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Sabido es que la Generación del Exilio Español en México se caracterizó por la versatilidad de disciplinas representadas por sus integrantes, y en muchos casos, la erudición de quienes la conformaban. La lista es amplia, no pretendo agotarla: José Gaos, Wenceslao Roces, Eduardo Nicol, Adolfo Sánchez Vázquez, Ramón Xirau, filósofos (por aquellos años, niños o jóvenes apenas); Joaquín Xirau: humanista; Eugenio Imaz, científico; Joaquín Díez-Canedo, que vendría a ser editor de gran prestigio con el sello Joaquín Mortiz; y filólogos: Agustín Millares Carlo, José Ignacio Mantecón. De la labor conjunta de estos dos últimos nos quedó, a quienes nos dedicamos al quehacer de rescate textual con la pretensión de establecer el telón de fondo de la literatura mexicana, un irreemplazable álbum de paleografía, herramienta básica en el arduo escrutinio de manuscritos y grafías producidos en los siglos de la Colonia. Y de Agustín Millares Carlo, además, para mencionar sólo dos títulos, la edición del teatro de Juan Ruiz de Alarcón en dos volúmenes, publicada por el Fondo de Cultura Económica en 1957, válida aún y difícil de superar. Edición minuciosamente anotada que se fundamenta en la muy anterior de Juan Eugenio Hartzenbusch de 1857, en España, tomo XX de la Biblioteca de Autores Españoles. También de Millares Carlo, los opúsculos publicados por el Fondo de Cultura Económica sobre temas novohispanos diversos, entre los que figura uno relativo a la biblioteca (o “librería”) del humanista Francisco Cervantes de Salazar, a quien me referiré posteriormente como antecedente de peninsulares cultos venidos a tierra americana en épocas clave para nuestra cultura, la que ya desde fines del siglo XVIII y el XIX sería definitivamente mexicana.
Con casi treinta años de diferencia respecto a esos años de 1936-1937 podríamos ubicar a José Pascual Buxó y su pasión por la literatura novohispana, la que se ex tiende hasta nuestros días (este caótico siglo XXI) y se concreta en infinidad de títulos, temas y amplísima actividad académica.
Hay que dejar asentado que la crítica realizada por José Pascual Buxó a lo largo de su ministerio académico en el ámbito de la literatura novohispana e iberoamericana colonial no se reduce a la exploración sistemática de un autor único —que podría ser sor Juana Inés de la Cruz, por ejemplo— sino que se dispara hacia un amplio espectro de escritores de Indias, alguno de los cuales pretendo invocar en el espacio de este merecido homenaje. Empecemos por Francisco Álvarez de Velasco y Zorrilla y el volumen que le corresponde, titulado El enamorado de sor Juana —uno de los trabajos de Pascual Buxó que prefiero— que nos revela a un poeta virreinal ignorado en nuestro contexto hasta el momento en que se publica el libro citado.
En efecto, sobre la Carta laudatoria a la insigne poetisa… (no es otra que sor Juana) y “otras varias poesías” compuestas por Francisco Álvarez de Velasco y Zorrilla, colombiano, gobernador y capitán general de la provincia de Neiva, procurador por la ciudad de Santa Fe, acendrado admirador de la monja mexicana, y poeta en los finales del siglo XVII, hacia 1698, José Pascual Buxó publicó, en 1993, uno de los estudios más completos de los muchos que jalonan su obra crítica.1 El ensayo va seguido de la Carta laudatoria… y de las “varias poesías”, debidamente editadas, aparato poético que en conjunto es la manera en que José Pascual Buxó establece el retrato de cuerpo entero de un caballero criollo, Álvarez de Velasco, en las postrimerías del siglo XVII, y de su enamoramiento ideal con visos neoplatónicos y trasuntos mágico-religiosos, de acuerdo con Buxó, por sor Juana.
