Directorio
   NUEVA ÉPOCA | NÚMERO 86 | ABRIL 2011 | ISSN EN TRÁMITE con número de folio 493 | REVISTA MENSUAL
 EDITORIAL
ARTÍCULOS
CARTAS DE UNA AMISTAD LETRADA
Álvaro Matute Aguirre
LA DERROTA DE OBAMA
Samuel Schmidt
MISCELANEA POÉTICA
Varios Autores



Sitio optimizado para resolución de 800 x 600
Fecha de última actualización Abril de 2011
2007 D.R. Universidad Nacional Autónoma de México
Se prohíbe la reproducción total o parcial
de los artículos sin la autorización por escrito de los autores
Coordinación de Publicaciones Digitales,
Dirección General de Cómputo y de
Tecnologías de Información y Comunicación

Reserva de derechos al uso exclusivo del título:04-2008-050717072200-203





Karl Popper y Mario Vargas Llosa:¿Igualdad o libertad?
Eloy Urroz

4/4

En resumen, Popper reconoce que “si Marx hubiera tenido en cuenta estas derivaciones, habría repudiado la teoría moral historicista”. Y a continuación reconoce que “no fue un juicio científico sino un impulso moral —el deseo de ayudar a los oprimidos, el deseo de liberar a los miserables trabajadores explotados desvergonzadamente— el que condujo a Marx al socialismo” (p. 419). Popper explica cómo “de todos los ideales políticos quizás el más peligroso sea el de querer hacer felices a los pueblos pues lleva invariablemente a la tentativa de imponer nuestra escala de valores ‘superiores’ a los demás, para hacerles comprender lo que a nosotros nos parece de la mayor importancia para su felicidad […] Lleva al utopismo y al romanticismo. Todos tenemos la plena seguridad de que nadie será desgraciado en la comunidad hermosa y perfecta de nuestros sueños […] La tentativa de llevar el cielo a la tierra produce como resultado invariable el infierno” (p. 450). Por otro lado, esgrime Popper, es el dolor, el sufrimiento, la injusticia y su prevención los auténticos problemas de la moral pública, como ya he citado antes. De aquí hay solamente un paso más para comprender la relación estrecha que he querido traer a colación entre Popper y el cambio político-social experimentado por Vargas Llosa hacia 1980 tras la lectura de La sociedad abierta y sus enemigos: ambos marxistas en su juventud, pronto sin embargo, se desencantan de la doctrina materialista de la lucha de clases por el inevitable ingrendiente oraculartotaliario que esta teoría conlleva, poco más tarde se vuelven paulantinamente demócratas socialistas, y al final, profundamente liberales. (Los denostadores de uno u otro prefieren, no obstante, decir “neoliberales” sabiendo que el término, aparte de insustancial, evoca, en Latinoamérica al menos, el odiado vocablo “neoconservador”, lo cual es evidentemente tramposo al hablar de Popper o Vargas Llosa). En resumen: podemos decir que ambos se vuelven neoliberales sólo en materia económica, defensores de un mercado libre moderada y racionalmente “intervencionista”, pero inclinados hacia una izquierda social instransigentemente respetuosa de los derechos y las libertades individuales. Es decir, lo contrario de lo que Popper definiría como mercado libre “sin trabas”. Prestemos atención, si no, a la sutilísima matización que el filósofo establece entre “mercado libre” y “control de mercado” reconociendo, al mismo tiempo, que la distinción conlleva un problema altamente paradójico:

El mercado libre, que en el texto sólo mencionamos en su aplicación al mercado laboral, es de enorme importancia. Generalizando lo dicho, podemos expresar que la idea de un mercado libre es altamente paradójica. Si el Estado no interviene, entonces pueden hacerlo otras organizaciones semipolíticas, como los monopolios, los trusts, los sindicatos, etcétera, reduciendo la libertad de mercado a una ficción. Por otro lado, es en extremo importante comprender que sin un mercado libre cuidadosamente protegido, todo el sistema económico debe dejar de servir a su único fin racional, esto es, el de satisfacer las exigencias del consumidor. Si el consumidor no puede elegir; si debe tomar lo que el productor le ofrece; si éste, ya sea productor privado, el Estado, o un departamento comercial, es dueño del mercado, en lugar de serlo el consumidor, entonces sucederá que el consumidor estará sirviendo al productor a manera de abastecedor de dinero y recolector de basuras, en lugar de ser el productor quien sirva las necesidades y deseos del consumidor. Nos enfrentamos aquí con un importante problema de ingeniería social: el del control de mercado, pero de tal modo que no impida la libre elección del consumidor y que no elimine la competencia entre los productores para bien del consumidor. La “planificación” económica que no persigue la libertad en este terreno habrá de conducir a una peligrosa vecindad con el totalitarismo (p. 753).

