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   NUEVA ÉPOCA | NÚMERO 94 | dicIEMBRE 2011 | ISSN EN TRÁMITE con número de folio 493 | REVISTA MENSUAL
 EDITORIAL
ARTÍCULOS
HABLANDO DEL FRÍO
Tomás Segovia
LA MAYEÚTICA DE PAZ
Enrique González Pedrero
UNA PESADILLA DE OCTAVIO PAZ
Guillermo Sheridan



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Una pesadilla de Octavio Paz

 

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Guillermo Sheridan

Entre 1943 y 1945 Octavio Paz estuvo en la Universidad de Berkeley. Su decisión de  irse de México obedecía a causas personales y políticas. En aquella época miraba a la distancia la vida social y cultural del país. El escritor e investigador universitario Guillermo Sheridan rescata un sueño, escrito en la vena de los Sueños de Quevedo, incluido en una carta de Paz a su compañero en la revista El Hijo Pródigo, Antonio G. Barreda, en el que satiriza a las fi guras culturales de la época.

El 8 de febrero de 1944, luego de unos meses en California con una beca Guggenheim, Octavio Paz se inventó una pesadilla que le describió a sus amigos de la revista El Hijo Pródigo (1943-1946). Figura en una de las trece cartas a Octavio G. Barreda que conserva la Nettie Lee Benson Latin American Collection Library de la Universidad de Texas en Austin. (He descrito esta correspondencia en “Octavio Paz: cartas de Berkeley”, Letras Libres, 155, noviembre de 2011).

GESTICULAR

Estas cartas enriquecen la comprensión de Paz y su obra en el periodo previo a su salida de México en 1943, así como su adaptación a la vida en los Estados Unidos1, pero colaboran sobre todo a entender el sentido de la falsificación mexicana que lo llevó a ensayar la alternativa del extranjero. Paz solía decir que se fue a California porque lo aterraba acabar “en el periodismo, la burocracia o el alcohol”. Tachado de trotskista, decidido a no morirse “de asfixia, tedio y rabia”,2 había redactado varias despedidas iracundas al México del “auge de la mentira” (como titula uno de los artículos que publicó antes del viaje en Novedades3): mienten los políticos, los economistas, los banqueros, las “minorías voraces”, los periódicos:

La mentira inunda la vida mexicana. Ficción en nuestra política electoral; engaño en nuestra economía, que sólo produce billetes de banco; mentira en los sistemas educativos; farsa en el movimiento obrero (que todavía no ha logrado vivir sin la ayuda del Estado); mentira otra vez en la política agraria; mentira en las relaciones amorosas; mentira en el pensamiento y en el arte; mentira por todas partes y en todas las almas. Mienten nuestros reaccionarios tanto como nuestros revolucionarios; somos gesto y apariencia y nada, ni siquiera en el arte, se enfrenta a la verdad…4

Un inventario que, por desgracia, no pierde vigencia. México se ha convertido en “el país de la falsificación y la mentira”5 gracias al “neoporfirismo texano en el poder”, y las batalladoras artes y letras de la “década roja” han caído en el silencio acomodaticio y frívolo de la década de los cuarenta. Paz comparte con su amigo Rodolfo Usigli la repugnancia frente a la simulación que se aprieta en el monólogo del profesor César Rubio, protagonista de El gesticulador (1938) la “pieza para demagogos” que había aparecido en El Hijo Pródigo:

…donde quiera encuentras impostores, impersonadores, simuladores; asesinos disfrazados de héroes, burgueses disfrazados de líderes, ladrones disfrazados de sabios, caciques disfrazados de demócratas, charlatanes disfrazados de licenciados, demagogos disfrazados de hombres.

Es un malestar que las generaciones posrevolucionarias, adiestradas en el escamoteo utilitario de la verdad y en la institucionalización de la farsa, nos heredaron: la decepción (en el sentido de engaño) de que habla Jorge Cuesta; el fingimiento del acomplejado, según Samuel Ramos; la gesticulación según Usigli y, luego, el enmascaramiento según Paz. La mentira convenida, colectivamente pactada, más que la sola hipocresía mexicana; no un mero rasgo del carácter, sino su definición. A diferencia de Usigli, Paz no cree que sea sólo “hipocresía”:

Mejor dicho, no creo que se le pueda aplicar a un país o a un carácter individual un calificativo moral tan vago. Leyendo a Vossler me encuentro con esta afirmación: Los españoles —a quienes se cree en México muy “francos” y muy “extrovertidos”— crearon la Inquisición por hipocresía: entre ellos había muchos cristianos nuevos y, en el Renacimiento, español y hereje eran términos muy próximos. Y sin embargo esos mismos españoles eran los más obstinados y dogmáticos defensores de la Iglesia. ¿En dónde principia y en dónde termina la hipocresía? ¿Qué es la hipocresía? Y, sobre todo, ¿qué hechos o qué causas pueden originar inclinaciones y tendencias a la mentira? Y no hay en mi opinión ningún sentimiento de complicidad para con los defectos de mi país…6

