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   NUEVA ÉPOCA | NÚMERO 89 | JULIO 2011 | ISSN EN TRÁMITE con número de folio 493 | REVISTA MENSUAL
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Fecha de última actualización Julio de 2011
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La búsqueda interior de la identidad 

 

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Elsa Cross

 

La aparición de El tiempo y lo imaginario de Adriana Yáñez Vilalta ofrece la oportunidad de ver reunidos en un volumen ocho magníficos ensayos, y es motivo de celebración, aun en medio de un duelo que no ha tenido tiempo de asentarse entre quienes la conocimos y la quisimos, y hemos se guido lamentando profundamente su pérdida y la interrupción de su fructífero trabajo.

Estos ensayos siguen de modo consistente una indagación que Adriana comenzó desde el principio de su carrera, y que para ella supuso más que la satisfacción de una curiosidad intelectual y académica, puesto que involucró las preguntas de su propia búsqueda existencial. Así, vemos que la secuencia de sus libros El movimiento surrealista (1979), Los románticos, nuestros contemporáneos (1993), El nihilismo y la muerte de Dios (1996) y Nerval y el romanticismo (1998) traza las vías de una búsqueda que fue iluminándose en su propio transcurrir, y que encontró numerosas respuestas.

Con sólidos estudios de filosofía y de literatura, proseguidos en México y después en Francia, Inglaterra y Alemania, a esa formación sistemática Adriana unió una gran sensibilidad y una inteligencia penetrante que pudo ir desentrañando temas que no eran nada fáciles, como Ramón Xirau señalaba en su prólgo a Los románticos, nuestros contemporáneos. En el acercamiento a estas cuestiones, no resulta común ver unida a la perspectiva literaria una visión filosófica, y es esto justamente lo que le da gran valor a toda la obra ensayística de Adriana. Ha sido frecuente que tanto el romanticismo como el surrealismo se hayan explorado a partir de su relevancia y sus implicaciones literarias e incluso sociales; pero han sido menos los autores que estuvieran igualmente familiarizados, como fue el caso de Adriana, con el trasfondo filosófico que movía a la época y a los autores de estos movimientos, y que además pudieran leer to dos sus trabajos en las lenguas originales.

Henri Rousseau, Una mujer caminando por un bosque exótico, 1905
  Henri Rousseau, Una mujer caminando por un bosque exótico, 1905

Hay una rica intuición en la forma en que Adriana explora estos temas, pues no se ocupa sólo de los meros datos de interés histórico, o literario, o filosófico, aunque son muchos, sino de su importancia vital. Tanto en relación con el romanticismo como con el surrealismo, Adriana rescata aquello que tiene un interés permanente; señala cómo y por qué el impulso básico que movió al romanticismo, por ejemplo, posee una total vigencia en nuestra época. Dice en Los románticos, nuestros contemporáneos:

En medio de un siglo proyectado al progreso, a la modernidad y a la razón (en el sentido más peyorativo del término), los románticos lucharon por la conquista interior, por los verdaderos valores humanos. Representan un momento de capital importancia en la historia del espíritu. La fuerza del romanticismo está en haber defendido un humanismo profundo y radical a través de los tiempos.1

Ésta es una tarea que sigue estando pendiente para nosotros, tal como también compartimos, con los románticos, la necesidad de libertad, de ruptura de límites, de apertura de la conciencia, y esa conquista de la interioridad, que bajo otro ángulo prosiguió el surrealismo, y que se vuelve quizás el interés principal de la reflexión de Adriana. Dice también:

Necesitamos sueños, no lógica ni estructura. Necesitamos reflexión y pensamiento, no un orden con pretensiones de verdad. Frente a las prácticas políticas, económicas y científicas de nuestro mundo moderno: el hombre interior, la victoria del hombre interior, de “otro” hombre, de un hombre nuevo, a la manera romántica.2

Henri Rousseau, El sueño, 1910 Henri Rousseau, El encantador de serpientes, 1907
Henri Rousseau, El sueño, 1910 Henri Rousseau, El encantador de serpientes, 1907

