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   NUEVA ÉPOCA | NÚMERO 82 | DICIEMBRE 2010 | ISSN EN TRÁMITE con número de folio 493 | REVISTA MENSUAL
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Virginia Woolf: La semilla de su escritura


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Beatriz Espejo

La vida y la obra de Virginia Woolf, creadora de algunos de los más grandes logros formales de la narrativa moderna, encuentran en Beatriz Espejo a una lectora perspicaz que nos devuelve a la autora de Orlando o Las olas como una referencia ineludible para comprender la novela contemporánea.

Biógrafo, librepensador, niño prodigio, estudiante de Eton, hombre apegado a los más severos preceptos didácticos, Sir Leslie Stephen casó en segundas nupcias con una mujer bella: Julia Prinsep Duckworth, que también tenía experiencia matrimonial previa. Tal unión procreó cuatro hijos; Virginia fue la tercera y nació el 25 de enero de 1882 en las piezas altas de la residencia situada en el número 22 de Hyde Park Gate. Según las genealogías literarias, la mitad de las familias cultas se emparentaban con ella: los Darwin, los Symond, los Maitland, los Strachey. El ambiente tradicional de su grupo le propició una educación muy esmerada, pero, frágil y enfermiza, nunca fue a una escuela. En su casa tuvo lecciones de poesía, historia, ciencias y lenguas muertas. La lectura de los clásicos griegos y latinos la acompañó siempre, cosa probada con referencias constantes que pueden hallarse en sus libros, diarios y novelas.

Clive Bell, quizás el crítico más reputado de su época, aseguró que tanto Virginia como su hermana mayor, Vanessa, observaban la consigna paterna de no hablar a menos que tuvieran algo importante que decir. Sir Leslie era un típico representante de la época victoriana, con su doble moral y cerrazón en diferentes aspectos, y con una rigidez de carácter que afectaría a su prole, principalmente a Virginia, víctima de una sensibilidad como copa de cristal finísima y vulnerable. Escuchaba ruidos en el ático y no olvidaba que su hermana Laura, por su dificultad para leer, recibía golpes y regaños, y estaba casi siempre sedada y permanentemente recluida donde nadie pudiera verla. ¿Virginia temía por ello las perturbaciones mentales y sentía gran alivio cuando la felicitaban al aplicarse en los estudios? Es muy probable. Su medio hermano George Duckworth la violó antes de cumplir seis años, la convirtió en una víctima del incesto y complicó su sexualidad inclinándola al lesbianismo y a la frigidez. Su madre la dejó huérfana hacia los trece. Sus numerosos parientes le abrieron las puertas de la sociedad y de los círculos literarios. Con ese bagaje escribió pronto artículos y reseñas para el Times, que saludó luego entusiasmado la publicación de sus libros.

Su padre murió en 1904 y, junto con Vanessa, Virginia siguió viviendo en la misma casa que siempre había convocado a intelectuales de prestigio; pero al cambiar los anfitriones, cambiaron los contertulios. Acudieron varios compañeros de los hermanos mayores y con esta irrupción de sangre joven se formó el grupo Bloomsbury, que había de volverse famoso internacionalmente. Entre otros, asistían E.M. Foster, Lytton Strachey, Clive Bell —que casó con Vanessa— y Leonard Woolf, con quien a los treinta años cumplidos Virginia firmó el acta matrimonial.

Virginia Woolf

Nacido en 1880, Leonard fue al Colegio de San Pablo y al de la Trinidad de Cambridge. Sus excelentes notas le permitieron ser becado. De 1904 a 1911 entró al Servicio Exterior destinado a Ceilán, en el distrito de Hambatota, donde vivían unos cuantos europeos. El tiempo libre le permitió ser historiador y ensayista de tendencias liberales que lo llevaron a la Sociedad Fabiana y al Partido Laborista. Poco después de casarse hacía artículos para The Nation, periódico del que fue director sin dejar de colaborar en International Review, Contemporary Review y Political Quarterly.

En 1915 Virginia había sacado su primera novela, The Voyage Out que, a pesar de su convencionalismo y de que ya había estallado la Primera Guerra Mundial, constituyó un acontecimiento literario. Estaba lo suficientemente bien escrita para no avergonzar a su ilustre abuelo William M. Thackeray, admirado en toda su grandeza como autor de La feria de vanidades.

