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   NUEVA ÉPOCA | NÚMERO 90 | AGOSTO 2011 | ISSN EN TRÁMITE con número de folio 493 | REVISTA MENSUAL
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TRES POEMAS
Adolfo Sánchez Vázquez
DOCTOR ATL. MONTEZUMA RED Carlos Pellicer López



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Octavio Paz. La India como un palimpsesto

 

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Eunice Hernández

 

La relación entre la obra de Octavio Paz y la India estuvo marcada siempre por la pasión. Poemas como “Mutra”, libros como El mono gramático, capítulos enteros de sus obras completas nos muestran la impronta del país asiático en el autor de El laberinto de la soledad. Eunice Hernández explora la fascinación de Paz por una de las culturas más enigmáticas de Oriente.

Revelación del caos, conjunción, unidad y vacuidad al mismo tiempo: éstas fueron algunas nociones con las que Octavio Paz desenmarañó la compleja realidad de la India, un universo de mundos superpuestos que, más allá del folclorismo y del sueño de “espiritualidad” occidental, dejan perplejo a cualquier extranjero que la visita.

La estancia de Paz como embajador de la India, Afganistán y Ceilán (Sri Lanka), su intuición poética casi metafísica y su erudición facilitaron la tarea; en los seis años que Paz deambuló por ese “museo etnográfico e histórico” viviente y por los “jardines de árboles transparentes, donde los sonidos piensan y los pensamientos danzan”,1 la India se infiltró en sus textos. Ladera Este (1962-1968), Hacia el comienzo (1964-1968), Blanco (1966),2 incluso El mono gramático (1970), escrito después de su renuncia al servicio diplomático como protesta por la matanza de Tlatelolco, muestran la profunda inspiración que fue, para Paz, la tierra del Ramayana. Sus libros también son un acercamiento minucioso a la diversidad de esta nación que no sólo no se agota con la profusión religiosa sino que se construye sobre un rígido sistema de castas, una apabullante torre de Babel, una modernidad apenas cimentada y un ethos histórico que, como dijo al ex primer ministro Jawaharlal Nehru, tiene la capacidad de aglutinar rasgos culturales y proyectos históricos como si fuera un palimpsesto.

Octavio Paz visitó la India por primera vez en 1951. En ese entonces, ocupaba el cargo de Tercer Secretario en la embajada de México en París, desde donde contemplaba el último respiro del surrealismo. Al parecer, a sugerencia del director de la UNESCO, Jaime Torres Bodet —quien estaba en desacuerdo con la participación de Paz en un acto conmemorativo de la Guerra Civil española—, fue trasladado a la recién creada República de la India.

Una madrugada de noviembre, acompañado de una antología del poeta Kabir, un grabado de la diosa Durgay un ejemplar del Bhagavad Gita, Octavio Paz desembarcó en la multiplicidad de mundos de la ciudad de Bombay. Pronto, “oleadas de calor”, “muros leprosos”, “torrentes de autos”, “vacas esqueléticas sin dueño”, “batallas a claxonazos”, “rachas de hedores”, “mujeres de saris rojos, azules, amarillos” y “jardines públicos agobiados por el calor”3 lo envolvieron para vislumbrar su primera noción de la India: la revelación del caos.

Me senté al pie de un gran árbol, estatua de la noche, e intenté hacer un resumen de lo que había visto, oído, olido y sentido: mareo, horror, estupor, asombro, alegría, entusiasmo, náuseas, invencible atracción. ¿Qué me atraía? Era difícil responder: Human kind cannot bear much reality.4

Octavio Paz en el jardín de la Embajada de México, Nueva Delhi, 1964
Octavio Paz en el jardín de la Embajada de México, Nueva Delhi, 1964

La India —como plasmaría en su poema Mutra (1952), dedicado a esta ciudad sagrada— se le develó a Paz “como una madre demasiado amorosa, una madre terrible que ahoga, como una leona taciturna y solar”;5una “confusión cósmica”, y una “inmensa y múltiple fornicación” que apelaba directamente a lo caótico, a su vez, una especie de baño ritual.

El tema de “Mutra”, confesó Octavio Paz más tarde, “es la llegada del verano a la ciudad y los delirios que engendra en la tierra y en la mente. Es un tema que asocia a la religión hindú y a su búsqueda de la unidad a través de la pluralidad de formas en que la vida se despliega. El final del poema opone a la tentación de un absoluto metahistórico, la idea de la vida como acción y heroísmo, legada por Grecia”.6

Su iniciación duró tan sólo unos meses: Octavio Paz fue trasladado a Tokio como Encargado de Negocios ad interim en lo que se designaba embajador en Japón, y ahí se impregnó de la brevedad del haiku para contener “el desbordamiento del surrealismo”,7 que había atestiguado en París.

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