La exégesis se despliega a lo largo de siete capítulos. El dilatado estudio preliminar no se limita al análisis escueto de la Carta laudatoria y las poesías que le acompañan sino que pone en el tapete temas sobre los cuales se hila fino, tales como el repaso del mundo psíquico de sor Juana, intentado en su momento por Ludwig Pfandl y al que Buxó, después del poco crédito que le concediera Octavio Paz en Sor Juana Inés de la Cruz o las trampas de la fe, reivindica. La aplicación de premisas freudianas a la revisión sistemática de la psicología del autor Álvarez de Velasco; la revisión de prácticas religiosas al uso en el XVII, tales los “Ejercicios espirituales” de Ignacio de Loyola; el comentario sobre temas de fisiología antigua al estilo de la teoría de la melancolía de Robert Burton; la valoración de la imprescindible mitología griega y el descubrimiento de la magia —y aun más, de la teosofía— como elementos de la Carta laudatoria… constituyen en suma las claves exegéticas esgrimidas por el crítico, que explican la intención del poeta colombiano y la obra poética. Son todas éstas, claves para la interpretación. El resultado: una exégesis inédita y esclarecedora.
Se inicia ésta con el rastreo de fuentes bibliográficas relacionadas con el autor y la obra, que arrancan de Marcelino Menéndez y Pelayo en 1894 (curiosamente, un siglo antes de la publicación del estudio que me ocupa), el que viera en el poeta autor de épica sagrada, Hernando Domínguez Camargo, también colombiano, sólo —nos dice Buxó— “chispazos de talento”, y colocó junto a él a este Álvarez de Velasco, calificándolos modestamente, a ambos, de “ingenios malogrados por la educación y el medio”.2 El rastreo de fuentes se prolonga hasta las investigaciones de Jaime Tello y Ernesto Porras Collantes (1989). Proporciona siete eslabones de una cadena que permite deducir la existencia de una crítica valorativa de Álvarez de Velasco entre los siglos XVIII y XX. Establecidos los antecedentes bibliográficos, Buxó se aboca a lo que verdaderamente le interesa: la exploración de los niveles profundos de los poemas y en relación con ellos, de la personalidad del autor. Comienzan a aparecer los desfases entre conciencia religiosa y sentimiento, así como la silueta de un hombre atribulado: el poeta Álvarez de Velasco. A lo largo de varios capítulos, el “enamorado” de sor Juana, como le llama Buxó, se va prefigurando como un ser obsesivo, deprimido incluso en su juvenil relación conyugal con la esposa Teresa (la Tirse de sus poemas), víctima de la melancolía producida por la “cólera atrabiliaria”; piadoso en exceso y, sin embargo, como algo curioso, indiferente ante el desastrado final de su hermano Gabriel, jesuita expulsado de la Compañía de Jesús. Una característica que Buxó apunta en el autor del elogio de sor Juana sería la excesiva religiosidad por oposición a la ausencia de compasión.
Las pinceladas que definen al poeta son las mismas que pintan a hombres y mujeres de la época, estrechamente ligados a las prácticas religiosas, a saber, la “obcecada obsesión por la muerte, el pecado y la incierta salvación de su alma”.3 Pero Álvarez de Velasco es asimismo “un inteligente autodidacta, activo funcionario e in quieto comerciante que no veía oposición alguna entre las suavidades de los números y las profundidades de las ciencias sagradas…”.4 Asceta en cuanto a sus lecturas, la oración y la mortificación, Álvarez de Velasco viene a ser una especie de religioso laico “morbosamente proclive al duelo y las fúnebres cavilaciones”, nos dice el crítico.5 Estableciendo un paralelismo, pareciera que la ideología y sensibilidad del poeta corresponderían en lo estético a la pintura de un Valdés Leal que, por lo demás, se transparenta en las coplas de esos Desengaños de la vida, utilizadas por los franciscanos como llamadas a contrición, y que Buxó cita:
Lóbrega ya en la razón
la luz, que sólo arde inconstante,
para que con ella vea
cómo es un vivo cadáver.
Ya desde éste que del cuerpo
horror al sepulcro añade,
sobreviviendo estoy triste
a mis propios funerales…6
Continúa 
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