Logo UNAM Revista de la Universidad de México
Directorio
   NUEVA ÉPOCA | NÚMERO 89 | JULIO 2011 | ISSN EN TRÁMITE con número de folio 493 | REVISTA MENSUAL
 EDITORIAL
ARTÍCULOS



Sitio optimizado para resolución de 800 x 600
Fecha de última actualización Julio de 2011
2007 D.R. Universidad Nacional Autónoma de México
Se prohíbe la reproducción total o parcial
de los artículos sin la autorización por escrito de los autores
Coordinación de Acervos Digitales,
Dirección General de Cómputo y de
Tecnologías de Información y Comunicación

Reserva de derechos al uso exclusivo del título:04-2008-050717072200-203





Los años veinte en México 

 

1/3

Emmanuel Carballo

No es posible entender una Revolución sin sus consecuencias fatales o venturosas. El crítico y escritor Emmanuel Carballo se adentra en la segunda década del siglo XX para comprender los dilemas políticos y estéticos que dieron forma al México actual: desde la gesta vasconcelista, el nacimiento del muralismo y la música mexicana, hasta la invención del Estado unipartidista y el surgimiento de una sensibilidad femenina.

I

Los años veinte empiezan entre nosotros con un magnicidio y terminan con un fraude electoral.

El 21 de mayo de 1920 muere asesinado en Tlaxcalantongo el presidente constitucional Venustiano Carranza. Las balas que lo acribillan las disparan (o las mandan disparar) hombres que hasta hace unos cuantos meses lo consideraban el Primer Jefe de la Revolución. Terco, vanidoso y utópico, don Venustiano paga con su vida el no haber entendido el momento histórico por el que atraviesa el país.

Civilista apresurado, trata de imponer como sucesor en la presidencia al ingeniero Ignacio Bonillas, políticamente un desconocido, e ignora las legítimas aspiraciones de dos militares que, junto con Villa, le dieron el triunfo sobre el huertismo: Álvaro Obregón y Pablo González. (Los civiles llegarán al poder muchos años más tarde, el primero de diciembre de 1946, con Miguel Alemán). Carranza muere con un candor y austeridad que en muchos aspectos recuerdan y se confunden con la grandeza.

El anticarrancismo agrupado en el Plan de Agua Prieta designa presidente provisional a Adolfo de la Huerta, una paloma entre tantos halcones, y prepara el regreso a la Constitución mediante unas elecciones ruidosas y más limpias que sucias que llevarán a Álvaro Obregón a la primera magistratura.

Obregón es una figura simpática y afortunada. Afortunada porque derrota en todos los órdenes a Pancho Villa, hombre con naturaleza de caudillo y guerrillero con intuiciones tácticas y estratégicas dignas de ser recordadas, y se enfrenta, después, a compañeros de armas, como Pablo González, sin talento ni personalidad. El presente es suyo y él llega a intuir que también el futuro.

Simpático porque supo equilibrar los halagos de sus amigos con una autocrítica alegre, punzante y exagerada. En un almuerzo que le ofrece al novelista español Vicente Blasco Ibáñez, el 12 de abril de 1920, se queja con el entonces famoso valenciano: “En Sonora fui comerciante en garbanzo y hubiera llegado a millonario pero la Revolución me perjudicó, pues me dediqué a militar y sólo he llegado a general”. Después le desliza lo que murmuran sus enemigos: “A usted le habrán dicho que soy algo ladrón. Sí, se lo habrán dicho indudablemente. Aquí todos somos un poco ladrones. Pero yo no tengo más que una mano, mientras mis adversarios tienen dos”.

Su gobierno comienza a poner en práctica tímidamente, con avances y retrocesos, la Constitución de 1917. Primero hace justicia a los campesinos, que abandonaron los aperos de labranza para empuñar las armas, aplicando la reforma agraria. Fomenta la pequeña propiedad, combate el latifundio y da pasos lentos y contradictorios en lo que toca a dotaciones ejidales. La economía tiende a ser distinta: al ensancharse el número de productores, aumenta el número de compradores. Después trata de mejorar a los obreros, que cooperaron únicamente con la Revolución en forma simbólica, ayudándolos a obtener de los patrones condiciones económicas menos injustas. Si me das, te doy. Así, obreros y campesinos al sentirse beneficiados apoyan a quien los favorece. Y el apoyo es más grande que la ayuda. Además, Obregón tiende la trampa que más tarde los atará fuertemente al gobierno: las organizaciones verticales campesinas y obreras. Años después, cuando se presenten situaciones comprometidas para el gobierno (alzamientos, conspiraciones y defecciones), la base popular, sumada a una emergente clase media comerciante, industrial y burócrata, hará causa común con las autoridades.

