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   NUEVA ÉPOCA | NÚMERO 83 | ENERO 2011 | ISSN EN TRÁMITE con número de folio 493 | REVISTA MENSUAL
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Marguerite Yourcenar traduce a Palladas


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Adolfo Castañón

 

Nacido en Alejandría hacia fines del siglo IV, Palladas es una curiosa figura de esta época crepuscular y de transición, de ese interregno que asistió al fin del mundo antiguo y al triunfo del cristianismo.

De los ciento cincuenta epigramas que de él se conservan en la Antología palatina las tres cuartas partes revisten poco interés o sólo interesan como retrato de un pintor. El resto conmueve, sorprende o divierte.

Como la mayoría de los letrados de su época, todas sus fibras se adherían a la cultura antigua y en consecuencia a los dioses de Homero. Enseñaba letras en Alejandría, y tuvo ciertos éxitos en su oficio, recibió el agradecimiento del gramático Dositheos, quien le dio empleo. Falto de peculio, lo vemos “vendiendo calímacos y píndaros” para dar de comer a su mujer a la cual no quería, y sostener así su indigente pareja. En alguna parte, nos confía que estaba cansado de las cóleras conyugales, y que también estaba cansado de aburrir a lo largo de todos los años a sus estudiantes con “la cólera de Aquiles”, ese primer canto de la Ilíada de donde los antiguos extraían, para exponerlas, sus reglas gramaticales.

Marguerite Yourcenar

Este pobre tenía defectos de pobre, este rústico tenía defectos de rústico. Y pesadas alegrías de maestro de escuela; una avidez parásita para las cenas en la ciudad; recriminaciones cuando advierte que no se habían servido vinos en la mesa en que él está, o bien que la carne es de menor calidad de lo que la buena platería hubiese hecho creer. Por otra parte, este pequeñoburgués de Alejandría todavía disfruta de las migajas de lujo intelectual de una gran civilización que asiste a su propio fin. Va a ver al teatro las piezas clásicas o las pantomimas, y disfruta del agrio placer de burlarse de los actores. El noble epigrama que nos lo muestra asistiendo al curso de Hipatia, célebre matemática y filósofa, linchada en las calles de Alejandría por el populacho cristiano, se remonta sin duda, artísticamente, a sus años de estudio: escrito luego del asesinato de esta mujer ilustre, se deslizan en sus palabras la amargura y el horror.

Este griego que asistió a la persecución de los paganos por Teodosio, luego a la prohibición del culto pagano por Arcadio, registra esos cambios de régimen, del mismo modo que la mayoría de sus contemporáneos ven los hechos, a través de su pequeño lado anecdótico y de anotaciones aparentemente útiles, alternando en su caso con ellas, breves poemas inquietantes de los cuales se tratará más adelante. Hay bromas que se sienten acompañadas de una amarga mueca sobre los dioses de bronce a los que se manda a la fuente o a los que se disfraza de santos cristianos, o bien la dedicada a una cortesana, a la que dice que si no puede jurar ya sobre los doce dioses del Olimpo jurará sobre las doce prostitutas.

Odia a los monjes del desierto, falsos “solitarios” cuyas bandas armadas descendían sobre Alejandría, amotinando a lo canalla; detesta, como sin duda nosotros hubiésemos hecho en su lugar, el dogmatismo agresivo que para los no-cristianos era el aspecto más inmediatamente visible de la nueva doctrina. Sus versos sobre “los griegos”, es decir sobre los paganos (y que la misma palabra hubiere significado las dos cosas ya es una grave indicación que van sobreviviendo con estupor en un mundo donde todo lo que apreciaban parecía muerto, representan uno de los más amargos certificados que podemos tener sobre un fin de mundo).

De la misma manera en que las pequeñas tareas personales de Palladas pasan a un segundo plano (al menos para nosotros) comparadas con esa tragicomedia de una sociedad o de una religión que están expuestas con dramático cambio, de esa misma manera la amargura en presencia de una civilización moribunda se subordina en él al sentido desesperado de toda condición humana. La ausencia de ilusiones fue siempre una virtud griega: no definiremos con mayor fuerza que Solón o Theogonis el doble honor de vivir o de morir. Pero para ellos, la vida era noble al mismo tiempo que atroz. La fealdad y la indignidad de nuestro hábitat carnal, por el contrario, obsesionaban casi patológicamente a Palladas.

 

 

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