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   NUEVA ÉPOCA | NÚMERO 83 | ENERO 2011 | ISSN EN TRÁMITE con número de folio 493 | REVISTA MENSUAL
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Joaquín-Armando Chacón



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César Vallejo y César Moro. Bajo la lluvia parisina


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Philippe Ollé-Laprune

Dos gigantes de la poesía peruana se encuentran en este texto de Philippe Ollé-Laprune: César Vallejo, el poeta mestizo y pobre, autor de Los heraldos negros y Trilce, y César Moro, el poeta surrealista que, a pesar de haber escrito un libro en español, La tortuga ecuestre, eligió el francés como su lengua de expresión. El exilio y la extraterritorialidad recorren este ensayo que alumbra la obra de los Césares de la lírica latinoamericana.

César deja Perú por París en 1925, tiene ventidós años. César deja Perú por París en 1923, tiene treinta y un años. La poesía es o será el centro de su creación. César escapa de su país, de su provincialismo y de la constante amenaza del poder. Esta fuga toma la forma de una búsqueda: vivirá por muchos años en la capital francesa, en condiciones miserables, disfrutando de un momento particularmente brillante de la Ciudad Luz. Podrá perderse y esconderse, según su ánimo. Desde su país de origen sumergido en la oscuridad —es así como lo percibe durante su juventud—, adivina las luces y logra irse sin buscar forzosamente el triunfo en el extranjero; no está listo para aceptar los compromisos inherentes a esta empresa. Coloca el arte en un nivel tal que no puede más que estar al servicio de un éxito pasajero; su escritura no puede expresar nada más que su rebeldía. César es un insumiso para quien la insubordinación fundamental se traduce en su relación con el lenguaje, corazón de su creación, en el compromiso político y sobre todo en su eterna necesidad de pureza nunca satisfecha.

César muere en la miseria, destruido por la enfermedad y el agotamiento, propios del destino de esa intensidad. Publicó muy poco durante su vida. César se adhiere a la realidad con dificultad y, como todos los grandes exiliados, aun mientras reside en su país de origen, tiene un inmenso sentimiento de distanciamiento con esta realidad. Su estancia parisina le dará nuevos elementos para avanzar en su obra y fortalecer la consistencia de su trayectoria. Pero esta historia mítica hecha de sueños y de indigencia, de búsqueda de lo absoluto y de rebelión infinita, es demasiado densa y tan poderosa que no puede ser enunciada en singular. César no es único, es por lo menos dos. Dos destinos que están contenidos de la misma manera en las palabras que preceden, dos aventuras que comparten lo esencial, dos obras que se tocan dándose la espalda. Ya que estos dos poetas son como las dos caras de una misma moneda, dos formas de sublevarse contra lo existente, con una dignidad cargada de profundidad, y de dar una forma personal a ese rechazo sin concesiones. El más joven, Moro, primero busca expresarse por medio de la pintura; después tuvo la tentación de la danza. Vallejo, el mayor, conoció un merecido reconocimiento por la publicación de Los heraldos negros en 1919, pero el hermetismo de su segundo y extraordinario libro: Trilce (1922) lo arrincona en la necesidad de enfrentarse a otro lugar más estimulante y más abierto. Aun cuando la causa de su partida a Francia está más ligada a amenazas de orden político, la coherencia de su trayectoria no puede más que invitarlo a este éxodo.

Las fotografías de estos dos Césares son sorprendentes. Se tienen muy pocas imágenes de estos dos hombres, pero cada uno lleva en su rostro la huella de una personalidad poco común. Moro arde en una flama interior que se percibe intensa, tiene una mirada febril, como devorando lo que lo rodea y que invita a engullir la realidad. Es resplandeciente, como habitado por un carisma que induce a la conquista. No siempre está sonriente, pero la forma de su presencia lleva, sin duda alguna, a la seducción. Parece presentarse ante la vida con todo su ser.

Vallejo es célebre por uno de sus retratos fotográficos, imagen ahora considerada como uno de los iconos poéticos de nuestro tiempo. Tiene una mirada perdida, la cual no se sabe si observa al infinito o escudriña su propio interior. O tal vez el poeta tiene la capacidad de sobreponer estas dos acciones, de saber por instinto que esos dos infinitos se asemejan extrañamente y pueden incluso confluir. La imagen es sobrecogedora: el mentón apoyado sobre la palma de la mano derecha doblada, el bastón sujetado con la otra mano, el sombrero colocado sobre la rodilla izquierda, ésta también doblada.

Más que una ausencia, se advierte una distancia, una manera de ser en el mundo que mezcla lucidez, espanto e ironía. Pero se ve también la tristeza nostálgica de un hombre que tan sólo aspira al “otro lugar”, que conserva el sueño acallado de una evasión posible. La personalidad del poeta es más compleja que esas impresiones, y él pondrá su vida y pluma al servicio de las causas políticas tan ancladas en la realidad que excluyen la tibieza o el malestar existencial.

Los dos Césares tienen destinos cercanos: los puntos en común se multiplican, pero sus diferencias se afirman como una declinación de las posturas posibles de la búsqueda del escritor latinoamericano en Europa. No tienen nada de un Rastignac de las letras; no aspiran más que a nutrir su escritura de experiencias y creaciones del viejo continente. Nutren el respeto por lo logrado, que caracteriza a Europa, y la atmósfera abierta que ignora el provincialismo.

César Vallejo
César Moro

César Moro es el pseudónimo que toma un joven peruano que aspira a convertirse en artista. Su nombre es Alfredo Quízpez Asín. Nació en 1903 en Lima en el seno de una familia burguesa, criolla y culta. Aspira al “otro lugar” desde muy temprano, estudiando la pintura y lengua francesa. Tiene apenas veinte años cuando lleva a cabo un acto que es una forma de insurrección personal: cambia de nombre. Como si rechazara la existencia y la identidad que le fueron dadas, adopta el nombre de César Moro, que tendrá mucho cuidado en legalizar. No se trata de un pseudónimo ni de una firma como artista, sino más bien, es la afirmación de haberse convertido en “otro”. Escribe a su hermano para anunciarle este vuelco y justifica su elección al declarar que encontró ese patronímico en una novela de Gómez de la Serna. Se busca una identidad que lo ligue a la ficción, que lo vuelva un poco irreal. César está doblemente en el campo de la invención, ya que no hay ningún personaje del escritor español que lleve ese nombre. El joven busca explicar su proceder al adherir a un escritor respetado en su argumento. Y va a escapar también del destino, según él, volverse diferente y adoptar la postura más radical que se pueda imaginar: cambia de nombre, de disciplina artística, de país e incluso de idioma. Moro es un caso extraordinario: con un nuevo patronímico anuncia el nacimiento de un artista y pasa de la adolescencia a la edad adulta. Así pues, toma el barco de vapor Oropesa y desembarca en Francia, en pleno verano. Expone sus lienzos en Bélgica, después en París y recibe críticas sobre todo elogiosas que son retomadas por la prensa peruana. Cuando se expresa acerca de sus obras, el crítico De Miomandre ve en ellas “un no sé qué de gravedad melancólica, que es característica del alma indígena”. Es difícil ver en Moro a un heredero de la cultura inca, pero es más difícil en esa época (y hoy en día tal vez). escapar a los clichés. Sin embargo, la “gravedad melancólica” penetra claramente sus lienzos y Moro mantendrá siempre una relación entusiasta y admirativa con el pasado prehispánico.

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