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   NUEVA ÉPOCA | NÚMERO 82 | DICIEMBRE 2010 | ISSN EN TRÁMITE con número de folio 493 | REVISTA MENSUAL
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Antonio Alatorre y Carlos Prieto. Milenios de palabras


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Gonzalo Celorio

 

Tomando como punto de partida el indispensable libro de Antonio Alatorre titulado Los 1001 años de la lengua española, Gonzalo Celorio —Premio Nacional de Ciencias y Artes 2010— comenta el volumen Cinco mil años de palabras, de Carlos Prieto, donde el chelista y musicólogo mexicano se adentra en la selva de las lenguas, de las palabras, su origen y su uso.

En el mes de noviembre de 1979, el Banco de Comercio, mejor conocido por su acrónimo Bancomer, publicó en la ciudad de México un suntuoso libro diseñado por Beatriz Trueblood, que habría de regalar a sus más conspicuos clientes con motivo de las fiestas decembrinas. Su título: Los 1001 años de la lengua española; su autor: Antonio Alatorre.1 Esa edición, profusamente ilustrada a todo color e impresa en papel couché, vestida con elegante camisa de color dorado mate, encuadernada en tapa dura con el título grabado en letras de oro tanto en el lomo como en la cubierta y protegida por guardas florentinas que reproducen el oleaje de las mareas, inauguró la que podríamos llamar “bibliografía navideña mexicana”, integrada por las numerosas obras, generalmente de tema artístico o histórico y con frecuencia de carácter facsimilar, que diversas instituciones públicas y privadas de México han venido publicando año tras año, desde esa fecha hasta ahora, para obsequiarlas como regalo de Navidad a sus clientes, a sus amigos o a sus miembros. Tengo para mí que tales obras son más hojeadas que leídas y que muy pronto se convierten en un objeto decorativo —un coffee table book como les dicen en inglés (y por desgracia también en español)— o se acomodan en estanterías igualmente escenográficas, si es que no acaban malbaratadas en las librerías de viejo.

No obstante su prominente formato, que podría dificultar la manipulación, y su lujosa edición, que podría inhibir la proximidad, el libro de Antonio Alatorre es excepcionalmente legible. Las reproducciones pictóricas y documentales, los grabados, las fotografías, los mapas, los cuadros sinópticos que enriquecen la obra sin duda contribuyen a la mejor comprensión del texto, pero lo es, sobre todo, por sus características discursivas. Alatorre, discípulo de Raimundo Lida, quien, a su vez, lo fue de Amado Alonso como éste lo había sido de Ramón Menéndez Pidal, logra despojarse del ropaje académico con que lo vistieron sus mayores —la terminología técnica y el aparato crítico— para narrarnos con sencillez y con amor, de manera accesible, amena y hasta divertida, la historia de nuestra lengua: desde la supervivencia en el protorromance de la península ibérica de varias palabras prerromanas, como izquierdo, cama, barro, páramo, gorra, sapo, muñeca, rebaño, hasta la infiltración en el español, a partir del siglo XVIII, de los muchísimos galicismos que fueron calificados de “horribles” por los puristas de entonces (como de horribles son calificados los anglicismos de hoy), tales arribar, bisturí, chaleco, sofá, debate, macabro, bufanda, bombón, pasando por el enriquecimiento de nuestro vocabulario con los abundantes arabismos —más de cuatro mil—, como acequia, aljibe, alhelí, azafrán, azúcar, retama, añil, escarlata, carmesí que dan testimonio de la convivencia secular de los cristianos con la cultura musulmana, tan amorosa del agua, de las plantas y las flores y del colorido que no tenían en el desierto del que procedían; desde las glosas silenses y emilianenses encontradas en los monasterios de Santo Domingo de Silos y San Millán de la Cogolla que demuestran que en la segunda mitad del siglo X la lengua latina ya no se entendía a cabalidad y era menester por tanto traducirla a la nueva lengua romance que había nacido de ella, hasta la riqueza de la literatura española peninsular e hispanoamericana a partir de la Generación del 98 y del modernismo, pasando por la crítica, no exenta de reconocimiento, al purismo autoritario de la Real Academia Española y sus “sucursales” americanas. Creo que la gracia, la ligereza, la amenidad del texto de Alatorre se deben en buena medida a la modernidad científica que en él subyace, pues su autor no adopta un criterio normativo de corrección lingüística ni se horroriza ante lo que los puristas de todos los tiempos, asaz conservadores, han considerado aberrante: el cambio lingüístico, que está en la naturaleza misma de la lengua y no necesariamente es signo de su corrupción, sino puede serlo de su vitalidad.