Karl Popper
Mario Vargas Llosa, 1967
Karl Popper
Mario Vargas Llosa, 1967

Popper deja clara su posición, la cual, presumo, es semejante a la que Vargas Llosa ha suscrito en textos como el citado “Entre la libertad y el miedo”: requerimos un “control de mercado”, sí, pero de modo que no impida o coaccione la libre elección del consumidor. Es el consumidor el que, a la postre, otorga todo su sentido a una economía de mercado. Debemos, por consiguiente, protegerla tanto como debemos proteger la libertad del consumidor, sobre todo por encima del interés del productor (llámese Estado o productor privado) que preferiría obviamente no tener ningún competidor. El Estado debe, por lo mismo, proteger un “mercado libre” independiente de él pero también debe intervenir en él, ambas cosas a la vez por más que ambas sean irreconciliables y altamente paradójicas. Cualquier alternativa que no persiga, a fin de cuentas, la libertad como fin supremo corre el peligro de llevarnos por terrenos próximos al totalitarismo. Aducir (fingir) igualdad machacando las economías de mercado es nuevamente la falacia de las utopías dictatoriales y los Estados burocratizados. Conviene, por otro lado, precisar aquí los distintos tipos de “intervencionismo” que Popper distingue en otro apartado de La sociedad abierta: “Me permito sugerir el empleo de la expresión ‘capitalismo sin trabas’ para designar aquel periodo que Marx analizó y bautizó como ‘capitalismo’, reservando el nombre de ‘intervencionismo’ para nuestro periodo actual” (p. 735). A continuación Popper distingue tres tipos de capitalismo “intervencionista”: el colectivista de Rusia, el democrático de Suecia y las democracias menores y el New Deal de Estados Unidos. Ni qué hablar que Popper se inclina por una democracia “intervencionista”, lo que hoy llamarían los demócratas liberales norteamericanos un mercado libre “regulado”. En una entrevista que le hiciera Jesús Mosterín poco antes de su muerte, Popper confiesa:

I continue to appreciate the humanitarian ideals of socialism. The important aspect of equality is that every human being should be under the law. If one tries to establish other kinds of equalities, take for instance equality of color, then that can only be realized through violence. If one wants to establish the equality of income that can only be accomplished through a great strengthening of the State and through a great control of the private lives of citizens by bureaucrats. Each increase of equality is paid for by a decrease in liberty (p. 35).

La última línea, creo, no deja lugar a dudas y a su vez esclarece la posición vargasllosiana ante el dilema igualdad/ libertad que vengo desarrollando: cualquier aumento de la igualdad se paga siempre al precio de la libertad. Como bien señala Kristal:

In the 1970’s Vargas Llosa distanced himself from his socialist ideals, but he had not yet reoriented his political position. In the 1980’s, as a result of assessing his own experience couple with his wide reading in the works of Berlin, Popper, Braudel, Revel, and others whose views challenged the authoritarian structures implicit in socialism, his new political position became clarified. He became to deplore any kind of authoritarian regime and became an outspoken advocate of free market democracy […] Socialism, authoritarian in essence, became odious to him, and democracy, anchored in the notion of a free market, became his political framework (p. 109).

Dicho lo anterior no debería ser una sorpresa para nadie que el escritor peruano hubiese declarado recientemente en su artículo para El País que:

Esta mañana he vivido una vez más esa sensación de asco e ira, viendo al risueño presidente Lula del Brasil, abrazando cariñosamente a Fidel y Raúl Castro, en los mismos momentos en que los esbirros de la dictadura cubana correteaban a los disidentes y los sepultaban en los calabozos para impedirles asistir al entierro de Orlando Zapata Tamayo, el albañil opositor y pacifista de cuarenta y dos años, del Grupo de los 75, al que la satrapía castrista dejó morir de hambre —luego de someterlo en vida a confinamiento, torturas y condenarlo con pretextos a más de treinta años de prisión— tras ochenta y cinco días de huelga de hambre. Cualquier persona que no haya perdido la decencia y tenga un mínimo de información sobre lo que ocurre en Cuba espera del régimen castrista que actúe como lo ha hecho. Hay una absoluta coherencia entre la condición de dictadura totalitaria de Cuba y una política terrorista de persecución a toda forma de disidencia y de crítica, la violación sistemática de los más elementales derechos humanos, procesos amañados para sepultar a los opositores en cárceles inmundas y someterlos allí a vejaciones hasta enloquecerlos, matarlos o empujarlos al suicidio. Los hermanos Castro llevan cincuenta y un años practicando esa política y sólo los idiotas podrían esperar de ellos un comportamiento distinto.

