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   NUEVA ÉPOCA | NÚMERO 94 | dicIEMBRE 2011 | ISSN EN TRÁMITE con número de folio 493 | REVISTA MENSUAL
 EDITORIAL
ARTÍCULOS
HABLANDO DEL FRÍO
Tomás Segovia
LA MAYEÚTICA DE PAZ
Enrique González Pedrero
UNA PESADILLA DE OCTAVIO PAZ
Guillermo Sheridan



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La mayeútica de Paz

 

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Enrique González Pedrero

El 19 de octubre pasado la Comisión de Cultura del Senado dio el nombre de Octavio Paz al auditorio principal de la Cámara de Senadores. En su discurso inaugural, Enrique González Pedrero exalta la figura del autor de El ogro filantrópico, al tiempo que comenta las ideas políticas de un poeta que, a lo largo de la mitad del siglo XX, supo reflexionar con agudeza sobre las transformaciones sociales tanto en el ámbito nacional como global.

Me parece una excelente idea de la Comisión de Cultura del Senado de la República que preside la senadora María Rojo, que este auditorio lleve el nombre de Octavio Paz, uno de los hombres más lúcidos que han nacido en México. ¿Por qué razón? Porque en este lugar donde se viene a hablar, porque para eso son los parlamentos, es muy importante el empleo de la palabra justa, de las palabras precisas. La definición aristotélica del hombre como zoon politikon se comprende mejor si le añadimos una segunda característica como zoon logon ekhon —ser capaz de discurso—. Por tanto, ambas proposiciones caracterizan a lo político: la acción y el discurso: la praxis y la teoría. Porque la acción política empieza con palabras: palabras oportunas en el momento oportuno.

Añado que vivir en la polis era saber que todo se expresaba por medio de palabras que persuadían y no a través de la fuerza y la violencia. Obligar a las personas por medios violentos, mandar en vez de convencer, era algo prepolítico.

Nada mejor, pues, que un espacio que será dedicado a la reflexión, al intercambio de ideas, a meditar en las soluciones a los complejos problemas de México, lleve el nombre del autor de El laberinto de la soledad y de otras grandes creaciones como El ogro filantrópico, Sor Juana Inés de la Cruz o las trampas de la fe, Libertad bajo palabra o Piedra de Sol, para sólo citar unos cuantos libros incluidos en los quince gruesos volúmenes de sus Obras completas.

En mi estudio, en la vecindad de las obras de Octavio Paz están las Obras completas de don Alfonso Reyes, otro mexicano sin par, y las de don José Ortega y Gasset, igualmente gran maestro del idioma. Ahora que comento lo anterior, me doy cuenta de que con un solo librero que incluyera este conjunto de obras, con cincuenta y dos libros, cualquier lector tendría a su alcance una biblioteca entera para solazarse y disfrutar no unas cuantas sesiones sino buena parte de su vida.

En estos días de octubre, algunas revistas importantes han recordado al poeta no tanto como hombre de letras sino como alguien que defendía a capa y espada sus ideas y principios: sus convicciones. Y es que, en verdad, aunque Octavio llevaba en su nombre el apellido Paz, era un hombre que no rehuía la polémica y la contradicción, incluso consigo mismo. Siempre estaba en pugna contra la intolerancia, contra la oscuridad, contra la incoherencia, contra la falta de lógica y en busca de la concordancia, de la claridad, de la inteligencia, de la precisión, de la palabra justa: de lo que ayudase a pensar. Octavio Paz sabía que más que poseer una gran cantidad de conocimientos sobre lo divino y lo humano, de lo que se trata es de algo más modesto y, a un tiempo, más profundo y difícil: hay que pensar por sí mismo para poder plantearse los problemas que lo acosan a uno a lo largo de la existencia. Porque un problema bien planteado, todos lo sabemos, está casi resuelto. Por tanto, aprender a pensar más que acumular saberes es, por el contrario, soltar lastres que entorpecen, que traban la andadura. Es aprender a conocerse a sí mismo. Lo que Octavio Paz definía como cultura, sin olvidar sus orígenes agrícolas, lo dice todo: saber cultivar la parcela propia. Empleando un dicho mexicano diríamos: “no hay necesidad de bules para nadar”.

El poeta Octavio Paz en su biblioteca
El poeta Octavio Paz en su biblioteca
El poeta Octavio Paz en su biblioteca

En la entrada retrospectiva al tomo octavo de sus Obras completas: El peregrino en su patria, el poeta escribe que su libro es una especie de diario.

