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   NUEVA ÉPOCA | NÚMERO 83 | ENERO 2011 | ISSN EN TRÁMITE con número de folio 493 | REVISTA MENSUAL
 EDITORIAL
ARTÍCULOS
UN ÁNGEL DE VISITA
Joaquín-Armando Chacón



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Fecha de última actualización Enero de 2011
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Un ángel de visita
Joaquín-Armando Chacón

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—Por favor, tome asiento, ya van a traerle su café con leche, la dona de chocolate y el vasito de tequila —la voz del joven era suave, de tonos modulados—, y disculpe mi atrevimiento, yo también he pedido un tequila para acompañarlo y se lo he pagado por adelantado a la cajera para no provocar ninguna confusión. Bien sé que ésta es su mesa de siempre, en donde frente a ella ha tomado asiento durante muchos años, exactamente treinta y un años sin faltar un solo día, y la que nadie más ha ocupado, hasta ahora —el atractivo joven hizo una pausa, cubriéndola con una suave sonrisa y el destello de su mirada, mientras la mesera colocaba frente al viejo la taza con café y leche, el plato con la dona de chocolate, la blanca servilleta y el vasito lleno hasta el borde con el tequila. Y una vez que se alejó, el musical tono de la voz del joven volvió a dirigirse al viejo—: No se preocupe, por favor, y escúcheme, tengo poco tiempo para darle mi mensaje: Yo soy su ángel de la guarda. Sí, no se asombre: existimos, para guiarlos y acompañarlos. Ahora se me ha permitido llegar hasta usted por un muy breve tiempo, ya que ha mantenido una vida ejemplar durante treinta y un años, sin mancha alguna, perfecta, única, la cual me ha brindado este espléndido privilegio jamás gozado por ninguno de mis compañeros. Ah, este privilegio del cual únicamente habíamos escuchado referir como un acontecimiento bastante lejano y confuso, incluso más lleno de leyenda que de verosimilitud, pero del cual yo ahora puedo constatar y dar fe, por lo que dejémonos de nostalgias y vayamos a nuestro asunto. Conozco su existencia al dedillo: a la salida del Sol se levanta, prepara su pocillo de café y utiliza el agua sobrante para rasurar su barba y bigote, después se ducha con agua fría, sea la época del año que sea, escoge uno de sus dos pantalones y la camisa que va a utilizar. Y sé que la de cuadritos azules es la que más le gusta, pero a pesar de eso no cambia el orden de su puesta. Sale puntualmente rumbo a su trabajo, adonde llega antes que nadie para cumplirlo honestamente y sin distracciones durante toda la semana, de lunes a sábado, al fin de la jornada recorre las mismas calles, sin apartarse de su rumbo trazado —ni siquiera en aquel tiempo en que las dos gitanillas, cuando eran aún jóvenes terminaron por ofrecerle con insistencia todos los escondrijos de sus placeres hasta regalados, no, jamás, ni siquiera una mirada a esas blusas de encaje y los faldones turquesas y rojos con los adornos de oro y lo que descubrían desabotonadas o arremangados—, para luego venir a esta fonda a degustar su dona de chocolate, beber su café con leche con una cucharadita de azúcar y enseguida contar los segundos que puede aguardar antes de decidirse a probar su tequila. Después de deleitarse con su sabor, maravilloso placer que se concede, se retira a su casa, donde lustra sus zapatos, pone en orden sus utensilios, limpia de polvo muebles y rincones y se acuesta a dormir plácidamente después de su oración nocturna. Los domingos también se levanta a la salida del Sol y repite su ritual de la semana, pero en esas mañanas también zurce cualquier desperfecto en los calcetines, limpia las pelusitas de su suéter, plancha y ordena sus pantalones y camisas y lava su ropa interior antes de salir, sólo que en lugar de dirigirse al almacén lo hace a los terrenos de la iglesia, aunque nunca entra en ella, pero eso finalmente no tiene la menor importancia, para encaminarse al cementerio, donde da vueltas por los corredores hasta decidir ir a sentarse frente a la tumba de su esposa, su querida “Pequitas”. Perdón, pero así es como usted la nombra: “Pequitas”. Y a ella le cuenta sus actividades de los días pasados, sus caminatas, su labor en el almacén y los segundos que contó cada día antes de animarse a probar el tequila. Cuando es la hora, se despide de ella y se dirige a esta fonda, donde ya lo espera su café con leche, la dona de chocolate y el vasito de tequila.

El séptimo ángel del Apocalipsis proclamando el reino del Señor, ca. 1180

Día a día durante treinta y un años, sin cambio alguno, sin queja, y por lo tanto y a instancia mía se me ha permitido venir este día a concederle un favor, un deseo, así que pídamelo y se lo concederé.

El viejo lo había escuchado con una excitación que fue calmando poco a poco, hasta conseguir la naturalidad de su respiración y el sosiego de sus manos estrujando la servilleta de papel, por lo que ahora se dedicó a suavizarle sus arrugas sin apartar la mirada de los ojos brillantes de su acompañante.

—Por favor, amigo mío muy querido, apúrese en pedirme aquello que desea. Tengo poco tiempo y, además, esta tarde usted se ha retrasado un poco más que de costumbre, aunque yo estaba seguro que no faltaría a la cita. Dígame lo que desea y yo se lo concederé. Por favor, apúrese, que los segundos vuelan.

El viejo aún perdió un minuto y doce segundos más en silencio, confundido en su interior, siendo apurado ansiosamente dos veces más por el joven al otro lado de la mesa, y finalmente se decidió.

—Bueno, yo sólo quisiera... —carraspeó nerviosamente—, si no es molestia y no es mucho pedir...
—Sí, viejo, dígamelo, apúrese, se me acaba el tiempo.
—Pues yo únicamente me atrevo a pedirle que, por favor, en lo que me resta de vida nunca me falte aquí la dona de chocolate, el café con leche con una cucharadita de azúcar y mi vasito de tequila. Eso es lo que le pediría.

Los ojos del ángel brillaron resplandecientemente y su sonrisa pareció darle una nueva luz a ese rincón de la fonda.

—No tenía ninguna duda. Es usted un alma pura, estaba seguro, por ello se me concedió el venir a verlo y concederle lo que me pidiera. No me ha defraudado y su humildad me llena de gozo.

El ángel siguió sonriéndole con entusiasmo y se atrevió a palmearle un hombro antes de tomar su vasito de tequila y beber el contenido de un trago.

—Ahora tengo que irme, ya es hora —le dijo el ángel de la guarda con una voz ansiosa de agradable armonía—, pero no se preocupe, viejo, pues le aseguro que en el resto de su vida no le faltará su dona de chocolate, el café con leche y su vasito de tequila. He venido preparado y aquí le dejó estas seis monedas, nuevecitas, redondas y relucientes. Así es que hasta pronto, mi estimado viejo, y que le vaya muy bien.

 

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