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   NUEVA ÉPOCA | NÚMERO 93 | NOVIEMBRE 2011 | ISSN EN TRÁMITE con número de folio 493 | REVISTA MENSUAL
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NUESTRAS REPÚBLICAS
Tomás Segovia †
FRANCISCO ZARCO. LA LIBERTAD DE EXPRESIÓN
Miguel Ángel Granados Chapa †
TOMÁS SEGOVIA: EL ARTE DE PENSAR
Daniel González Dueñas
LAS RAZONES DE OBAMA
Antonio Navalón



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Tomás Segovia:
El arte de pensar
Daniel Gonzalez Dueñas

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4. En cierto modo sería un error decir que el pensamiento de Segovia es “laberíntico”, porque con ello se implica la imagen de un extravío, suyo y nuestro. Sería, en efecto, una “descripción demasiado simple” que sin embargo debe conservarse en cierto modo, puesto que sólo así cae en buen lugar una calificación menos errónea: el pensamiento de Segovia no es “laberíntico” sino que es un laberinto, y no para extraviarse sino para encontrarse.

Ese laberinto no es una construcción sino un entramado: el que hacen las nociones fundamentales en torno a las cuales se teje la reflexión (sentido, verdad, valor, tiempo, deseo...), y es de ese modo que en sus Cuadernos de notas aparecen, por ejemplo, estas líneas: “También la verdad tiene niveles y también ella es contextual. Una verdad, que al cambiar el momento y la circunstancia deja de ser verdad, sigue sin embargo siendo verdad en algún lugar”. Cuando algo deja de ser verdad —o cuando así nos lo parece por consenso— le negamos cualquier sitio (lo que ya no es verídico, deja de ser verificable y hasta verosímil), pero no es que ese algo haya dejado de existir sino sólo que ha sido desterrado; la escritura, pues, busca esos recónditos lugares de exilio —ignorados por consenso— en donde sigue siendo verdad.

Segovia sigue la línea de esa propuesta (la vía en el laberinto que recorre por placer, no buscando la “salida” sino la “entrada”), y al aclararla para sí mismo la vuelve luz para el lector:

Sentido significa en primer lugar continuidad en el tiempo, transitividad en general. Si hay una unidad del tiempo, ningún instante está solo, ningún instante muere solo. Eso es la Humanidad como despliegue y como historicidad. La verdad que deja su lugar no muere, duerme. En la unidad significativa del tiempo todo sentido es inmortal. Eso significan todos los mitos sobre la inmortalidad y todos los mitos escatológicos.

En el Café Comercial, Madrid, 2011 Agrandar

5. Quien lee los Cuadernos con la misma actitud con que fueron escritos, entiende que en ellos se va construyendo, gota a gota, un arte de pensar; mejor sería decir que ya está construido, y que lo que hace es irse mostrando en cada una de sus manifestaciones (lo cual no contradice que, al mostrarse y manifestarse, se construye en el presente del lector). La primera de estas manifestaciones es una forma de mirar a las cosas que representa un verdadero hallazgo, una invaluable enseñanza que comienza con el hecho de que todo tiene niveles simultáneos, y que lo que en un nivel es de una forma, en otro puede ser de otra completamente distinta o incluso su contrario, sin que haya necesariamente contradicción ni eliminación de unos niveles por otros. Simultaneidad de niveles, de categorías, de matices.

El lector aprende, asimismo, a no representarse esa simultaneidad como una simple estratificación. Así por ejemplo cuando Segovia habla de uno de sus temas recurrentes, el tiempo, y nos hace ver que en él es perfectamente posible “una especie de eterno retorno a escala reducida, un movimiento que es circular en su nivel mientras en el nivel inmediato sigue siendo rectilíneo”. Es la sencillez del reacomodo: todo ser humano ha vivido la reiteración de situaciones y circunstancias, pero no para todos era tan claro que esa reiteración podría ser circular en un nivel y rectilínea en otro (o bien, simultánea en un nivel y sucesiva en otro).

Por comparación, qué fácil resulta señalar al pensamiento lineal que domina a esta época. Sin didáctica, ejemplificando solamente con su propio “discurso” (aunque al autor de los Cuadernos disgusta esta última palabra, demasiado contaminada por el uso y el abuso), Segovia nos enseña incluso a reconocer a una cierta forma de pensar —muy entendida en esta época— que permanece lineal aunque esté consciente de la existencia de niveles, y ello porque comete “el error de pasar desordenada e inadvertidamente de un nivel a otro”. Y qué rica es esta enseñanza en cuanto lectores de ensayo y narrativa, porque así, con esa elemental herramienta, es posible identificar a autores que escriben bien pero no piensan (es decir, piensan de forma lineal y van de un nivel a otro desordenada e inadvertidamente, y así confabulan con el pensamiento unidimensional que nos sigue infestando). Del mismo modo se posibilita percatarse de la literatura que cuenta muchísimas cosas pero sin pensar en ellas, e incluso rehuyendo y hasta temiendo al pensamiento, como si se tratara de un vicio o un peligro. Segovia no tiene el menor miedo a pensar, convencido de que lo que en general se llama “pensar” es equiparable a un supercomputador que se usara únicamente para realizar sumas con números de dos cifras. Pero no se trata en los Cuadernos de valorar el intelectualismo per se, sino de reivindicar la mirada abierta a los niveles.

Al mismo tiempo se hace posible entender que un pensamiento multidimensional no sólo es muy infrecuente entre nosotros, sino que de manera muy evidente está penado. De ahí el extendido temor no a pensar sino a la punición inferida en todas partes; de ahí que las escuelas y los media nos atiborren de información y a veces de conocimientos, pero que nunca se nos enseñe a cuestionar, indagar, desglosar. Ir contra esa prohibición sobreentendida implica, por tanto, una forma del exilio y de la soledad, sobre todo cuando no se hace para encerrarse en una torre de marfil sino para compartir claves, sistemas y estrategias del arte de pensar. “En las polémicas de mi juventud”, escribe Segovia, “me parece que entendía perfectamente a mis adversarios. Quiero decir que veía (o creía ver) lo que pensaban, porque para empezar creía que ellos sabían lo que pensaban. Los de ahora tengo la impresión de que no saben lo que piensan. Es prácticamente imposible tener razón contra alguien que no conoce su razón —y que jamás podrá por consiguiente conocer la nuestra”.

Y esto se debe a un hecho fundamental: “casi todo lo que se discute en esta época me parece absolutamente sin importancia e incluso nocivo porque distrae e impide ver las categorías, mientras que lo verdaderamente importante la época no lo discute porque sencillamente no lo percibe”.

Luego de leer a Segovia es inevitable darse cuenta de que hemos confabulado, de una u otra manera, con el único y superficial nivel en que se mueve todo en la sociedad y la cultura. Por eso es de envidiar la suerte de quienes lo leen a temprana edad, y de ahí la indignación que provoca el hecho de que sus ensayos no sean de texto, de que no se lean y estudien de entrada en cualquier educación preparatoria.

Tomás Segovia
En el Café Comercial, Madrid, 2011 Agrandar

 

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