Pero no un diario de los sucesos de una vida sino de las vicisitudes mentales y afectivas de la relación, no siempre feliz de un escritor con su patria. Diario de una peregrinación ¿en busca de qué o de quién? ¿En busca de México o de mí mismo? Tal vez de un lugar en México: mi lugar. O del lugar en mí, de México… ¿yo soy el extraño o esta tierra que llamo mía es una tierra ajena? (p. 16).

Aquí está la andadura contrapuntística de Octavio Paz, su estilo dialéctico que más que de respuestas está hecho de preguntas. A una interrogación el poeta responde siempre con nuevas preguntas que, en ocasiones, son más iluminadoras que la afirmación rotunda. “Ya lo sabes —dice—: eres carencia y búsqueda”. Viva interrogación: un hueco que hay que llenar de vida, y como sabemos, la vida consiste en más preguntas que respuestas, hasta que llega la respuesta definitiva.

Que Octavio Paz era un hombre contradictorio no me cabe duda. ¿Pero qué hombre inteligente no lo es? Además, todo depende de las contradicciones que nos provocan y de cómo las enfrentemos. Parafraseando a Ortega podríamos decir: “yo soy yo y mis contradicciones y si no las salvo a ellas no me salvo yo”. El quid del asunto está en saber encararlas, en vivirlas día a día como si fuesen eternas y finitas a la vez, como si fuéramos otros sin dejar de ser lo que somos:

La otredad —dice Octavio Paz— es ante todo percepción simultánea de que somos otros sin dejar de ser lo que somos y que, sin cesar de estar donde estamos, nuestro verdadero ser está en otra parte. Somos otra parte. En otra parte quiere decir: aquí ahora mismo mientras hago esto o aquello. Y también: estoy solo y estoy contigo, en un no sé dónde que es siempre aquí. Contigo y aquí: ¿quién eres tú, quién soy yo, en dónde estamos cuando estamos aquí? (Obras completas, tomo I, La casa de la presencia, El arco y la lira, p. 258).

Con las ideas anteriores pretendo explicarme la evolución transformadora, los cambios que fue experimentando el poeta a lo largo de la vida y que siguen suscitando preguntas y admirando a muchos mexicanos. Así como Octavio Paz corrigió y modificó muchos de sus textos y poemas, que ya no se correspondían con los tiempos que iba viviendo, así ocurrió con muchas de las ideas políticas y posiciones personales, que fueron cambiando y corrigiéndose conforme las circunstancias de su vida iban modificándose y el panorama nacional o mundial iba aclarándose o volviéndose otro.

Para concluir, pues no quiero abusar de vuestra paciencia, permítanme ustedes leer un par de párrafos del discurso que el poeta dijo el 17 de diciembre de 1997, cuando el fin estaba próximo, el día que se constituyó la fundación que lleva su nombre y en donde se unen el fin y el principio:

México es un país solar y siendo un país solar, un país rico de sol, pródigo de sol es, también, un país negro, un país oscuro. Esta dualidad de México fue la que me preocupó desde niño y la que me llevó, sin saberlo y a veces ni quererlo, a escribir unas páginas de El laberinto de la soledad. Son los jóvenes en cuyas manos está la verdad de México… esa verdad alternativamente cruel y luminosa, esa verdad que puede llevarnos a la oscuridad o a la luz.

Octavio Paz en la sala de su casa en Paseo de la Reforma 369
Octavio Paz en la sala de su casa en Paseo de la Reforma 369
En la sala de su casa en Paseo de la Reforma 369

Octavio Paz recuerda entonces al demonio de don Quijote, al demonio de la acción que empuja a desfacer los más enrevesados entuertos, al demonio que nos incita a la lucha sin descanso por México. Para transitar luego al “demonio angelical” de Sócrates y Platón, que tiende la mano al amigo y que sabe dar lecciones de vida. Por último, pasa al consejo impregnado de optimismo profético:

Que nuestro México en los años que vienen encuentre su Sócrates y que en lugar de ser como el otro, víctima de las pasiones de sus compatriotas, sea lo contrario: el Sócrates que aconseja a sus conciudadanos y les dice cuál es el camino recto. Sócrates no tuvo miedo de perder la vida por sus conciudadanos… yo les daría este consejo a mis compatriotas: No se trata de perder la vida por nadie, ganen su vida. Y la única manera de ganar la vida, es ganar la vida con los mexicanos, con los compatriotas, con los amigos, con los vecinos.1