Toda la reflexión de Adriana parte de un espacio donde poesía y filosofía están aún unidas de modo muy estrecho y hay en ellas una constante interpenetración. Sin duda, es la propia visión del mundo de los románticos, que abraza simultáneamente esas dos fuentes como expresión distinta de un mismo espíritu. En los trabajos de Adriana ese vínculo tan estrecho, que en ningún momento borra los límites metodológicos necesarios entre las dos disciplinas, se percibe en un ámbito anterior a su diferenciación, el de su esencia común: ese núcleo vibrante que les da origen, a partir de las experiencias radicales del ser, del mundo y de la propia interioridad, que buscan expresarse.

Esas experiencias comunes a la poesía y la filosofía, que van de la búsqueda del Absoluto a la muerte de Dios, de la finitud a la plenitud, del vértigo del abismo al de la altura; que tocan la libertad, la imaginación, el compromiso, y el sentido del tiempo, entre tantas otras cosas, dan lugar en estos ensayos —como decía la propia Adriana respecto al propio movimiento romántico—“a un tipo de reflexión originaria, llena de asombro, de imaginación, de pasión.3

El ensayo que da título al libro, “El tiempo y lo imaginario” es una perceptiva exposición del sentido del tiempo en la visión de Nerval, a quien había dedicado antes otro libro. Al tiempo sucesivo del acontecer histórico y cotidiano, se superpone ese tiempo cíclico, recurrente, manantial de mitos, donde Nerval concibe su poesía y vive, finalmente, su propia vida; un tiempo que se da, dice Adriana, “En algunas zonas intermedias entre el sueño y la vigilia”. Para Nerval:

Todo es vida. Todo está vivo. La muerte es sólo un momento dentro del ciclo del devenir. La muerte es promesa, anuncio de un nuevo punto de partida.4

Adriana hizo suya la gran búsqueda de las corrientes y los autores que estudió: “la búsqueda interior de la identidad”. Y esta es una búsqueda proteica que toma muchas formas, se desdobla en una máscara o se desnuda de sí misma hasta encontrarse. Éste es quizás el grado más alto de compromiso tanto del poeta como del filósofo, y justamente el compromiso en sí fue una de las preocupaciones más persistentes de Adriana. Quiero citar dos párrafos finales de otro de los ensayos, precisamente “La búsqueda de la identidad”:

El verdadero reto del poeta, del escritor, es el de asumir la iniciativa, ahí, en el preciso lugar donde el tiempo, la noche, la muerte y la locura, todos los rostros, todas las máscaras de lo informe y de lo impreciso nos amenazan. Al enfrentarse al vacío y a la nada el poeta descubre la liberad en la obra y la verdad en la palabra. [...]

Lo extraño, lo maravilloso, lo inexplicable, lo encontramos en el fondo de nosotros mismos, en nuestra propia imaginación. Es la voz de eso que, a veces, llamamos poesía. Una voz que el mundo moderno intenta de continuo hacernos olvidar.5

Otra virtud del trabajo de Adriana es que, aunque emprende altos vuelos, siempre toca tierra; siempre se centra en la realidad presente y hace volver al lector, una y otra vez, a un cuestionamiento del momento que le toca vivir ahora y de su participación en él. En este sentido, y muchos otros, se trata de un trabajo que cumple con otra tarea importante: estos ensayos son muy formativos, no sólo desde un punto de vista intelectual sino humano. Bajo esta óptica constituyen una gran opción para lectores jóvenes, que quedarán notablemente enriquecidos con su lectura.

Es de agradecerse al Fondo de Cultura Económica que se haya publicado El tiempo y lo imaginario, y yo quisiera proponer que en un futuro no muy lejano, se reúnan en un volumen o más los libros anteriores de Adriana Yáñez, pues constituyen un legado que merece preservarse.

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Texto leído en la presentación del libro, el 19 de mayo de 2011 en la Librería Octavio Paz del Fondo de Cultura Económica de la Ciudad de México.