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El fenómeno de la saga de Harry Potter, de J.K. Rowling, es uno de los acontecimientos editoriales más espectaculares de los últimos tiempos. En una era en la que se anuncia el ocaso del libro, ha convocado a las nuevas generaciones a una decidida apuesta por la lectura y ha renovado la literatura fantástica llevándola a dimensiones inéditas. Guillermo Vega Zaragoza explora esa zona donde el mito, la magia y el arquetipo del héroe se funden para comprender la importancia de este clásico instantáneo de la ficción contemporánea.
A Verónica Murguía, Maricarmen y Daniela
¿Cuál es la causa del éxito arrollador de la serie de libros sobre las aventuras de Harry Potter escritos por la escocesa J.K. Rowling? ¿Qué les dice a buena parte de los niños de este mundo globalizado que las miles de horas que han pasado ante las caricaturas de la televisión y las películas de Walt Disney no les hayan dicho ya? Podría pensarse que se trata de un fenómeno mercadológico, fugaz e intrascendente, que morirá en cuanto se acabe la temporada y llegue otro fenómeno y así, sucesivamente, como ha sucedido y seguirá sucediendo con los productos que pone en el mercado la industria del entretenimiento.
Pero es de sospecharse que con los libros de J.K. Rowling no sucederá así. La autora no pensó en sus libros únicamente como una obra comercial. Desde luego que deseaba tener éxito, como todo creador que espera que su obra sea conocida y reconocida, pero lo sucedido con Harry Potter ha rebasado todas las expectativas concebibles, al grado de que la ha convertido en la segunda mujer más rica de Inglaterra (después de la reina Isabel), con una fortuna de más de un mil millones de dólares, y, junto con Stephen King, en uno de los dos escritores que califican como los más poderosos en el mundo del entretenimiento, de acuerdo con la revista Fortune.
No obstante, lo que más sorprende es que se trate de un producto que, ante la avalancha multimedia, Internet y los videojuegos, se supone es de lo menos atractivo para ser vendido al público infantil y juvenil: un libro. ¡Y además con puras letras y nada de dibujitos! ¡Y algunos hasta con setecientas páginas! Se ha convertido en leyenda la forma en que Joanne Kathleen Rowling (su nombre completo, pues la editorial le pidió que lo abreviara, para que pensaran que era hombre: ¿cómo era posible que una señora, maestra de secundaria, por demás, anduviera escribiendo historias de magos y brujas?) escribió el primer volumen de la serie: Harry Potter y la piedra filosofal (que es como se llama originalmente, pues los editores norteamericanos pensaron que si un libro para niños contenía la palabra “filosofal” no les iba a llamar la atención; no fueran a pensar que era aburridísimo. Por eso le pusieron Harry Potter y la piedra del hechicero. ¿Se va dando cuenta el lector de la multitud de prejuicios idiotas que campean el mundo editorial?): madre soltera con una hija de meses y sin un clavo, se le ocurrió la idea base de los siete libros durante un viaje en tren. En llegando a Edimburgo, donde reside aún, se puso a escribir, dejando a su hija dormida en casa mientras ella se iba a escribir a un cafetín de la esquina. Rechazada por una docena de consorcios editoriales, finalmente la compró la entonces pequeña Bloomsbury Press, no sin ciertas reticencias, pues no fue hasta que obtuvo el prestigiado National Book Award del Reino Unido y entró a la lista de los más vendidos en la New York Times Books Review, que empezó a ser tomada en serio, al grado de que cada uno de los siete libros de la serie han merecido reseñas profundas y serias en diversas publicaciones literarias, en lugar de relegarlas a la sección de libros infantiles, donde la crítica es prácticamente inexistente (lo cual es perfectamente explicable: a los niños les tiene sin cuidado lo que digan o dejen de decir los críticos literarios). A la fecha, los libros de Rowling han vendido más de cuatrocientos millones de ejemplares en doscientos países y se han traducido a cuarenta y siete idiomas.
El fenómeno Potter ha causado situaciones poco comunes, algunas de las cuales ya se encuentran bien documentadas. Por ejemplo, una niña, desesperada por la tardanza en aparecer de uno de los volúmenes de la serie, escribió su propia versión y la puso a disposición de otros fanáticos a través de Internet. Otros niños se desvelaban para terminar de leer los libros. En Inglaterra, cosa insólita, bajaba el rating de las caricaturas y series infantiles de la televisión. Me consta, por ejemplo, que en cuanto uno sacaba a colación el tema de Harry Potter, a la hora de la sobremesa, los niños se sabían al dedillo las situaciones, los diálogos y los nombres de cada personaje, al grado de corregir a los adultos cuando alguno cometía la barbaridad de equivocarse.
El éxito podría atribuirse, entonces, a la buena factura de los libros. Como apuntó el crítico Charles Taylor: “No creo que puedas leer cien páginas de Harry Potter antes de que empieces a sentir ese inconfundible estremecimiento que te dice que estás leyendo un clásico”. En efecto, J.K. Rowling sabe escribir y escribe bien. Sus novelas tienen esa inexplicable fascinación que hace que el lector siga las aventuras de sus personajes y los deja siempre ávidos, con ganas de saber más y más, después de cada capítulo y de cada libro.
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J.K. Rowling |
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