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   NUEVA ÉPOCA | NÚMERO 83 | ENERO 2011 | ISSN EN TRÁMITE con número de folio 493 | REVISTA MENSUAL
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Friedrich Katz: Encomio de la amistad


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Enrique Semo

 

A menudo las amistades nacen de encuentros fortuitos y con el tiempo se convierten en fértiles complicidades. En este discurso pronunciado por el sociólogo mexicano Enrique Semo en la Universidad de Columbia durante el homenaje a Friedrich Katz (1927-2010) el 4 de noviembre pasado, el autor de Viaje alrededor de la izquierda y de la Historia del capitalismo en México, entre otras obras, recorre los pormenores de una amistad intelectual y familiar, y exalta con justicia la figura de Katz, cuyos libros —que incluyen títulos como La guerra secreta en México y Pancho Villa— han iluminado con sabiduría la comprensión de la historia de nuestro país.

Mis primeras palabras van dirigidas a la familia de Friedrich Katz con quien mi familia y yo hemos convivido intensamente en algún u otro momento de nuestras vidas. Jana, su esposa de toda la vida, que en una de las últimas conversaciones que tuve con ella, me decía que no tiene ningún malrecuerdo de Friedl y eso es mucho decir de un marido con quien se ha compartido más de medio siglo de vida. También dijo que durante los meses de su enfermedad hasta que estuvo consciente nunca se quejó ni expresó la desesperación que sobrecoge a muchos ante la presencia obstinada de la muerte. Yo tengo la misma impresión de los días que pasamos juntos en Filadelfia. Resolvimos los problemas del mundo, hablamos de historia y de nuestras familias, incluso hicimos uno que otro plan sobre el futuro. Comparto la pena de Jana quien deberá rehacer su vida rodeada de recuerdos imborrables.

A Leo, el hijo mayor, portador del nombre del abuelo, profesor universitario, que tuvo con Friedrich relaciones de niño, adolescente y adulto, periplo no siempre fácil y que demostró un gran cariño y nobleza de carácter.

A Jackie, que siempre le dio el cariño que se espera de una hija y cuyo comentario más reciente lo calificó como el mejor de los padres.

Y a sus nietos que lo extrañarán mucho.

A su duelo agrego el mío y el de Margarita, mi esposa. Siento lo que siente un viejo camarada por el deceso de su mejor amigo con quien había compartido ideas, trabajos y días llenos de cariño, de agradecimiento, de acuerdos y desacuerdos, desde la adolescencia.

No repetiré la información autorizada y la valoración de la vida y obra de Friedrich Katz que John Coatsworth, John Womack Jr., Enrique Florescano, Cuahtémoc Cárdenas, Peter Guardino, Brígida Von Mentz, Carlos Martínez Assad y Mauricio Tenorio hacen en el primer capítulo de Revolución y exilio en la historia de México, en gran parte nueva y a veces original para mí.

No es sino hasta ahora que me doy cuenta cabal de lo que nos unía tan fuertemente y de lo que ahora me hace sentir un vacío que no tiene remedio. Katz y yo éramos de esta generación de sobrevivientes que Amos Oz describe tan finamente en su novela autobiográfica A Tale of Love and Darkness. Es una amistad basada en las mismas experiencias dramáticas vividas desde niños. Del enfrentamiento con ellas y de la capacidad intelectual y física de sobrevivir, de no perder la vida, la dignidad, ni la esperanza.

Friedrich Katz

Mi primer encuentro con él fue el de dos adolescentes emigrantes. Él había llegado a México expulsado de Alemania, Francia y Estados Unidos en 1940. Yo arribé en el barco Santomé, de Lisboa, después de haber sido expulsado de Bulgaria y de una estadía precaria de dos años en Marsella, la gran Casa Blanca del sur de Francia. Mi padre, mi madre y yo habíamos salido de Marsella en junio de 1942 y los alemanes invadieron la parte no ocupada de Francia en noviembre del mismo año. Es decir, salimos de ahí cinco meses antes de una muerte segura. El niño refugiado de guerra tiene una psicología especial, una psicología que se construye sobre el recuerdo de imágenes de varios países violentamente sobrepuestas y de una terrible inseguridad que crea el cambio constante en medio del peligro. No éramos como todos los niños. Comentábamos con sorpresa el equilibrio, la serenidad, la capacidad de gozar el hoy sin hacerse preguntas sobre el mañana de los niños de clase media mexicana con los que estábamos en contacto. ¿Cómo se produjo el encuentro? Yo era miembro de una organización socialista sionista que existe hasta hoy y se llama Hashomer Hatzair, “El joven guardia”, que tenía por objetivo crear en Israel comunas agrícolas totalmente igualitarias y luchar por un Israel socialista. El adolescente Friedl era hijo de comunistas militantes. Pero su mamá en su primera juventud había sido miembro de esa organización, como lo recuerda Womack e incluso —dicen sus familiares— fue novia del que después sería su dirigente principal, Meir Yari.

Como entre los refugiados alemanes había pocos niños de su edad, sus padres decidieron que mientras tanto participara en esa organización. Y así vino mi amigo con su acordeón en el cual tocaba sobre todo canciones revolucionarias de la Guerra Civil española: “Los cuatro generales”, “La quinta brigada”, etcétera, a participar en campamentos y actividades sociales. Un clic se produjo, aun cuando yo era tres años más joven y como sucede frecuentemente a esta edad y en esa condición de transterrados, floreció la amistad. Compartíamos la pasión por la lectura y éramos partidarios de la polémica. Los temas eran Marx, el socialismo y el destino de los judíos que recién habían sufrido el holocausto, del cual nos salvamos por una de esas suertes que desafían las probabilidades estadísticas. Rápidamente noté la amplitud de horizontes de mi amigo y la riqueza de la cultura judía libertaria del centro de Europa donde había crecido. Yo era hijo de una familia búlgara de clase media en la cual existía gran admiración por la cultura alemana y austriaca hasta el año de 1933 cuando los primeros maestros nazis comenzaron a llegar a la escuela alemana de Sofía. Friedrich tenía entonces veinte años, había sido educado en la atmófera de la tradición libertaria a la cual pertenecían George Lukács, Erich Fromm, Walter Benjamin, Franz Kafka, Martin Buber y más tarde Eric Hobsbawm. Además en su familia se hablaba el yiddish y yo pertenecía a otra familia en la que se hablaba el judesmo o ladino (el antiguo español). Mi padre era de Russe o Ruschouk, como se llamaba la localidad durante el imperio otomano, situada al borde del Danubio que miraba hacia Rumania y que estaba del otro lado. La cuarta ciudad de Bulgaria era famosa por su puente al país vecino de donde era originario el padre de Katz, Leo.

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