La pesadilla que envía a sus amigos de El Hijo Pródigo es una puesta en escena satírica de esa gesticulación y, a la vez, un conjuro para preservarse de su contagio. Una suerte de antimural revolucionario, radicalmente opuesto al Sueño de una tarde dominical en la Alameda Central que Diego Rivera pintaría en 1947: donde el pintor miraba una reconciliación celestial, Paz observa una esperpéntica feria de las vanidades. Es la marcha de los ciegos guiados por otros ciegos; los dobleces revolucionarios, el tira-tira de los intelectuales, el arribismo desaforado, la suficiencia de los clanes, el bataclán de la corrupción y, como una diosa idiota, untándolo todo de hollín y saliva, la Alta Hipocresía Mexicana.

Más que a los sueños “modernos” (digamos, a la manera de Kafka o Bulgakov), el de Paz se acerca moralmente a los Sueños (1627) de Francisco de Quevedo y a su radical iracundia senequista. Si bien el de Paz es un pequeño “infierno” doméstico, más histórico que escatológico, pero igualmente fabricado de engaño y autoengaño, podría haber dicho como Quevedo que avanza por “la calle mayor del mundo”, la calle que se llama Hipocresía, la calle fársica en la que “ninguno es lo que parece”, como escribe Quevedo en “El mundo de por dentro”:

Pues en los nombres de las cosas ¿no la hay la mayor [hipocresía] del mundo? El zapatero de viejo se llama entretenedor del calzado; el botero, sastre del vino, que le hace de vestir; el mozo de mulas, gentilhombre de camino; el bodegón, estado; el bodegonero, contador; el verdugo se llama miembro de la justicia y el corchete criado; el fullero, diestro; el ventero, güésped; la taberna, ermita; la putería, casa; las putas, damas; las alcahuetas, dueñas; los cornudos, honrados. Amistad llaman el mancebamiento, trato a la usura, burla a la estafa, gracia la mentira (…) Así que ni son lo que parecen ni lo que se llaman, hipócritas en el nombre y en el hecho. (…) De suerte que todo el hombre es mentira por cualquier parte que le examinéis...

Paz no ilustró en los artículos de Novedades las expresiones que la gesticulación asumía entre artistas y escritores, aunque señaló que no eran ajenos a su práctica. Ante la simulación y la mentira —escribe Paz— “sólo hay una actitud: la probidad intelectual”. Pero esa probidad tendía a sucumbir en el “triste y espantoso vacío” de los tiempos; el coro de las letras y las artes se sumaba a “toda esta gritería de falsedad” y concluía que “la literatura mexicana, como la vida de México, está llena de limitaciones, cobardías, deserciones”.7 Paz se refirió a esta “farsa” en otros escritos de aquel momento, sobre todo en “Poesía de soledad y poesía de comunión” (que publicó en El Hijo Pródigo en 1943), cuya tirada final caricaturizaba los gestos de no pocos poetas. Este ánimo satírico como defensa ante la gesticulación, que rara vez alza la cabeza en la obra de Paz, estuvo a punto de manifestarse en artículos de Novedades como “Los Caballeros Águilas”.8

La pesadilla que describo es su ejemplo más ex tremo, pues se destina a la intimidad de una carta, ámbito propicio para ventilar agravios y postergar la prudencia. Es menester reparar en que se trata de una jugarreta para consumo de una tertulia. No es un ejercicio de escritura, ni mucho menos de osadía: es lo que en México se llama echar relajo, la fabricación de un desparpajo fugaz, la necesidad de disolver en risotada el peso de cualquier dilema (lo que no excluye que “entre broma y broma la verdad se asoma”). Se trata, pues, de una sátira ácida, violenta y hasta de mal gusto de la atmósfera intelectual del México corrupto de Ávila Camacho y de algunos de sus principales protagonistas. Es una baladronada, un alarde de intransigencia generacional, un ejercicio de lesa “incorrección política” y un arrebato destemplado en esas sobremesas de escritores que, como postre forzoso, entre dobles entendidos y picardías, incluyen el desollamiento ritual de los colegas. Es también un arrebato de iconoclastia que no deja de acatar el talante paródico y juguetón que Barreda imponía des de los tiempos de su juvenil revista San-Ev-Ank (1918), lo más cerca que estuvo la hemeroteca mexicana de la sátira y la parodia, ese ingrediente mercurial de la modernidad.

portada de Hijo Prodigo abril de 1946

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