conocimientos y siempre abierto a lo nuevo. Porque escuchar música forma parte del cultivo espiritual de las personas. Analizar las distintas maneras de percibir esa forma artística cobra su importancia y derriba su apariencia baladí en cuanto se compara con otra vertiente del consumo cultural: la lectura.

No define tanto el factor de qué tipo de lecturas sino cómo se lee. En el cómo están todas las respuestas. Así, una persona que escucha solamente música sinfónica, o sólo ópera, es obviamente diferente a alguien que no tiene empacho en degustarlos lieder de Hugo Wolf por igual que divertirse con las canciones naifs de Chico Ché. No hay prejuicio, ninguna carga negativa en el juicio anticipado.

Julio Cortázar tiene una definición completa cuando distingue entre famas, cronopios y esperanzas. Un fama sólo escucha La traviata, mientras un esperanza vivirá añorando a María Callas y Enrico Caruso en cuanto los compara a todos los otros cantantes con quienes escuche esa ópera. Un cronopio, de acuerdo con Cortázar, tiene la capacidad de escuchar esa obra por igual en el Metropolitan Opera House que en una versión antigua a cargo de Los Xochimilcas, una revisión hecha por Uri Caine y un grupo de locos experimentalistas, o bien con Las Ardillitas de Lalo Guerrero.

La historia de los primeros cien años de la UNAM contiene éste y otros muchos elementos, tan diferentes como complementarios, tan universales en su plenitud y diversidad. El panorama musical de México en 1910 es completamente opuesto a la patria que hemos construido desde la UNAM en una centuria. La música de salón, los afrancesamientos plenos de ternura, pero sobre todo la ruda división entre música para ricos y para la plebe hoy tienen en el campus universitario un distinto florecer. Tan sólo un ejemplo: para un estudiante o profesor universitario el precio del boleto para disfrutar de un concierto de la Orquesta Filarmónica de la Universidad Nacional Autónoma de México, la OFUNAM, en la Sala Nezahualcóyotl, una sala de primer mundo, tiene un costo de cincuenta pesos. La UNAM no solamente es garante de la libertad espiritual de las personas, sino también de llevar a la práctica el derecho a la cultura para todos. Y esto adquiere mayor relevancia en un momento crucial de nuestra historia, cuando la tendencia gubernamental orienta sus afanes hacia la negación de los derechos. Privatizarlo todo, convertirlo en mercancía es lo opuesto del espíritu universitario, que defiende la igualdad democrática de acceso a la cultura, como pivote del progreso. Si el panorama nacional es triste en septiembre de 2010 en cuanto a lo social, la UNAM es en cambio un baluarte, un motivo de gozo, orgullo. Si el Estado mexicano carece a la fecha de una política cultural, la UNAM enarbola, ejerce una espléndida y auténtica política de cultura democrática.

En los sucesivos episodios históricos de este primer siglo de nuestra Alma Mater, la música, entonces, es una presencia definitiva. En sus primeros años caminó acorde con la realidad musical de la patria. La orientación de la voluntad universitaria en armonía comenzó a cosechar sus frutos después de consumada la Revolución.

La Orquesta Filarmónica de la UNAM es el conjunto sinfónico más antiguo del país. Sus inicios se remontan a 1929 (cuando la máxima Casa de Estudios logró su autonomía) y se convirtió en una orquesta de profesionales en 1936, cuando el proyecto fue aprobado por el presidente Lázaro Cárdenas del Río. Se llamó en principio Orquesta Sinfónica de la Universidad y sus primeros directores fueron, al alimón, José F. Vásquez y José Rocabruna. Su sede inicial fue el Anfiteatro Simón Bolívar, en el Antiguo Colegio de San Ildefonso, donde funcionaba la Escuela Nacional Preparatoria.

Al iniciar la década de los sesenta, el maestro Icilio Bredo encabezó un cambio generacional e histórico. La orquesta se mudó al Auditorio Justo Sierra de la Facultad de Filosofía y Letras, en Ciudad Universitaria. A Bredo lo sucedió, en 1966, Eduardo Mata, para sellar el momento cumbre en la historia de la OFUNAM.

Eduardo Mata fue el constructor del sonido moderno de la orquesta universitaria y formó a muchas generaciones de melómanos. Fue el artífice del proyecto cultural que dio como resultado la edificación de la Sala Nezahualcóyotl. Fue además uno de los grandes directores de orquesta en el planeta durante la segunda mitad del siglo XX.

Héctor Quintanar fue la batuta titular cuando la orquesta estrenó su sala sede. Animador de la serie de óperas-concierto y sesiones didácticas que se transmitieron por la televisión del Estado, aportó obras para el repertorio de la orquesta, propias y de encargo a compositores mexicanos.

Enrique Diemecke y Eduardo Diazmuñoz, representantes de la nueva generación de directores mexicanos, consolidaron el trabajo de conjunto y mantuvieron al alimón un equilibrio formidable en la programación entre las obras obligadas y las composiciones contemporáneas. Una época brillante en la cultura mexicana se escribió esos años.

Humanista, musicólogo, funcionario, la batuta del maestro Jorge Velazco tendió un puente entre sus investigaciones musicológicas y la sala de conciertos. Al frente de la OFUNAM dio a conocer partituras nuevas y versiones originales de obras conocidas. Nuevas instrumentaciones, nuevos autores, nuevos bríos en el ámbito universitario.

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