El aspecto más revolucionario del gobierno de Obregón tiene que ver con la cultura y el arte. Primero en la Universidad Nacional, a la que encauza y programa, y luego en la Secretaría de Educación, que existe gracias a él; José Vasconcelos fija las líneas más auténticas y perdurables de lo que fuimos y ya no somos en uno y otro aspectos. Vasconcelos es el gran hallazgo de Obregón, y sin Obregón Vasconcelos no hubiera llegado a ser Vasconcelos. En ocasiones, como en este caso, los generales tienen una visión más amplia que los políticos civiles, urbanos, instruidos y, quién lo pensara, menos afectos a la cultura.

Obregón dejó hacer a Vasconcelos, y éste hizo, casi a partir de la nada, en cuanto a la cultura nacional se refiere, lo más auténtico y presumible de la Revolución. Vasconcelos surge a las letras y el pensamiento como uno de los miembros más deslumbrantes de una generación magnífica, el Ateneo de la Juventud, que empieza a dar sus primeros frutos en los años postreros del Porfiriato. A este grupo pertenecen, entre otros, Alfonso Reyes, Antonio Caso, Pedro Henríquez Ureña y Martín Luis Guzmán. Vasconcelos se diferencia de sus compañeros en la amplitud de sus intereses. Es uno de los escritores y pensadores más originales del país y el continente (se le llegó a designar Maestro de América) y uno de los políticos más controvertidos y audaces, que desplaza en sus acciones los planteamientos económicos y sociales sustituyéndolos por los éticos y estéticos.

Vasconcelos, y con su labor el obregonismo, trajo al país vientos nuevos y modificantes. Maderista de la primera época, es decir antidictatorial y demócrata, se propuso educar a las generaciones recién llegadas y encauzar a los productores de arte y letras de acuerdo a principios y objetivos distintos. A estos últimos les propuso, por una parte, que tuvieran en cuenta, al expresarse, el pasado (Grecia, Roma, la Biblia, la filosofía oriental) y, por la otra, la historia llena de infortunios y triunfos precarios de un país, el nuestro, que con los ojos vendados trataba de descubrir su propia esencia y sus propios valores.

José Clemente Orozco, El fusilado, ca. 1926
José Clemente Orozco, El fusilado, ca. 1926

Como secretario de Educación, Vasconcelos ofrece los muros de los edificios estatales a los pintores para que realicen en ellos un arte monumental y público, un arte que narre con lenguaje propio la historia de nuestro pueblo. Surge así el muralismo mexicano. Muestra interés por la poesía que llega a lo universal a partir de la comarca, la región y el país, poesía que cuenta las vivencias y experiencias de los poetas mediante palabras, imágenes y metáforas de color, calor y sabor nacionales. Poesía nacionalista, pero no pintoresquista. Estimula la música y a los músicos, quienes empiezan a componer obras de vanguardia en las que suenan aires y tonos que nos son propios. Fomenta la fundación de orfeones en ciudades y aldeas, y los alienta porque cree que el pueblo saca a relucir de ese modo su verdadera personalidad. Organiza cada vez con mayor frecuencia espectáculos dedicados a los ciudadanos comunes y corrientes, en los que se mezclan la poesía, la música, el canto y el teatro. Mediante la diversión adecuadamente planificada tiende a una educación global de los sentidos. Admira y le entusiasman las artes y artesanías populares, hasta entonces ignoradas por las personas cultas y vistas por el mexicano medio como objetos corrientes e insignificantes. Se preocupa, asimismo, por la escultura, la arquitectura, la ebanistería, la tipografía y las artes y oficios industriales.

Como cimientos de este ambicioso y vasto plan, Vasconcelos se preocupa por formar maestros, edificar escuelas y poner en marcha bibliotecas. Después acometerá una campaña nacional contra el analfabetismo y editará en altos tirajes para consumo de todas las clases sociales obras maestras del arte y el pensamiento universales. Se empeñará, también, en ayudar a que el país deje de ser una isla y se integre al destino común de América Latina.

Continúa siguiente