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   NUEVA ÉPOCA | NÚMERO 82 | DICIEMBRE 2010 | ISSN EN TRÁMITE con número de folio 493 | REVISTA MENSUAL
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Cuauhtémoc Cárdenas



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Testimonios de la víctima


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Arnoldo Kraus

 

A partir de lo que Primo Levi llamó la “zona gris” en la que se mueven las víctimas y los verdugos, Arnoldo Kraus construye una meditación acerca de la necesidad de dar testimonio, de decirle no al olvido frente a los genocidios y las violaciones a los derechos humanos.

Primo Levi, superviviente del campo de concentración de Auschwitz, acuñó el término “zona gris” para referirse a la “larga cadena que une al verdugo y a la víctima”. En esa intersección, demarcada por el color gris, todo es posible: el verdugo puede convertirse en víctima, la víctima en verdugo y ambos en sus propias víctimas. Esa conversión no es mera retórica, es parte de la condición humana y reflejo del sitio que se ocupa cuando el mal toca a la puerta. Transformarse, o no, en verdugo es parte de un complejo intríngulis: hay que elegir entre las exigencias del grupo al cual pertenecen los verdugos o seguir el camino dictado por la conciencia y la educación. La bella frase, Eitam si omnes Ego nom (“Aunque los demás lo hagan y lo consientan, yo no”) no siempre prevalece.

El gris de Levi es un interludio entre lo blanco y lo negro. Su “zona gris” no es privativa de los Lager nazis: en todos los genocidios se funden odios y se entrelazan los eslabones de verdugos y víctimas convertidos en un santiamén en teselas. A diferencia del blanco y el negro, cuyas imágenes son sinónimo de totalidad, el gris nunca es la última palabra. El blanco y el negro no son colores intermedios; ni uno ni otro permiten la ambigüedad. Abarcan todo. Se es víctima (o verdugo) en lo blanco y se es verdugo (o víctima) en lo negro. El gris es un intermezzo que posibilita los vaivenes: una dosis de tinta lo convierte en negro, una dosis de gomas de borrar lo acerca al blanco.

El gris semeja las oscilaciones del péndulo; de momento se acerca al blanco, de momento se aproxima al negro, de cuando en cuando se detiene en el centro. Levi escogió el gris para nombrar los vínculos no siempre claros —no necesariamente blancos o negros— entre ser víctima y ser verdugo. El gris es un espacio inacabado; diferenciar entre lo que tiene significado y lo que es insignificante es parte de su tonalidad. La “zona gris” es una reflexión abierta; la fragilidad de la condición humana y la lucha por la supervivencia en condiciones extremas, como fue la vida en los campos de concentración o en Ruanda o en Darfur, forma parte del entramado de Levi. Los desaparecidos (asesinados) durante las dictaduras en Argentina y en Chile, así como los asesinatos en México en 1968, se inscriben también en las reflexiones de Levi.

En esa zona, explica Giorgio Agamben en su extraordinario libro, Lo que queda de Auschwitz. El archivo y el testigo. Homo Sacer III (Pre-Textos, 2009), “el oprimido se hace opresor y el verdugo aparece, a su vez, como víctima”. La “zona gris” de Levi es extrapolable, con algunos matices, a otros genocidios o a cualquier relación donde existan personas cuyas características las podrían convertir en víctimas o en ajusticiadores.

En ese vaivén, donde el lenguaje acabado del blanco y del negro choca con el lenguaje inacabado del gris, el bien y el mal se mezclan incesantemente y cuestionan.

Primo Levi  

Cuestionan cuál es el papel de cada uno de los actores y su responsabilidad en esa relación. De esa interacción surgen muchas preguntas que deben ser contestadas por quienes se ocupan de mirar el mundo a través de la ética. En ese entramado, los testimonios son instrumentos invaluables.

La “zona gris” adquiere voz en las víctimas que no callan y que se negaron a morir con tal de ofrecer su versión sobre los hechos. Testimoniar es algo más que mirar hacia atrás. Aunque duela, hablar de lo vivido permite significar el sufrimiento, recordar los nombres de los cadáveres enterrados en fosas sin nombre y sin señas; permite, asimismo, dignificar los nombres de las personas cuya historia fue borrada por los verdugos.

 

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