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   NUEVA ÉPOCA | NÚMERO 91 | SEPTIEMBRE 2011 | ISSN EN TRÁMITE con número de folio 493 | REVISTA MENSUAL
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SIMBOLISMO DE LOWRY
Francisco Rebolledo



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Simbolismo en Lowry

 

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Francisco Rebolledo

Una de las novelas mayores de la literatura universal, Bajo el volcán (1947), del británico Malcolm Lowry, es un orbe autónomo de anticipaciones e iluminaciones. Cabalística y dantesca, la novela es una pormenorizada descripción del infierno. El escritor y catedrático Francisco Rebolledo, autor de la novela Rasero y de un libro consagrado a Lowry titulado Desde la barranca. Malcolm Lowry y México, explora un fragmento de esta obra maestra para mostrarnos su poderoso sustrato simbólico como una provocación para internarnos en la selva oscura de sus secretos.

En otra parte1 estudié la legendaria capacidad que tenía Lowry, como buen poeta que era, para encontrar símbolos, significados, sincronías y coincidencias en cualquier objeto, lugar o situación, y de la fuerte influencia de Melville y de los simbolistas franceses que hay en su obra. Ahora lo que haré, para ilustrar lo anterior con un ejemplo, será zambullirme en el infierno lowryano y revisar uno de los primeros capítulos de la novela con la finalidad de comprender la forma en que el artista fue construyendo su obra; trataré además de descifrar por lo menos algunos de los múltiples acertijos que nos pone en el camino.


CAPÍTULO II. YVONNE REGRESA

Justo un año después de haber dejado a su marido, en el cual incluso gestionó el divorcio, Yvonne decide regresar a Quauhnáhuac con el fin de tratar de salvar su relación. Llega a las siete en punto de la mañana a las puertas del hotel Bella Vista, en el zócalo de la ciudad. Tiene que ser exactamente a esa hora porque Lowry ha escogido el lado de la luz “para situar nuestro drama referente a la lucha de un hombre entre las potencias de la oscuridad y la luz”, según explicaba a su editor, Jonathan Cape. El drama concluirá doce horas más tarde, a las siete de la noche, cuando la oscuridad se impondrá para siempre en la existencia del Cónsul.

Desde afuera del bar del hotel, Yvonne escucha la inconfundible voz de su marido; habla con el cantinero acerca de un cadáver que será transportado en tren: “absolutamente necesario”, dice el Cónsul en español. En ese momento Yvonne escucha también otras voces, que no identifica, y que hablan algo sobre Alabama. La mujer no se decide a entrar. Se queda un rato en la puerta, perpleja, tratando de poner en orden sus ideas. Observa la plaza de la ciudad que está idéntica a como la vio por primera vez, dos años antes: allí están los fresnos (en realidad son laureles) alrededor de la plaza, los juegos mecánicos, con su rueda de la fortuna ahora inmóvil, el quiosco vacío

 y, caracoleando bajo los árboles oscilantes, la estatua ecuestre del turbulento Huerta, de mirada para siempre feroz, veía hacia el valle, más allá del cual, como si nada hubiera ocurrido y como si fuese noviembre de 1936 y no noviembre de 1938, se alzaban sus volcanes, sus hermosos, hermosos volcanes.2

Malcolm Lowry 
Malcolm Lowry
Malcolm Lowry 

En la versión en español de la novela, el traductor nos advierte que “no se tiene conocimiento de que ha ya existido en Cuernavaca un monumento al general Victoriano Huerta”.3 Por supuesto que no: sería impensable construir un monumento a un usurpador que apenas gobernó dos años al país. Eso Lowry lo sabía muy bien, como sabía muy bien quién era Victoriano Huerta: un traidor, como Yvonne era una traidora a los ojos del Cónsul; y éste a su vez era un traidor a los ojos de ella. Pero Huerta también era un dipsómano, como lo era el Cónsul... por si fuera poco, el traidor monta a caballo: más adelante nos enteraremos de que Yvonne fue una gran amazona en su juventud; luego sabremos que murió pisoteada por un caballo desbocado. Así, en el lugar que en realidad ocupaba la estatua de Carlos Pacheco, un ex gobernador lisiado, héroe de la guerra contra la Intervención Francesa (que seguramente a Lowry no le decía nada), el escritor erige en el corazón de su Quauhnáhuac un monumento que simboliza la traición mutua de sus protagonistas. Para no dejar dudas de su intención, mucho más adelante, cuando Yvonne está a punto de morir, se vuelve a mencionar la estatua:

El caballo, encabritado, suspendido sobre su cabeza, petrificado en el aire, estatua, alguien estaba sentado en la estatua, era Yvonne Griffaton, no, era la estatua de Huerta, el borracho, el asesino, era el Cónsul...4

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