Carlos Prieto tiene muy buen oído, y tal cualidad lo acerca a la lengua, que comparte con la música su condición de emisión sonora y expresiva.

La ciencia lingüística moderna —dice Alatorre— nació en el momento en el que los filólogos y dialectólogos del siglo pasado [se refiere al XIX], en lugar de profesionalizar un horror […], profesionalizaron la voluntad de no horrorizarse de nada, o sea la voluntad de entender.2

Celebro que el Fondo de Cultura Económica haya retomado, en años posteriores, el texto de Alatorre para hacer dos ediciones sucesivas (1995 y 2002) que, sin el lujo editorial que caracterizó la edición “navideña” de 1979, hacen comprensibles al lector no especializado los misterios de la lengua española y ponen a su alcance, didácticamente, sabrosamente, su historia milenaria.

Apenas publicado, hace ya más de treinta años, leí por primera vez el libro de Alatorre de manera casual, pues ni entonces ni ahora he formado parte de la lista de los clientes mimados de Bancomer, y desde esas fechas lejanas pero posteriores a mis estudios universitarios de lengua y literatura españolas, pensé en lo útil y provechosa que me hubiera resultado su lectura cuando cursaba la materia de Historia de la lengua española en la Facultad de Filosofía y Letras de la UNAM, guiado fundamentalmente por el magnífico libro de Rafael Lapesa, tan recomendado por el propio Alatorre, del que, a pesar de sus bondades, mis compañeros y yo decíamos “¡cómo pesa!”.

Si he traído a colación esta historia ahora que me enfrento al libro Cinco mil años de palabras3 de Carlos Prieto, ha sido porque su autor le agradece a Antonio Alatorre en las páginas preliminares que haya revisado el manuscrito de su obra; porque reconoce de manera explícita que se basó fundamentalmente en Los 1001 años de la lengua española para escribir el capítulo IV, que es el más extenso de su libro, y, sobre todo, porque más allá de ese capítulo en particular, dedicado a nuestra lengua, Carlos Prieto ha seguido en lo general, y con muy buen tino por cierto, los mismos criterios y el mismo tono desembarazado de Alatorre para referirse, en su caso, no sólo al español, sino a numerosas lenguas del mundo desde que se tiene noticia de ellas, hace cinco mil años, hasta nuestros días. Comentarios sobre el origen, evolución, muerte y resurrección de algunas lenguas es el subtítulo del libro. En efecto, la obra de Carlos Prieto, si bien ha implicado el examen riguroso de numerosas fuentes bibliográficas debidamente registradas, se desenvuelve con sencillez y con soltura, con gracia y con humor a lo largo de los quince capítulos que la configuran, y logra transmitirle al lector el entusiasmo que al autor le suscita el milagro del lenguaje articulado, que hace del ser humano la especie superior del planeta. Y en ello residen, a mi juicio, el mayor acierto del discípulo indirecto de Alatorre y la mejor enseñanza del maestro. Se trata, pues, de una obra de divulgación, dirigida, como el libro de Alatorre, a un público interesado en la historia de las lenguas, pero no especializado en las disciplinas lingüísticas, que se aviene con el espíritu del Fondo de Cultura Económica, su casa editora, que de un tiempo a esta parte ha emprendido la tarea, sobre todo a través de su colección La ciencia para todos (donde, por cierto, también podría haber tenido cabida este título), de hacer accesibles a un público amplio los conocimientos científicos.

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