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   NUEVA ÉPOCA | NÚMERO 80 | OctuBRE 2010 | ISSN EN TRÁMITE con número de folio 493 | REVISTA MENSUAL
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Camus y la desesperación


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Ignacio Solares

Poco se conoce de las angustias constantes en que vivía Albert Camus, por más que esto se refleje en sus novelas y ensayos. Así, Ignacio Solares recorre algunos pasajes axiales de la existencia y la obra del autor de El extranjero para ofrecernos el retrato de un hombre que, a pesar de sus enfermedades, siempre estuvo comprometido con la justicia y la igualdad, con la mirada puesta en la trascendencia.

Por encima (o por debajo) de sus creencias o de sus dudas filosóficas y religiosas, Albert Camus fue ante todo un poeta (la gran diferencia con Sartre), y el poeta, que no acepta el lenguaje en su intención puramente racional, descubre pasadizos secretos entre todos los opuestos, entre razón y locura, cielo e infierno, fe e incredulidad.

A posibles fórmulas de trascendencia —¿cómo no pensar aquí en Dostoievski?— el artista incorpora la suya: por la belleza se va a la reconciliación. Esa belleza, que será depositaria de su esperanza de creador (Creador), lo resume, preserva y hace de él un demiurgo. Verdad estética que, como quería Platón, es la Verdad a secas. La estética de Camus —su prosa es realmente una de las más bellas y exaltadas de la literatura francesa— le permite integrar, hic et nunc, lo que quizá la razón había fragmentado. Por ejemplo, su relación con la figura de Cristo. Si descartaba tan radicalmente cualquier posible relación con la Iglesia católica —a la que no dudó en calificar de criminal—, la figura de Cristo parece haberlo atraído muy vivamente e, incluso, afirmó haberlo “amado”. En La caída hay unas líneas reveladoras en este sentido. “Cristo gritó su agonía y por eso lo amo, amigo mío… Lo malo es que nos dejó solos… solos… pasara lo que pasara… incapaces de hacer lo que Él hizo e incapaces de morir como Él”.

La poesía de Camus está cargada de nostalgia porque “el cielo no responde”.

Escribe Max-Pol Fouchet que un día paseaban él y Camus en Argelia por una calle a la orilla del mar. De pronto se encontraron ante un apiñamiento de gente. En el suelo yacía el cadáver de un niño árabe desfigurado, sangrante, recién aplastado por un autobús. La madre pegaba de gritos. El padre parecía pasmado. La gente miraba estupefacta. El joven Camus, después de un momento, habiéndose alejado unos pasos del grupo, mostró a su amigo el cielo azul, refulgente, señalándolo con el índice. “Mira, el cielo no responde”.

Esta simple frase resume el drama de una sensibilidad —y toda una literatura— marcada por el enigma (Enigma) más inescrutable, y que seguramente inspiró a Camus el relato de la dramática muerte de un niño en La peste, ante el cual el doctor Rieux pregunta: “Puesto que el orden del mundo está regido por la muerte de un niño, piénselo, ¿no es mejor para Dios que no creamos en Él, que no levantemos jamás los ojos al Cielo, donde Él siempre permanece en silencio?”. Variación de la de Ivan Karamazov de Dostoievski: “Ante una Creación que tortura a los niños, regreso mi boleto”.

Albert Camus  

También en La caída se refiere a la nostalgia de Cristo por los niños que murieron por su culpa.

Él debía haber oído hablar de cierta matanza de inocentes. Si los niños de Judea fueron exterminados, mientras los padres de él lo llevaban a lugar seguro, ¿por qué habían muerto, si no a causa de Él? Desde luego que Él no lo había querido así. Le horrorizaba la idea de aquellos soldados sanguinarios, de aquellos niños partidos en dos. Pero estoy seguro de que, tal como Él era, no podía olvidarlos. Y esa tristeza que adivinamos en todos sus actos, ¿no era la melancolía incurable de quien escuchaba por las noches la voz de Raquel, que gemía por sus hijos y rechazaba todo consuelo? La queja se elevaba en la noche, Raquel llamaba a sus hijos muertos por causa de Él, ¡y Él estaba vivo!... Sabiendo lo que sabía, conociendo profundamente al hombre —¡ah, quién hubiera creído que el crimen no consiste tanto en hacer morir como en no morir uno mismo!—, puesto día y noche frente a su crimen inocente, se le hacía demasiado difícil sostenerse y continuar… “¿Por qué me has abandonado?”. Era un grito sedicioso, ¿no es cierto?... Y, querido amigo, sé bien de lo que hablo. Hubo un tiempo en que a cada minuto mismo no sabía cómo podría llegar al siguiente.

Camus sabía que el dolor nos emparienta con Cristo por más que, como en su caso, no se crea en Dios. En Cartas a un amigo alemán escribe: “Sigo suponiendo que este mundo no tiene un sentido superior. Pero sé que hay algo en él que sí tiene sentido, y es el hombre ante su prójimo. Porque ese encuentro le da sentido a todo”. Frase que se complementa con otra de La peste, donde se habla de “aquéllos a quienes les basta el hombre, y su pobre y terrible dolor”.

La exhaustiva biografía de Herbert R. Lottman sobre Camus nos revela al gran escritor francés en toda su grandeza creadora y, también, en toda su desesperación existencial. Precisamente por mostrarnos cuánto luchó Camus contra la enfermedad (era tuberculoso), contra la angustia y contra la depresión es que la biografía de Lottman lo humaniza más y adquiere un mayor relieve su trabajo artístico, realizado literalmente a contracorriente.

El único esfuerzo de mi vida, ya que lo demás me ha sido dado y generosamente (salvo la fortuna económica, que me es indiferente): vivir una vida de hombre normal. No quería ser un hombre de los abismos. Pero este desmesurado esfuerzo no ha servido para nada. Poco a poco, en vez de avanzar en mi intento de una vida normal, veo acercarse más y más el abismo.

Nótese la relación de la siguiente frase de su diario con la imagen de tristeza y de culpa que nos dio de Cristo: “Morimos a los cincuenta años de una bala de nostalgia que nos disparamos al corazón a los veinte”.

En una ocasión tomó un avión en Orán, dejando a su mujer y a sus hijos en Argelia. Pero, poco después del despegue, el aparato perdió uno de sus cuatro motores y el piloto anunció que había que volver al aeropuerto para proceder a las reparaciones necesarias. Camus comenzó entonces a sentir la claustrofobia que solía apoderarse de él, y se desmayó.

Las siguientes reflexiones sobre una recaída de su enfermedad aparecen fechadas en su diario a finales de octubre de 1949:

Después de llevar tanto tiempo seguro de mi curación, este retroceso debería hundirme, me hunde, en efecto. Pero al venir tras una cadena ininterrumpida de abatimientos, por momentos me hace reír. En esos momentos, al fin me veo liberado. La locura es también liberación.

Su estado de ánimo le llevó a escribir en su diario, a raíz del suicidio de un amigo:
“Conmocionado porque lo quería mucho, por supuesto, pero también porque de repente he comprendido que tenía ganas de hacer lo mismo”.

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