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   NUEVA ÉPOCA | NÚMERO 82 | DICIEMBRE 2010 | ISSN EN TRÁMITE con número de folio 493 | REVISTA MENSUAL
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Carlos Montemayor. Las lenguas
de América


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José del Val

La historia lingüística de nuestro país testimonia, como en otros campos de nuestra realidad cultural y social, la batalla continua por la existencia y vigencia de la diversidad, así como las contradicciones y complementaciones entre lo original y las nuevas incorporaciones en que se ha desenvuelto la realidad lingüística. Ha sido una lucha encarnizada y desigual entre las lenguas en uso en cada periodo de nuestra historia, adoptando en cada uno de ellos combinaciones complejas y singulares.

Sin duda alguna, el impacto que la invasión y la conquista europea impusieron sobre el panorama lingüístico original en nuestro país fue definitivo: muchas lenguas originales desaparecieron y el castellano inició su trayecto de imposición como lengua franca y obligatoria.

No obstante, la complejidad lingüística original en México mantuvo su vigencia y continuidad con base en dos procesos, como señalé, complementarios y contradictorios. El primero fue la resistencia de los pueblos por conservar su lengua a toda costa y en muy diversas situaciones, como núcleo de la sobrevivencia y de la identidad profunda; el segundo consiste en la estrategia utilizada por los evangelizadores durante el siglo XVI, al decidirse por utilizar las lenguas originales como los instrumentos privilegiados de la conversión cultural, lo que derivó en una extraordinaria producción de vocabularios, gramáticas y textos varios que codificaron en caracteres latinos más de dos decenas de lenguas, aun en los estrechos límites definidos por sus motivaciones de orden estrictamente religioso y doctrinario.

Sin embargo, a partir de la reforma borbónica, la imposición del español tomó nuevos bríos y las lenguas originales tuvieron que sostenerse y continuar en permanente resistencia, protegidas sólo por la voluntad irrestricta de los pueblos y en muchas ocasiones mantenidas ocultas y en secreto.

En el primer cuarto del siglo XX se empieza a manifestar en México una voluntad de rescate de las lenguas, las historias y los pensamientos indígenas conservados en los códices que se salvaron de la incuria colonial o que fueron encargados por los misioneros en las primeras décadas de la invasión. Se destacan sin duda las grandes colecciones publicadas por Ángel María Garibay y, por supuesto, Miguel León-Portilla, cuyo compromiso con las lenguas indígenas, particularmente con la lengua náhuatl, establece y honra el compromiso de nuestra Universidad Nacional con la vigencia y el desarrollo de las lenguas indígenas.

No puede obviarse el minucioso estudio de un número considerable de lenguas indígenas que hizo el Instituto Lingüístico de Verano en México, constreñido sin embargo por su objetivo de evangelización, esta vez protestante; tampoco puede olvidarse que, durante las primeras décadas del siglo XX, el proyecto de la castellanización obligatoria se propuso desaparecer a las lenguas indígenas por considerarlas una barrera para la unificación nacional. Otra vez las lenguas indígenas de México tuvieron que someterse a un nuevo momento de opresión por parte de las instituciones y aguantar, resistiendo en la intimidad de los pueblos, el intento “bienintencionado” de etnocidio lingüístico.

El fracaso de esta oleada castellanizadora abrió una nueva etapa, en la que las estrategias educativas consideraron benéfico y necesario iniciar el proceso educativo de los pueblos en las lenguas indígenas, para posteriormente introducir el castellano en su papel de lengua nacional, lo cual significó entrar en una etapa en que las lenguas indígenas recibieron menores presiones sustitutivas por parte de la sociedad nacional.

En esta nueva etapa, que da inicio en la década de los años sesenta, resurge el interés en el análisis de las culturas indígenas, proveniente de los indios mismos. En palabras de Carlos Montemayor, “este despertar de los intelectuales indígenas y de la escritura en sus lenguas es uno de los hechos culturales de mayor relevancia en el México de finales del siglo XX y principios del XXI”.

De su vigor dan testimonio centenares de publicaciones en folletos, libros, antologías, revistas y diarios aparecidos desde los años ochenta, así como la celebración de varios encuentros nacionales de escritores en lenguas indígenas en Ciudad Victoria, San Cristóbal de las Casas, Ixmiquilpan; el surgimiento de la Asociación de Escritores en Lenguas Indígenas, las decenas de becarios del Fondo Nacional para la Cultura y las Artes, el Premio Nezahualcóyotl de Literatura en Lenguas Indígenas, y el Premio Continental Canto de América en Lenguas Indígenas.

La aparición simultánea, aunque no coordinada en sus inicios, de escritores en lenguas indígenas de todas las regiones de México, rompe con esa terca tradición que a lo largo de quinientos años han seguido diversos investigadores nacionales o extranjeros al decir lo que son, lo que piensan, cómo se comportan o en qué creen los grupos indígenas.

Hoy tenemos a estos escritores con los que, por vez primera, se ha producido la posibilidad de acercarnos a través de los protagonistas al rostro natural e íntimo, al profundo rostro de un México que, debemos reconocer seriamente, aún desconocemos.

Hay que rescatar en toda su plenitud y profundidad el papel que jugó Carlos Montemayor en estos promisorios procesos. Durante los últimos treinta años, Carlos trabajó y acompañó a los escritores indígenas, en su formación y fortaleza, en innumerables talleres, por todos los rincones de México, traduciendo sus textos, ayudando a traducir otros, discutiendo y esclareciendo los problemas lingüísticos y expresivos de las lenguas, los ritmos, tonos y sentidos, al tiempo que iba publicando obras fundamentales sobre las literaturas indígenas tanto en México como en el extranjero, dando a conocer a los escritores indígenas mexicanos o asumiendo la edición de colecciones como los cincuenta tomos de Las Letras Mayas, o elaborando el Diccionario del náhuatl en el español de México, encargado por nuestra Universidad. En fin, una obra enorme y profunda como la suya en varios campos de nuestra realidad, plena de inteligencia, rigor, compromiso intelectual y solidaridad, ejemplar en nuestro país y en nuestro siglo.

No requiere más explicación el porqué la Universidad Nacional Autónoma de México ha decidido instaurar formalmente, este año 2010, el Festival de Poesía Las lenguas de América: Carlos Montemayor.