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   NUEVA ÉPOCA | NÚMERO 93 | NOVIEMBRE 2011 | ISSN EN TRÁMITE con número de folio 493 | REVISTA MENSUAL
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Manuel Rodríguez Lozano y Antonieta Rivas Mercado
¿Qué se ama cuando se ama?

 

1/4

Fabienne Bradu

 

“¿Qué se ama cuando se ama?” es un verso del poeta chileno Gonzalo Rojas, que plantea acertadamente el enigma del amor. Otra pregunta del poema homónimo insiste en el mismo misterio: “¿qué es eso / amor?”. En efecto, qué es lo que nos sucede cuando amamos, qué es esta conmoción tan indefinible como irrebatible que nos arrasa y nos arrastra hasta lo mejor o lo peor de nosotros mismos. Es un misterio que muchos han tratado de elucidar, sea mediante la literatura, la filosofía, la psicología e incluso la bioquímica o las neurociencias. Hasta ahora ninguna disciplina ha sabido dar una explicación satisfactoria al fenómeno del amor. Cualquier esbozo se nos antoja prosaico, incompleto, fraudulento o falaz, sobre todo cuando estamos enamorados y tratamos de averiguar qué es lo que nos sucede. Podríamos no amar nunca, vivir o, mejor dicho, sobrevivir sin que existiera el amor que no parece ser imprescindible para la reproducción de la especie, pero cualquiera que haya amado una vez encontraría la vida sin sentido si careciera de este sentimiento, aun cuando se siga ignorando su sentido hasta la muerte.

Por lo tanto, no podría pretender aquí dar una respuesta al enigma y, de todas maneras, más vale dejar intactos los enigmas para que nos sigan encantando de aquí a la eternidad. Sin embargo, para el propósito de re flexionar acerca de la relación que unió a Antonieta Rivas Mercado y Manuel Rodríguez Lozano, podríamos cambiar una palabra en la pregunta de Gonzalo Rojas y así plantear una variante aparentemente más asequible: “¿A quién se ama cuando se ama?”. Es una pregunta que reiteradas veces me hice cuando escribí la biografía de Antonieta Rivas Mercado, cuya respuesta no pude aventurar porque me lo prohibía el género. La biografía debe ceñirse a la reconstrucción, no solamente de los hechos, sino también de los sentimientos de los personajes, sin entrometerse a sancionarlos so pena de faltar a la regla que, como decía Virginia Woolf, pide conjugar el “granito” de los hechos con el “arcoiris” de la ficción. En corto, como lo preconizaba André Maurois, ser siempre “un novelista bajo juramento”. Entonces, tuve que limitarme a presentar los hechos tal y como creí que habían sucedido desde el punto de vista de Antonieta Rivas Mercado, apoyándome en los documentos y los testimonios que alcancé a reunir. Por ejemplo, así reconstruí el momento en que Antonieta conoció al pintor Manuel Rodríguez Lozano:

México era en esos años (1927) una ciudad relativamente pequeña y no era impensable que alguien fijara su atención en una persona que paseaba por las calles del centro, sobre todo si se trataba de una personalidad tan cautivadora como la de Rodríguez Lozano. Así lo recordaba Antonieta, cuando por primera vez lo distinguió, sin saber todavía qué nombre dar a esa cara: “Hace muchos meses, años casi, una vez de humillación enferma, recuerdo haberlo visto por la calle. Andaba usted, como siempre, despacio, dueño de cada una de sus pisadas. Sentí su pureza, su integridad”. La belleza del artista era notable, aunque tuviera el hieratismo de una máscara; todo en sus ademanes y en su atuendo transpiraba un anhelo de perfección que oscilaba entre la pulcritud y la altivez, y su elegancia provenía de una sobriedad trabajada por el orgullo que era a un tiempo su fuerza y su perdición. Gracias a la lozanía que llevaba en la sangre, se agigantaba en lo intelectual y en lo físico. Había que sustraerse a su seducción para darse cuenta de que no era tan alto como parecía… ni tan buen pintor como él pensaba.

Manuel Rodríguez Lozano
Manuel Rodríguez Lozano en una fotografía de Tina Modotti, ca. 1928
Manuel Rodríguez Lozano
Fotografiado en su estudio por Manuel Álvarez Bravo, ca. 1938

 

En ese momento de mi biografía y a la hora de esta primera vislumbre de Antonieta, sólo podía sugerir, muy al paso, que semejante hermosura, elegancia y seducción podrían encubrir fallas soterradas en la personalidad del pintor. El deslumbramiento de Antonieta corresponde, por lo demás, a lo que nos sucede cuando vemos por primera vez a la persona amada y la revestimos de ideales diamantinos, como sostiene Stendhal en su teoría de la rama de Salzburgo. Pero ahora que puedo hablar fuera de la reconstrucción biográfica y después de leer los textos que incluye el hermoso catálogo de la exposición realizada por el Munal, me permitiré algunas reflexiones que pretenden esclarecer la pregunta que me hacía hace rato: “¿a quién se ama cuando se ama?”.

Cuando conoce al pintor, Antonieta acaba de recibir uno de esos golpes que asesta la vida, uno de ésos que le hizo exclamar al poeta peruano César Vallejo: “Hay golpes en la vida, tan fuertes… ¡Yo no sé!”. En efecto, había muerto su padre en enero de 1927; su hermana Alicia la había expulsado de la casa familiar de la calle de Héroes donde había vivido toda su vida; su amante Enrique Delhumeau la martirizaba con su mediocridad y una sensualidad que no lograba reprimir, ávida como estaba de cariño y de experiencias sexuales; en pocas palabras, estaba perfectamente desamparada, carente de timón en lo afectivo y lo vocacional. Parece que Manuel Rodríguez Lozano llegó al punto para enderezar el barco amenazado por los múltiples embates. Pero sería demasiado fácil y caricaturesco proponer que Antonieta vio en el pintor un sustituto del padre que acababa de perder. En rigor, Manuel Rodríguez Lozano era una singular mezcla de Pigmalión y de Sócrates, que necesitaba intimidar para atraerse el afecto y así formar en su entorno una corte antes que un círculo de amistades. Llama la atención que a lo largo de su vida no tuvo pares, compañeros de pincel y de paleta, sino discípulos a los que guiaba en el arte pictórico y sometía en las artes amatorias. Su oposición a los muralistas no le suscitó, por ejemplo, una amistad con Rufino Tamayo, Agustín Lazo o María Izquierdo, quienes, en esa misma época, compartían su convicción de que sí había otros caminos que el muralismo y de que era factible crear un arte mexicano sin caer en la ideología que comenzó a cubrir los muros institucionales. Manuel Rodríguez Lozano no solamente se mantuvo al margen del movimiento muralista, sino que también se apartó de los demás artistas afines a sus credos, como si su taller fuera una isla desierta en medio de un océano de incomprensión.

Fue un temperamento poderoso y una mente clara, escribió Octavio Paz. Más que un solitario fue un aislado por voluntad propia […] Era un hombre muy inteligente, muy rebelde y muy aislado. Un ególatra con gran talento. Un talento más literario que plástico: lo mejor suyo no era los cuadros sino las opiniones.

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