Karl Popper
Karl Popper

Esta suerte de valientes declaraciones políticas (nos gusten o disgusten) no pueden sino hacernos cuestionar un punto: ¿de verdad Vargas Llosa ha abdicado, como dicen sus defenestradores, en su lucha por los oprimidos, los pobres, los sin voz, los torturados y vejados por los totalitarismos y las dictaduras, o bien se trata de todo lo contrario? ¿No es quizá desde otra trinchera (otra posición política diametralmente opuesta a la de la izquierda ortodoxa) desde la que ha querido, desde hace treinta años o más, hacer constar su indiganción y vergüenza por los atropellos a los más elementales derechos humanos que no existen, por ejemplo, en Cuba? Sus críticos e impugnadores (si racionales y bienintencionados) deberían dar al novelista el beneficio de la duda en este aspecto: Vargas Llosa sigue claramente luchando (al igual que en la década de los sesenta) por los desfavorecidos y oprimidos a través de sus declaraciones públicas, sus ensayos y novelas. Que no les guste a muchos su posición popperiana a rajatabla (no hay ni habrá equidad sin libertad) es algo muy distinto. No reconocerlo es simplemente infringir en el más elemental irracionalismo ideologizado. No reconocer su valor y entrega a la causa de los verdaderamente lastimados y no a la causa oracular de los abstractos fines revolucionarios que exigen hecatombes humanas para su consecución al final de la historia es vivir adoctrinado y no poder hacer uso del pensamiento crítico. Un racionalista podría perfectamente discrepar con Vargas Llosa, pero no puede ningunear y desconocer su comprometida posición social y política. En este sentido, Popper argumentaría a favor de la indignada declaración vargasllosiana que “el racionalismo se halla vinculado con el reconocimiento de la necesidad de instituciones sociales destinadas a proteger la libertad de la crítica, la libertad de pensamiento, y de esta manera, la libertad de los hombres” (p. 451), todo lo que no existe en Cuba. No es, pues, tarea del Estado proporcionar felicidad a los hombres al precio de aplastar su disidencia, su apetito y deseo de cambio, su visión crítica y su libertad. La tarea del Estado es garantizar la libertad individual y no su felicidad colectiva (como quisieran Platón, Hegel, Franco o Fidel). El Estado debe sólo mitigar el sufrimiento y el dolor de la colectividad y no lo contrario; no debe, bajo ninguna circunstancia, aumentar ese calvario mermando a los ciudadanos de su libertad y sus derechos bajo el pretexto de una felicidad utópica. El racionalismo es, en este sentido, una ética política realista para Popper, lo mismo que para Vargas Llosa: protege la libertad del pensamiento, sin la cual no habría instituciones democráticas que la defendieran. Son estas instituciones a su vez las que permiten un espacio para la libertad humana y la posibilidad de discrepancia. Una abreva indisolublemente de la otra. Destruir la crítica es entonces el mejor método para acabar con la libertad y por tanto con cualquier posible democracia puesto que, insisto, no existe democracia sin libertad crítica y sin libertad de pensamiento. Imaginar lo contrario es superchería y demagogia. No puede el Estado, bajo el ardid de imponer la felicidad a los individuos, quitarles su libertad. Ésa nunca ha sido su tarea. Acaso sea su deber tan sólo lograr una “racionalización de la sociedad”, una “planificación con miras a la libertad”. Todo lo anterior, supongo, lo entendió Vargas Llosa profundamente hacia 1980, si no es que antes. Todo esto tuvo necesariamente que modificar el punto de vista de sus novelas a partir de La tía Julia y el escribidor y La guerra del fin del mundo. Sin dejar de buscar siempre el producto artístico autónomo y la conciencia formal en cada una de ellas, hay, es cierto, un contenido social insoslayable, un contenido que podrá tal vez haber cambiado, pero que no ha dejado por ello de comprometerse con su propia conciencia. Su genio ha estado, no obstante, en no haber supeditado jamás el arte de la ficción a una consigna social o moral. Lo que hace perdurable sus grandes novelas es finalmente la intrínseca combinación de ambas, su posición ética frente a los problemas sociales del mundo y su irrefutable vocación de artista. Sin la ardua elección que probablemente fuera para él apostar por la libertad sin cortapisas, otros hubiesen sido sus libros.

siguiente Regresar