Publicada en 1919 por su medio hermano George Duckworth, a lo mejor cargado de culpas y convertido en editor, Night and Day siguió los caminos de su predecesora; sin embargo, Virginia quería cambiar su estilo y en 1921 sacó Monday or Tuesday, una serie de bosquejos que se tomaron como una asociación de pensamientos y que si atendemos a la página 31 de su diario, los escribió preguntándose: “¿me permitirán llegar más cerca, conservando a la vez forma y ritmo e incluir todo, todo?”. De cualquier manera empezaba a encontrar la simiente de una nueva obra. Evitaría el andamiaje, permitiría sólo algunos ladrillos a la vista y buscaría una atmósfera crepuscular; pero la pasión y el ingenio brillaban como fuego en la niebla. Esta nueva manera de expresarse se le ocurrió como ocurre con frecuencia partiendo de un detalle y casi casualmente. El argumento permanecía a oscuras. Ello no obstante, permanecía la convicción de que había aprendido un oficio que la capacitaba para ofrecer novedades a los lectores. Se dio entonces la génesis de Jacob’s Room, en 1922. Retrata a un estudiante poco hablantín de Cambridge, algo rudo e indiferente a su porvenir. La historia abarca niñez y juventud del personaje. Empieza el 3 de diciembre con Jacob Flanders jugando en la playa y termina cuando ha cumplido veintiséis años. No sucede nada trágico ni recoge un momento climático. La narración ocurre desde las mentes de diferentes personas que lo rodean y manifiestan lo que sienten y piensan sobre él al tiempo que recapacitan en los instantes fugaces de sus respectivas vidas. Aunque los escenarios recorren la costa de Cornualles, Oxford, Cambridge, Londres, Atenas, algunos pueblos de Italia o Grecia, de Jacob sólo descubrimos lo que saben o creen saber los demás. No se le juzga por sus acciones insignificantes o memorables. Se le describe gracias a las circunstancias en torno y las impresiones que causa. Es evidente que la influencia de George Meredith fructificaba en la libertad para romper moldes tradicionales. Virginia aprovechó mucho de sí misma en esas páginas agitando las aguas de la conversación para no “desperdiciar la vida” como consigna en la página 61 de ese diario suyo que tanto ayuda para esclarecer sus intenciones. Afinaba los recursos que empleó poco después, en 1925, en Mrs Dalloway, la primera de sus cuatro grandes novelas junto con To the Lighthouse (1927), Orlando (1928), y The Waves (1931), considerada por muchos su obra maestra, sin que las opiniones coincidan. Novelas con las cuales, al igual que su admirado Marcel Proust, a quien consultaba con frecuencia, y su no tan admirado James Joyce, introdujo importantes cambios en el arte narrativo. Empleaba un lenguaje que se internaba en la conciencia e imitaba sus cambios rítmicos.

La experimental Jacob’s Room le permitió buenos resultados. Si se hubiera quedado ahí, habría dejado una propuesta interesante y nada más. John Middleton Murry la creyó un callejón sin salida; pero los críticos de Bloomsbury volcaron su entusiasmo. Incluso se promovió una campaña en pro de las aportaciones de la pintura impresionista en la novela inglesa (algunos cuadros de Vanessa demuestran su fascinación por el postimpresionista Vincent Van Gogh). Jacob tiende a disolverse en la bruma, en las percepciones agudas que capturan sustancias bellas y esencias del universo y las presenta con raras cualidades etéreas vistas contra los rayos cegadores del sol. Y a partir de estas páginas, Virginia Woolf evitó la pesadez de los relatos monumentales. Enfocaba cada detalle bajo la luz de un espíritu que se expresaba luego de tener algo importante que decir. Se empeñaba en el meollo de cada minuto, en el pensamiento esencial y perturbador. Empequeñecía el mundo circundante y agrandaba cada cosa mostrándola separadamente. Esa singular revelación de los fenómenos sucesivos exponía el tramado de hechos que componen la vida en una prosa tan innovadora como las conclusiones a las que llegaba. Sus frases logran adquirir cadencias incesantes; parecidas a las olas del mar, suben, bajan, se deslizan sobre la arena. En esencia, procura expresar cuanto ven o perciben gracias a su eficacia.

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