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   NUEVA ÉPOCA | NÚMERO 83 | ENERO 2011 | ISSN EN TRÁMITE con número de folio 493 | REVISTA MENSUAL
 EDITORIAL
ARTÍCULOS
UN ÁNGEL DE VISITA
Joaquín-Armando Chacón



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Fecha de última actualización Enero de 2011
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Un ángel de visita


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Joaquín-Armando Chacón

El absurdo de la existencia y la búsqueda de lo sagrado encuentran sus raras coincidencias en este relato de Joaquín-Armando Chacón —autor de la novela El recuento de los daños— pleno de alusiones a Joseph Roth, Franz Kafka y Samuel Beckett.

Era un viejo ya muy viejo. Es un santo en vida, decían aquellos que lo conocían o lo veían pasar en el atardecer, caminando con pasos tenues hacia la fonda adonde se dirigía después de su labor en el almacén. Ese recorrido lento, pausado, lo había hecho durante treinta y un años de lunes a sábado, siempre a la misma hora, siempre por las mismas calles. El viejo era bajito, delgado, de ralos cabellos, orejas y manos grandes y con un rostro siempre limpio, y todos los domingos de esas semanas, después de su visita al cementerio, también se enfilaba por las mismas otras calles del domingo, con ese caminar de pasos cortos hacia una fonda que se llamaba Las delicias de todos. En el otoño y en el invierno se ponía un antiguo chaquetón de un verde descolorido encima de cualquiera de sus tres camisas y sus dos pantalones y calzaba unos zapatones de la clase que usaban los leñadores. Cuando llegaba la primavera cambiaba el chaquetón y los zapatones por un suéter de botones al frente y unos zapatos de puntas redondeadas, siempre lustrados. Durante treinta y un años no había cambiado su hábito en el vestir. A las dieciocho horas con un minuto marcaba su tarjeta en el almacén, y palpaba las monedas en alguno de los bolsillos del pantalón para comprobar que fueran una, dos, tres: exactamente tres monedas que iba a gastar en su alimento del día. Dos minutos después ya daba sus primeros pasos en la calle, más adelante doblaba hacia la izquierda por el callejón de las gitanas estacionadas en puertas y ventanas y subía los veintisiete escalones para llegar a la ancha avenida de los robles y avanzar hasta el puente de antiguas maderas que cruzaba para dirigirse directamente hacia donde se encontraba la fonda Las delicias de todos, setenta y dos metros adelante. En el rincón izquierdo, al fondo del local, estaba su mesa, en la que por treinta y un años se había sentado durante todos esos atardeceres y donde al tomar asiento volvía a contar las tres monedas que pagarían su consumo de un café con leche, una dona de chocolate y un vasito de tequila.

Es un santo, decía la cocinera de la fonda y lo decía la mesera joven, repitiendo lo que les había dicho antes el antiguo dueño de la fonda y la mesera que había muerto cuatro años atrás, las mismas palabras que en su tiempo solían pronunciar la mamá y la tía de la cocinera. Un santo, sin duda, un santo, lo decía el bandeonista que algunas veces se daba una vuelta por esos rumbos, y lo pensaban y repetían también los otros comensales, los más antiguos y los más recientes, quienes nunca, jamás, se atrevían a ocupar la mesa del rincón en el fondo izquierdo, pues era en donde el viejo se sentaba después de cumplir con su labor en el almacén y adonde regresaba de su visita dominical al cementerio. Los chiquillos que jugaban todas las tardes un futbol callejero se burlaban de él después de chutar la pelota y le gritaban majaderías en un dialecto de sus calles, pero el viejo no les prestaba atención pues iba concentrado en las cuentas de sus pasos, así que la mayoría de las veces los chiquillos terminaban por suspender un instante su juego, antes de cobrar una falta o hacer un saque de banda y unos a otros se decían que el viejo era un santo. Un hombre santo, era lo mismo que opinaban los obreros y las obreras en el almacén y lo que el señor Anatolio mascullaba en voz baja después de entregarle las tres monedas del pago diario, como lo habían convenido hace treinta y un años el viejo y don Atulio, padre del señor Anatolio, quien a pesar de ser agnóstico y tener dos amantes, una de ellas trabajando como la contadora de su almacén, no podía dejar de decir en voz baja que el viejo era un santo, no había duda alguna, un viejo santo que todas las tardes se presentaba en la fonda Las delicias de todos para ir deleitándose a mordidas cortas de la dona de chocolate y saboreando el café con leche al que le agregaba únicamente una cucharada pequeña de azúcar. Al terminar con su alimento de todos los atardeceres limpiaba sus labios con una servilleta de papel, la doblaba cuidadosamente y la mantenía en su mano izquierda, mientras con la derecha abrazaba delicadamente el caballito tequilero, prolongando el momento de llevarlo hasta sus labios. Muchos opinaban que esa larga pausa duraba el tiempo de un rezo, otros que no era una oración sino el nombrar repetidamente, en un murmullo sin sonido, el apodo cariñoso con el cual se dirigía a la esposa fallecida treinta y un años atrás. Después de vaciar el vasito de tequila, el viejo volvía a limpiar sus labios, doblaba nuevamente la servilleta y la dejaba encima del plato donde le habían servido la dona de chocolate. Contaba una vez más las monedas: una, dos y tres: tres monedas, exactamente. Las dejaba sobre la mesa, daba las gracias a la mesera y, buenas noches, Susanita, hasta mañana, se despedía.

En la tarde siguiente de cuando había cumplido exactamente treinta y un años de asistir a esa fonda, se sintió un poco cansado a mitad del camino, por lo que de allí en adelante hizo el trayecto con mayor lentitud y con más pausas de las habituales, tratando de evitar la preocupación que le había causado el rumor de los posibles despidos en el almacén, debido a la crisis por la que atravesaba el país.

En la puerta de la fonda volvió a detenerse en cuanto la abrió: allí, en su mesa, en la segunda silla desde siempre vacía, ahora se encontraba un joven, moreno, delgado, de cabellos largos, brillantemente oscuros, sosteniendo en sus bellas manos un vasito de tequila y quien le dirigió una amplia sonrisa desde su lugar y luego, con un discreto ademán, le insistió a que avanzara, a que fuera a tomar su lugar de costumbre, incluso arrastrando un poco hacia atrás la silla que le correspondía al viejo santo, animándolo a ocuparla con el ademán, la sonrisa y la mirada.

Ángel con piedra de molino, ca. 1020

 

 

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